Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dama de la muerte…
Te descubrí acostada a mi lado, esperando mí regreso de aquel letargo,
admirando mi rostro pasivo, inmóvil,
contemplando el aura que me envolvía, aura de todos mis sueños,
de todos mis mundos de mi único universo.
Al despertar, te vi extraña, como una intrusa, una extranjera en mi país,
Dijiste: “Soy la dama de la muerte y he venido por ti”.
Y una risa rara provino de ti, y trajo una ola de frio y de oscuridad.
Tu mano me toco, era fría como lo es un invierno extendido en las horas interminables.
Llevaste mi mano hacia tu pecho pequeño, y sentí tu corazón,
era un tenue latido, entonces sentí una llamarada,
un hervir de fuego y vida.
Me enamore de tu extraña fachada, mujer pequeña,
dueña de una larga cabellera tejida del velo de la noche,
y de unos ojos grises como lunas plateadas y hermosas,
vestida con un manto de estrellas, cuyo trasfondo añoraba
el vacio repleto de negrura que predomina en el espacio.
Tu corazón es de escarcha, y tu piel de cristal,
te llame; Princesa de Hielo.
y te quedaste a vivir conmigo, como mi aliada en las sombras,
mi estrella en las andanzas astrales,
y los murmullos nocturnos, así como en las batallas en mis sueños.
Dulce niña blanca,
tú que me miras con esos ojos tan tristes
que son espejo de los míos.
Ambos dibujamos un paisaje de melancolía,
atrapados en un túnel de pensamientos y visiones,
cuyo hilo serpentea en el pasado, en el presente,
y se atreve a traspasar las barreras del tiempo futuro,
hurgando en cada rincón, en cada grieta,
en cada sendero solitario, impregnado de humo y ceniza, de ruinas,
y de profundo aroma a poeta antiguo,
ahí se respiran los aromas a incienso de espíritus humanos,
vagando en los sueños perfectos.
Entre ellos, estamos nosotros, como dos sombras grises,
que no pertenecemos, ni a la luz, ni a la oscuridad,
buscamos los reinos de la soledad,
buscamos la flama de la alegría en las altas montañas,
que trascienden hasta alcanzar los ejércitos de nubes,
y mucho más allá,
se encuentra el oro más brillante,
que se acentúa en el horizonte como dos ojos de esperanza inalcanzable.
Es tan profunda mi melancolía, como lo es tu tristeza,
pero admirable es tu elegancia al hablar hondamente,
a través del silencio, construyendo torres infinitas de sabiduría,
y en las cimas se incrustaran los sueños más preciosos,
como joyas imperecederas, conservando el altísimo fulgor de la eternidad.
El despertar abrupto nos trae a una realidad llena de vileza,
donde reside el estallido continuo de lamentos y fracturas,
y se pueden contar con los dedos, los pocos momentos agraciados,
que elevan la felicidad.
Princesa de hielo y nieve,
te adentras dentro de nuestro castillo cristalino,
resguardada entre murallas tejidas de flores congeladas
y duras como mármol.
Nuestras miradas se enlazan, entretejiendo un amanecer de auroras luminosas, bellas,
como resplandores cargados de maravillas y bondades,
anhelos de dos almas muertas, congeladas en sepulcros de hueso y carne.
Nos damos cuenta de algo arcaico en el gran salón, y miramos juntos;
he ahí el trono de las luces, forjado de bloques de hielo,
que atrapan a las almas tristísimas en su sepulcro helado.
Quien se siente en el, será el nuevo rey del silencio,
y se enseñoreará de las almas melancólicas, de los muertos que andan errantes,
atrapados en cuerpos con latido.
Los ríos del silencio serán suyos,
así como los mares que abundan en el aire,
y los versos deprimentes y sombríos,
correrán de la tinta de su alma en penumbra.
El silencio habla el idioma de los ángeles,
mas no seremos uno, no…
Yo me senté aquí alguna vez,
y me perdí por los siglos de los siglos,
y retorne marchito, con aroma a alma antigua,
dueño de una mirada espiritual oscura y blanca.
Y recordé que hice un trato con una dama hermosa,
en cuya mirada puedo ver la inmortalidad de las estrellas.
La dama de la muerte renuncio a su titulo, y quedo atrapada en mí,
somos uno solo, una sola sombra, una sola melancolía,
Ella es la Princesa de Hielo, y yo, el Rey del Silencio…
Y este poema es solo un sueño enrarecido, y nada mas...
Te descubrí acostada a mi lado, esperando mí regreso de aquel letargo,
admirando mi rostro pasivo, inmóvil,
contemplando el aura que me envolvía, aura de todos mis sueños,
de todos mis mundos de mi único universo.
Al despertar, te vi extraña, como una intrusa, una extranjera en mi país,
Dijiste: “Soy la dama de la muerte y he venido por ti”.
Y una risa rara provino de ti, y trajo una ola de frio y de oscuridad.
Tu mano me toco, era fría como lo es un invierno extendido en las horas interminables.
Llevaste mi mano hacia tu pecho pequeño, y sentí tu corazón,
era un tenue latido, entonces sentí una llamarada,
un hervir de fuego y vida.
Me enamore de tu extraña fachada, mujer pequeña,
dueña de una larga cabellera tejida del velo de la noche,
y de unos ojos grises como lunas plateadas y hermosas,
vestida con un manto de estrellas, cuyo trasfondo añoraba
el vacio repleto de negrura que predomina en el espacio.
Tu corazón es de escarcha, y tu piel de cristal,
te llame; Princesa de Hielo.
y te quedaste a vivir conmigo, como mi aliada en las sombras,
mi estrella en las andanzas astrales,
y los murmullos nocturnos, así como en las batallas en mis sueños.
Dulce niña blanca,
tú que me miras con esos ojos tan tristes
que son espejo de los míos.
Ambos dibujamos un paisaje de melancolía,
atrapados en un túnel de pensamientos y visiones,
cuyo hilo serpentea en el pasado, en el presente,
y se atreve a traspasar las barreras del tiempo futuro,
hurgando en cada rincón, en cada grieta,
en cada sendero solitario, impregnado de humo y ceniza, de ruinas,
y de profundo aroma a poeta antiguo,
ahí se respiran los aromas a incienso de espíritus humanos,
vagando en los sueños perfectos.
Entre ellos, estamos nosotros, como dos sombras grises,
que no pertenecemos, ni a la luz, ni a la oscuridad,
buscamos los reinos de la soledad,
buscamos la flama de la alegría en las altas montañas,
que trascienden hasta alcanzar los ejércitos de nubes,
y mucho más allá,
se encuentra el oro más brillante,
que se acentúa en el horizonte como dos ojos de esperanza inalcanzable.
Es tan profunda mi melancolía, como lo es tu tristeza,
pero admirable es tu elegancia al hablar hondamente,
a través del silencio, construyendo torres infinitas de sabiduría,
y en las cimas se incrustaran los sueños más preciosos,
como joyas imperecederas, conservando el altísimo fulgor de la eternidad.
El despertar abrupto nos trae a una realidad llena de vileza,
donde reside el estallido continuo de lamentos y fracturas,
y se pueden contar con los dedos, los pocos momentos agraciados,
que elevan la felicidad.
Princesa de hielo y nieve,
te adentras dentro de nuestro castillo cristalino,
resguardada entre murallas tejidas de flores congeladas
y duras como mármol.
Nuestras miradas se enlazan, entretejiendo un amanecer de auroras luminosas, bellas,
como resplandores cargados de maravillas y bondades,
anhelos de dos almas muertas, congeladas en sepulcros de hueso y carne.
Nos damos cuenta de algo arcaico en el gran salón, y miramos juntos;
he ahí el trono de las luces, forjado de bloques de hielo,
que atrapan a las almas tristísimas en su sepulcro helado.
Quien se siente en el, será el nuevo rey del silencio,
y se enseñoreará de las almas melancólicas, de los muertos que andan errantes,
atrapados en cuerpos con latido.
Los ríos del silencio serán suyos,
así como los mares que abundan en el aire,
y los versos deprimentes y sombríos,
correrán de la tinta de su alma en penumbra.
El silencio habla el idioma de los ángeles,
mas no seremos uno, no…
Yo me senté aquí alguna vez,
y me perdí por los siglos de los siglos,
y retorne marchito, con aroma a alma antigua,
dueño de una mirada espiritual oscura y blanca.
Y recordé que hice un trato con una dama hermosa,
en cuya mirada puedo ver la inmortalidad de las estrellas.
La dama de la muerte renuncio a su titulo, y quedo atrapada en mí,
somos uno solo, una sola sombra, una sola melancolía,
Ella es la Princesa de Hielo, y yo, el Rey del Silencio…
Y este poema es solo un sueño enrarecido, y nada mas...
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