Próceres

El hombre es inherentemente bueno.
Es decir, comprensivo con lo abstracto.
Pero a su vez, todavía es como un diamante en bruto.
Debe pulir su mente. Tallarla, para que pueda brillar.
Pues la verdadera vida está en los espíritus.


Aún así, el escepticismo es menester, dado que lo importante, al fin y al cabo, es la Misericordia.


Para con uno mismo, y para con los demás.
Misericordia que entiende el vaivén del péndulo: Dolce vita y Porca miseria.


Y sabe que ricos y pobres, blancos y negros, judíos y gentiles, cartagineses y romanos, fenicios y griegos, persas y egipcios, indios y chinos, vikingos y godos, rusos y negros africanos, aztecas y apaches, Siux y navajos, algonquinos y esquimales, bosquimanos y zulúes, hutus y tutsis de Ruanda, celtas y galos, íberos y turcos, mongoles y nipones, koreanos y vietnamitas, birmanos y filipinos, árabes y afganos, marroquíes y tunecinos, moros y cristianos, ateos y budistas, nihilistas y artistas, científicos y arquitectos, escultores y músicos, farmacéuticas y fruteras, enfermeras y alcaldesas, madres y abuelas, bailarinas y cantoras, gimnastas y boxeadoras, novelistas y dibujantes...


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