pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa

Paseaba con el carrito de su bebé dormido, al atardecer, por el margen de la vereda de tierra sobre el acantilado. Con el intenso sol desollándole la nuca desde el vértice. Proseguíanle las rompientes por el flanco izquierdo, como un murmullo errátil que le mantenía hipnotizado. Los guijarrillos saltaban y se desmenuzaban colina abajo antes de empaparse del embravecido Atlántico.
Pero volvió sus ojos atrás para, retando al astro cegador, seguir observando aquella mansión imponente.
Sus dignos jardines que se adivinaban, enmudecidos.
Los frutales que excedían la altura de las puntas de flecha, túrgidos de la carne de sus frutos.
Los cierres ricos en arrepujados enardecían de egoísmo.
-¿quién vivirá ahí? ¿A qué se dedicarán?
Sus balaustradas, artificio de algún herrero que detentara los conocimientos inexpugnados de otro tiempo.
La cancela, obrada con la misma maestría que el resto del conjunto. Entreabierta.
Se seguían observando, a pesar de la bofetada perenne de aquel sol connivente.
Pero... también el peralte del camino asistía al fresco. Íbase descolgando mal asido a los estribos del carrito, cual piel roja en una película de John Wayne a la grupa de una yegua pinta. Y se reía de él. Con risotadas estentóreas mimetizadas entre los fragores del roce del océano a aquella aislada punta del universo.
Reíase del hipnotizado hombre que caminaba marcha atrás, inclinándose al mar el cuadro entero.
Mientras la torre del homenaje, impasible, seguía retando a los astros, los mares y a todo ser vivo que osara, descreído, transitar por su acantilado.
Después de regresar éste del océano.
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