Errare humanum est, decía el clásico, aunque continuaba que perverso era mantenerse en el error. Viene pues tu poema a darnos la medida de lo humano, aquello en que somos limitados. Nadie sabe si acertará tomando éste o aquél camino, pues no siempre la experiencia de otros vale y si no es sobre nuestra cabeza, nunca aprendemos de errores ajenos. Pero... ¿merece la pena ser infalible? ¿No tener nunca que acercarse humilde a otro y presentar nuestras disculpas, para que el otro abra los brazos y en ellos nos reciba? ¿Debemos atemorizarnos por ello? No temo mis equivocaciones, ni los malentendidos, ni las discusiones que ponen distancia entre nosotros si no fuese por eso... ¿Dónde quedarían las reconciliaciones, las caricias y los besos?
Un beso. Luis.