danie
solo un pensamiento...
Te lo juro; hace tiempo que no recuerdo
dónde deje las llaves del auto y también el propio carro.
No recuerdo si comieron los perros,
si saqué las macetas al sol y las regué,
si la ropa y los calzones sucios
siguen con jabón y agua en el lavamanos.
No recuerdo si este mes aboné la factura de gas y luz.
No recuerdo absolutamente nada
y en las noches sueño con serpientes que me enroscan la lengua.
Ah, sí… pero recuerdo bien que juré no callarme
y mis manos que aún no recuerdo dónde se quedaron
no paran de teclear/escribir esos bosquejos furiosos.
—¿Alzheimer o esquizofrenia?— No lo recuerdo,
pero ya no importa.
Tampoco la historia recordó el pasado y así, todos,
jodidos andamos por la vida
aterrados por el silencio de los muertos.
Tal vez recuerdo lo que importa;
cuantas cervezas quedan en la nevera
y, lo más importante,
jamás censurar a las rudas palabras.
Dejar las notas en el refrigerador
para ver si un día de estos se les hiela la sangre,
la tinta, las tripas… y ya no verme en el espejo
con la carne colgando de años y la espuma por la boca.
Es muy puta la miseria
que como un cuchillo oxidado
te corta cada vez un pedazo de la piel
hasta dejar tu esqueleto desnudo.
La miseria te moldea y en esta época…
¿quién puede saciar tanta sed y hambre?
Lo malo de todo esto es que tampoco recuerdo
cuando fue la última vez que comí un gran banquete
de retorcidos, pero necesarios versos.
Necesarios, dije bien,
como pulgas y garrapatas para los canes.
¿Será la sociedad con su complejo narcótico y alucinógeno
la causante de esta anomalía de recordar y no recordar?
¿Será la medianoche que nos desvela del genocidio
que está ahí, en las calles, allá afuera?
Tal vez sea la culpable de empestillarnos y sedarnos
y así olvidar por donde se desangró la infancia.
Es que resulta que muchas veces la hemorragia
es tan grande, duradera,
que es mejor no recordar.
dónde deje las llaves del auto y también el propio carro.
No recuerdo si comieron los perros,
si saqué las macetas al sol y las regué,
si la ropa y los calzones sucios
siguen con jabón y agua en el lavamanos.
No recuerdo si este mes aboné la factura de gas y luz.
No recuerdo absolutamente nada
y en las noches sueño con serpientes que me enroscan la lengua.
Ah, sí… pero recuerdo bien que juré no callarme
y mis manos que aún no recuerdo dónde se quedaron
no paran de teclear/escribir esos bosquejos furiosos.
—¿Alzheimer o esquizofrenia?— No lo recuerdo,
pero ya no importa.
Tampoco la historia recordó el pasado y así, todos,
jodidos andamos por la vida
aterrados por el silencio de los muertos.
Tal vez recuerdo lo que importa;
cuantas cervezas quedan en la nevera
y, lo más importante,
jamás censurar a las rudas palabras.
Dejar las notas en el refrigerador
para ver si un día de estos se les hiela la sangre,
la tinta, las tripas… y ya no verme en el espejo
con la carne colgando de años y la espuma por la boca.
Es muy puta la miseria
que como un cuchillo oxidado
te corta cada vez un pedazo de la piel
hasta dejar tu esqueleto desnudo.
La miseria te moldea y en esta época…
¿quién puede saciar tanta sed y hambre?
Lo malo de todo esto es que tampoco recuerdo
cuando fue la última vez que comí un gran banquete
de retorcidos, pero necesarios versos.
Necesarios, dije bien,
como pulgas y garrapatas para los canes.
¿Será la sociedad con su complejo narcótico y alucinógeno
la causante de esta anomalía de recordar y no recordar?
¿Será la medianoche que nos desvela del genocidio
que está ahí, en las calles, allá afuera?
Tal vez sea la culpable de empestillarnos y sedarnos
y así olvidar por donde se desangró la infancia.
Es que resulta que muchas veces la hemorragia
es tan grande, duradera,
que es mejor no recordar.