Llamé a la Musa y no vino
aunque seguro que oyó,
pero quizás prefirió
abandonarme a mi sino.
Perseguí la inspiración
en las cosas que veía,
pero tampoco venía
y me sumí en depresión.
Sin nada mejor que hacer
me encaminé hasta la playa,
pero el demonio ¡canalla!
se convirtió en Lucifer.
De repente una mujer
con un cuerpo impresionante
se me plantaba delante
con todo por esconder.
Yo, que soy de buen talante,
no escatimé la visión
y se encendió mi ilusión
inflamándose al instante.
Todo mi yo florecía
(todo no, sólo una parte)
y lo hacía con tal arte
que la gente se reía.
Azorado, aunque orgulloso,
por mi clavel reventón,
en el mar el chapuzón
hizo efecto milagroso.
Y regresé a la toalla,
guiñé un ojo a la mujer
que me lo fue a devolver
murmurando: ¡vaya, vaya!
Volví a la playa por verla
y la encontré en la toalla
(qué proporciones, qué talla)
desnuda como una perla.
Cuando me vio regresar
se giró toda coqueta
y me enseñó su raqueta,
por si quería jugar.
No me pude resistir
y le mostré yo mi pala.
Comprendió la martingala,
y me invitó a competir.
Su raqueta ella ofrecía,
y yo gustoso aceptaba,
mientras su mano empuñaba
mi pala con alegría.
Resultó ser muy mañosa
en su juego con mi pala,
de muñeca no era mala
y la usaba cadenciosa.
Con su raqueta yo hacía
muy precisas las dejadas
y cuanto más relajadas
ella más se divertía.
Calentábamos bastante
para evitar las lesiones,
fortalecer los tendones,
y estudiar al contrincante.
Con la cuestión ya madura,
y con el mar muy batido,
iniciamos un partido
que discurrió con bravura.
Con aparente dulzura,
a la red iba después
a rematar de revés
jugando con mi cintura.
Pero ella lo hacía bien
y se movía genial,
con las piernas fue mortal
y pronto me puso a cien.
Nunca mi pala perdía
en sus manos la firmeza
que la mujer, con destreza,
fácilmente conseguía.
Un set completo jugamos
y lo perdí seis a dos,
pero les juro por Dios
que los dos lo disfrutamos.
Con el partido ganado
otro set quiso jugar,
yo me tuve que excusar
por su pericia agotado.
Mi pala me devolvió
y yo le di su raqueta
y, sabiéndose en porreta,
en el agua se metió.
Y no paró de nadar
hasta llegar a una isleta.
Allí puso su raqueta
mirando al sol, a secar.
__..__
CHU
aunque seguro que oyó,
pero quizás prefirió
abandonarme a mi sino.
Perseguí la inspiración
en las cosas que veía,
pero tampoco venía
y me sumí en depresión.
Sin nada mejor que hacer
me encaminé hasta la playa,
pero el demonio ¡canalla!
se convirtió en Lucifer.
De repente una mujer
con un cuerpo impresionante
se me plantaba delante
con todo por esconder.
Yo, que soy de buen talante,
no escatimé la visión
y se encendió mi ilusión
inflamándose al instante.
Todo mi yo florecía
(todo no, sólo una parte)
y lo hacía con tal arte
que la gente se reía.
Azorado, aunque orgulloso,
por mi clavel reventón,
en el mar el chapuzón
hizo efecto milagroso.
Y regresé a la toalla,
guiñé un ojo a la mujer
que me lo fue a devolver
murmurando: ¡vaya, vaya!
Volví a la playa por verla
y la encontré en la toalla
(qué proporciones, qué talla)
desnuda como una perla.
Cuando me vio regresar
se giró toda coqueta
y me enseñó su raqueta,
por si quería jugar.
No me pude resistir
y le mostré yo mi pala.
Comprendió la martingala,
y me invitó a competir.
Su raqueta ella ofrecía,
y yo gustoso aceptaba,
mientras su mano empuñaba
mi pala con alegría.
Resultó ser muy mañosa
en su juego con mi pala,
de muñeca no era mala
y la usaba cadenciosa.
Con su raqueta yo hacía
muy precisas las dejadas
y cuanto más relajadas
ella más se divertía.
Calentábamos bastante
para evitar las lesiones,
fortalecer los tendones,
y estudiar al contrincante.
Con la cuestión ya madura,
y con el mar muy batido,
iniciamos un partido
que discurrió con bravura.
Con aparente dulzura,
a la red iba después
a rematar de revés
jugando con mi cintura.
Pero ella lo hacía bien
y se movía genial,
con las piernas fue mortal
y pronto me puso a cien.
Nunca mi pala perdía
en sus manos la firmeza
que la mujer, con destreza,
fácilmente conseguía.
Un set completo jugamos
y lo perdí seis a dos,
pero les juro por Dios
que los dos lo disfrutamos.
Con el partido ganado
otro set quiso jugar,
yo me tuve que excusar
por su pericia agotado.
Mi pala me devolvió
y yo le di su raqueta
y, sabiéndose en porreta,
en el agua se metió.
Y no paró de nadar
hasta llegar a una isleta.
Allí puso su raqueta
mirando al sol, a secar.
__..__
CHU