No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Fernando Pessoa. “Tabacaria”
RECUERDOS DEL FINAL
La sombra del alto chopo que hay en mí
se alarga como la blanda manecilla de un reloj que se disuelve
buscando un horizonte.
Antes pudo también ser así
pero yo era ignorante y buscaba mi estatura
en la altura de las olas que morían en la playa.
Recuerdo -un viejo recuerdo malva como una flor del camino-
que nací de un sueño oscuro,
un sueño de piedra o barro y floté antes de mi primer llanto.
Recuerdo -otro viejo recuerdo azul como un vaso o un florero-
que alguien me dio los nombres de las cosas.
Hijo mío, hombre que empiezas a andar,
estas son las esencias de tus sueños.
Y seguí camino adelante en busca de la noche
esparciendo las páginas de nombres entre las flores de cardos
como recuerdos violáceos
entre las piedras ardientes
como recuerdos de hielo.
Mi camino inacabable
siempre marcado por la punta de mi sombra
como aquella blanda manecilla de reloj que se disuelve,
tras de cuyas inesperadas revueltas encontraba,
a veces,
nuevas hojas, ya olvidadas, llenas de nombres antiguos.
Como flores angustiadas ante su irreparable acabamiento.
Como piedras que conocen su equivocado destino.
Como yo mismo en un unívoco avanzar hacia la nada.
Recuerdos con nombres antiguos.
Recuerdos rojos
Recuerdos azules.
Recuerdos glaucos de cuando fui pez.
Recuerdos pardos de cuando era barro.
Recuerdos incoloros de mi ayer.
Y así me disuelvo en el tiempo
dejando mis huellas que ya no se marcan.
Dejando vísceras,
piel,
cabellos,
huesos,
tendones que se enredan en los tomillos,
fláccida carne,
dientes,
ojos,
uñas...
y el alma.
Aquella alma tersa que en su día me fue dada.
La abandono tras un cerrillo cualquiera,
junto a una flor de cantueso o tomillo borriquero
que será siempre mejor amante que yo.
Busco la estación abandonada de la que deberé partir
solitaria como yo
en medio de los terrones yermos
aunque puede ser preferible
sentarse bajo el árbol
también solitario
y dejar que el camino siga solo.
Esparcir mis latidos entre los surcos y las jaras
Aceptar el vacío como un magma
disolverme entre aromas
y vivir esta muerte prolongada.
Ilust.: Mark Rothko. “La puerta entornada.” 1951
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Fernando Pessoa. “Tabacaria”
RECUERDOS DEL FINAL
La sombra del alto chopo que hay en mí
se alarga como la blanda manecilla de un reloj que se disuelve
buscando un horizonte.
Antes pudo también ser así
pero yo era ignorante y buscaba mi estatura
en la altura de las olas que morían en la playa.
Recuerdo -un viejo recuerdo malva como una flor del camino-
que nací de un sueño oscuro,
un sueño de piedra o barro y floté antes de mi primer llanto.
Recuerdo -otro viejo recuerdo azul como un vaso o un florero-
que alguien me dio los nombres de las cosas.
Hijo mío, hombre que empiezas a andar,
estas son las esencias de tus sueños.
Y seguí camino adelante en busca de la noche
esparciendo las páginas de nombres entre las flores de cardos
como recuerdos violáceos
entre las piedras ardientes
como recuerdos de hielo.
Mi camino inacabable
siempre marcado por la punta de mi sombra
como aquella blanda manecilla de reloj que se disuelve,
tras de cuyas inesperadas revueltas encontraba,
a veces,
nuevas hojas, ya olvidadas, llenas de nombres antiguos.
Como flores angustiadas ante su irreparable acabamiento.
Como piedras que conocen su equivocado destino.
Como yo mismo en un unívoco avanzar hacia la nada.
Recuerdos con nombres antiguos.
Recuerdos rojos
Recuerdos azules.
Recuerdos glaucos de cuando fui pez.
Recuerdos pardos de cuando era barro.
Recuerdos incoloros de mi ayer.
Y así me disuelvo en el tiempo
dejando mis huellas que ya no se marcan.
Dejando vísceras,
piel,
cabellos,
huesos,
tendones que se enredan en los tomillos,
fláccida carne,
dientes,
ojos,
uñas...
y el alma.
Aquella alma tersa que en su día me fue dada.
La abandono tras un cerrillo cualquiera,
junto a una flor de cantueso o tomillo borriquero
que será siempre mejor amante que yo.
Busco la estación abandonada de la que deberé partir
solitaria como yo
en medio de los terrones yermos
aunque puede ser preferible
sentarse bajo el árbol
también solitario
y dejar que el camino siga solo.
Esparcir mis latidos entre los surcos y las jaras
Aceptar el vacío como un magma
disolverme entre aromas
y vivir esta muerte prolongada.
Ilust.: Mark Rothko. “La puerta entornada.” 1951
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