BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Guardo un residuo amargo
de todo aquello que, en esta vida,
llevo vivido. Desde las hojas
impresas de mis folios antiguos,
hasta los carpetazos sonoros de mis
destartalados profesores de antaño.
Son más, obviamente, las contrariedades
y los símbolos de anochecida, que las
obligadas voluntades que arrecian
en favor de algo concreto. Aún ello,
y así, persisto en sacrificar la arena
insalubre de mi barrio, hasta alcanzar
ecos efímeros de las voces álgidas de los
columpios. Son innecesarios, tantos versos,
tantos poemas, salvo por un motivo:
y es que la noche no llega.
Inútilmente solemne, inútilmente
prontuario, suelo ponerme, ya
entrado en años, a avanzar dignamente
por los solitarios campos de mi infancia.
Hay más amapolas en ellos, que flores
difíciles. Hay más, en ellos, de sana
codicia, que de elementales tráficos.
No por eso, hundo todavía en mis palabras,
aquellos altos techos, renegridos y llenos
de humo, de esa mi otra infancia: noches
son noches, y yo, por ellas, suelo resbalarme.
©
de todo aquello que, en esta vida,
llevo vivido. Desde las hojas
impresas de mis folios antiguos,
hasta los carpetazos sonoros de mis
destartalados profesores de antaño.
Son más, obviamente, las contrariedades
y los símbolos de anochecida, que las
obligadas voluntades que arrecian
en favor de algo concreto. Aún ello,
y así, persisto en sacrificar la arena
insalubre de mi barrio, hasta alcanzar
ecos efímeros de las voces álgidas de los
columpios. Son innecesarios, tantos versos,
tantos poemas, salvo por un motivo:
y es que la noche no llega.
Inútilmente solemne, inútilmente
prontuario, suelo ponerme, ya
entrado en años, a avanzar dignamente
por los solitarios campos de mi infancia.
Hay más amapolas en ellos, que flores
difíciles. Hay más, en ellos, de sana
codicia, que de elementales tráficos.
No por eso, hundo todavía en mis palabras,
aquellos altos techos, renegridos y llenos
de humo, de esa mi otra infancia: noches
son noches, y yo, por ellas, suelo resbalarme.
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