Creo que, al hilo de lo que comentábamos, este asunto encierra problemas que no es fácil identificar a simple vista.
Uno de ellos es que, bajo el beatífico aspecto de concordia y solidaridad entre los pueblos del mundo, nos están intentando colar de matute la disolución de las identidades nacionales, con el objetivo último de neutralizar el concepto de soberanía nacional, cuya existencia es imprescindible refugio para eludir el yugo globalista del capitalismo financiero, con sus pretendidas bondades del teletrabajo y las rentas básicas universales, pero que en realidad precipita a las naciones hacia la completa indefensión a que nos avoca la larga noche neoliberal. ( ¿qué ha pasado con el campo en España, y con el euro, y con las naranjas valencianas, y con el carbón leonés: Sudáfrica explotando a su gente, eso ha pasado).
El capital transnacional, con sus deslocalizaciones y desregularizaciones fiscales, arancelarias, y demás añagazas capitalistas, ha logrado, entre otras cosas, y como saben perfectamente aquellos países que fueron colonizados y expoliados,
convertir en cierta medida a las comunidades políticas de la Tierra en masas cada vez más amorfas y desvinculadas, sujetas a un mercado global carente criterios éticos, donde la tradición (que cobija al hombre en el tiempo como su hogar lo hace en el espacio) es ridiculizada o incluso arrancada de raíz, y todo porque unos multimillonarios con sueños de mesías redivivos quieren imponer a toda costa (el fin justifica los medios) su personal utopía a todo quisque.
Esta utopía es un infame engrudo, mezcolanza grotesca, mitad ultraliberalismo en lo económico, y mitad marxismo cultural en lo social: toda una monstruosidad antropológica dirigida a la transhumanización.
Pero no solo una transhumanización en abstracto, a lo Hegel, en tanto el hombre moderno pretende liberarse de todas sus ataduras, incluso las biológicas (es decir, endiosarse groseramente con la telomerasa cuando no puede frenar ni un virus de pacotilla), sino también liberarse de la existencia de naciones enteras, con la bicoca de derechos reproductivos y sexuales (hay más sucursales de Planned Parenthood en el mundo que MacDonalds, unas 60.000). Este prurito malthusiano de reducir la población mundial me hace mucha gracia, pues quienes lo propugnan nunca predican con el ejemplo (¿Por qué no se suicidan ellos, tanto que les gusta la eugenesia y la eutanasia, y se quitan del puto medio primero? Algo me dice que les faltan cojones).
Sí, la familia, la nación y la religión, pilares fundamentales de toda sociedad y potentes principios civilizadores, son los escollos últimos a batir por estos demiurgos intransigentes y billonarios, porque saben que tales principios aglutinan y hacen fuertes a los pueblos, garantizando su libertad y posibilitando relaciones armoniosas con otras culturas, sin disolverse en un batiburrillo inane y baldío con ellas.
Toda esta matraca global y transnacional es a los hombres lo que el esperanto (esperpento) es a las lenguas. Esperemos que tal y como hicieron las lenguas, los hombres que las cultivan logren sustraerse a los designios ya mencionados.
Saludos cordiales
Carlos