Cecilya
Cecy
No encuentro un mural en el cielo si levanto la vista
ni luces de oro en el rostro de un perdón desfasado;
hoy el cine vocifera en avenidas de neón
y los periódicos de teclas auguran apocalipsis…
Tampoco escondo el fragmento de un brindis de hierbas en las manos
ni estrellitas de hielo en almíbar, aparecidas en un viaje ilusorio al abismo;
se me perdió ese vestido soñado que jamás me probé
y se extinguieron mis pasos en una ciudad que no existe.
Sin embargo, me acordé,
lúcida, despierta,
de los símbolos en todos los anillos, de los círculos
del poder de esos regalos amados, no devueltos,
los que unifican las risas
las lluvias sobre los patios y las primaveras brillantes,
me acordé de mis epístolas de té con mucho azúcar
las enviadas
las respondidas en una vorágine de danza cómplice y feliz,
de todas las estrategias para acabar con el mal
para salvarnos del mundo,
para salvar al mundo y vencer…
Se me extravió para siempre la noche
hora de viento encriptada en un barco de mar y tormenta
y entonces enhebré lágrimas nuevas,
ríos blancos,
aguas puras, aguas mías, solo mías…
y decidí amanecer.
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