Canto V
El Rey Gundar en Marfilia
En el trono de Marfilia,
antaño guerrera y brava,
junto a la Reina de Jade,
el Rey Gundar se sentaba.
Auriga, Drago y Sargón,
los tres les acompañaban,
y también sus consejeros,
sus ministros y sus guardias.
Hablaba el Rey con tristeza.
Todo el mundo le escuchaba.
- ¡Tres años de sufrimiento,
tres años de pena y rabia!
¡Tres años desde que Imperia
castigara a nuestra patria
e impusiera sobre ella
tributos, diezmos y cargas!
¿He de ver como mi reino
sufre resignado y calla?
¿He de ver cómo se humilla?
¿He de ver cómo se arrastra
para pagar una deuda
que jamás será saciada?
¡Lingotes de oro bruñido
y de reluciente plata!
¡Sacos de trigo y avena,
de centeno y de cebada!
¡Caballos, mulas y bueyes,
ovejas, cerdos y cabras!
¿Cuánto más hemos de darles?
¿Qué habrá que les satisfaga?
El Rey se quedó en silencio,
mesando su barba cana.
Pasó un tiempo en el que nadie
osó pronunciar palabra
y un callado escalofrío
recorrió toda la sala.
Habló entonces Sarumán,
el ministro de finanzas,
hombre taimado y astuto,
de mirada despiadada.
-Las palabras del Rey Gundar
son juiciosas y acertadas
y por ellas conocemos
la grandeza de su alma.
Si estuviéramos en guerra
y ciñéramos espada,
su coraje nos daría
valor para la batalla.
Pero si su corazón
busca cumplida venganza,
es mejor que contemplemos
esta situación con calma.
Si nosotros nos negamos
a pagar lo que demandan,
esos chacales de Imperia
cumplirán sus amenazas.
Y si llegan sus legiones,
¿cómo vamos a enfrentarlas?
¿Para qué sirve el coraje
cuando no se tienen armas?
¿Queréis ver como sus barcos
atracan en nuestras dársenas
cargados de legionarios
dispuestos a la matanza?
¿Queréis ver a vuestros hijos
muertos por esos canallas
y a vuestras hijas y esposas
convertidas en esclavas?
Imperia domina el mundo
y su furia desatada
no siente clemencia alguna
ni se detiene ante nada.
Casi todas las naciones
se someten a sus ansias
y las que osan resistirse
pronto son exterminadas.
El Rey Gundar es ejemplo
de prudencia y de templanza
y sus vasallos le amamos
por sus decisiones sabias.
En la guerra solo hay muerte
y en la paz hay esperanza.
Estas son las dos opciones.
Decida el Rey entre ambas.
Canto VI
Habla la Reina de Jade
Estaba la noche en calma
y una leve brisa airosa
agitaba la arboleda,
preñada de mil aromas.
El palacio estaba lleno
de silencios y de sombras
y blancas estatuas mudas
a la luz de las antorchas.
Hablaba el Rey con la Reina,
Los dos estaban a solas,
confesando sus desvelos,
compartiendo sus congojas,
reclinados y desnudos
en el lecho de la alcoba.
Lamentábase el Rey Gundar
con la voz quebrada y ronca:
- ¿Qué va a ser de nuestro reino
y de nuestros compatriotas?
¿Qué va a ser de esta nación
antaño conquistadora
y hoy servil y empobrecida
y sumida en la deshonra?
Tanto más se impone Imperia
cuantos más impuestos cobra
y va sometiendo al mundo
mientras Marfilia zozobra.
Calló el Rey. La Reina estaba
a su lado, tan hermosa
como quince años atrás,
en el día de su boda.
Ella le miró un momento
y respondió sin demora.
- Imperia se extiende al norte,
altanera y victoriosa,
por las tierras de Abisalia
y el país de los Zenotas
y los Bosques Encantados
de las Montañas Brumosas.
Y también se extiende al este,
a lo largo de la costa,
desde el reino de Nemedia
al bastión de Torre Roja.
Es Imperia una ciudad
demasiado poderosa
y si te enfrentas a ella
sufrirás otra derrota.
¡Vuelve tus ojos al sur,
hacia las Tierras Ignotas,
y somete con tu espada
a los pueblos que las moran!
Pueblos de gente sencilla,
de gente salvaje y tosca,
bruta, inculta, dividida,
indefensa y temerosa.
Pero pueblos que también
aran, siembran y laboran
y tienen buenos ganados
y cosechas generosas
y tejen finos tapices
y pulen brillantes joyas.
Hallarás allí riquezas
que compensarán de sobras
los tributos que tú mismo
tienes que pagar ahora.
Acabó de hablar la Reina
y el Rey respondió con sorna.
- ¿Sabes los que estás diciendo?
¿Acaso te has vuelto loca?
Son tantas tus tonterías
que me parece que ignoras
que nuestros amos de Imperia
nos impusieron sus normas,
prohibiéndonos forjar armas
y también reclutar tropas.
¡Faltan armas, faltan hombres,
faltan tantas, tantas cosas!
¡Faltan carros y caballos
con comida en las alforjas!
Y falta llegar allí,
a esas tierras tan remotas,
cruzando todo un desierto,
mil leguas de arena y roca
donde solo se aventuran
las caravanas de nómadas,
soportando un sol impío
y una sed abrasadora.
Y por si eso fuera poco,
según las antiguas crónicas,
además de los salvajes
hay en las Tierras Ignotas
hipogrifos y centauros
y dragones y gorgonas
y toda suerte de monstruos
y criaturas espantosas.
La Reina entornó los ojos
con una expresión burlona.
- ¿No eres tú Gundar el Bravo?
¿Tu valor se desmorona
porque debes enfrentarte
a una empresa peligrosa?
¿Dónde fueron a parar
tus viejos sueños de gloria?
Auriga, Drago, Sargón,
quien herede tu corona,
¿qué otra cosa ha de encontrar
sino un reino en bancarrota?
Yo soy la Reina de Jade
y soy además tu esposa
y esta vez vas a escucharme:
no consentiré tal cosa.
Canto VII
En el alcázar del Cuervo
En el alcázar del Cuervo,
muy cerca de la frontera,
preparábase el Rey Gundar
para marchar a la guerra.
Erguida frente al desierto,
la vetusta fortaleza
custodiaba siglo a siglo
un horizonte de arena,
con sus rojos estandartes
y sus murallas de piedra
y sus altos torreones
coronados por almenas.
En el ancho patio de armas
formaba la soldadesca,
mientra el Rey pronunciaba
una encarecida arenga.
Le escuchaban tres mil hombres,
por no decir tres mil fieras,
criminales y bandidos
de la más baja ralea,
sacados de las mazmorras
con la solemne promesa
de poder, en la milicia,
librarse de sus condenas.
- ¡Compatriotas! - gritó el Rey
para que todos le oyeran -
¡Ayer mismo estábais presos
y cargados de cadenas
y hoy marcháis como hombres libres
a conquistar nuevas tierras!
¡Y hallaremos mil peligros
y situaciones adversas
y de todos los que vamos
habrá muchos que no vuelvan!
¡Que nadie se llame a engaño,
que en esta arriesgada empresa
habrá muerte y sufrimiento,
fatiga, dolor y pena!
¡Pero aquellos que regresen
obtendrán su recompensa
y serán agasajados
y colmados de riquezas!
¡Hombres libres de Marfilia,
venid conmigo a la guerra
y crucemos el desierto,
que la gloria nos espera!
El Rey Gundar en Marfilia
En el trono de Marfilia,
antaño guerrera y brava,
junto a la Reina de Jade,
el Rey Gundar se sentaba.
Auriga, Drago y Sargón,
los tres les acompañaban,
y también sus consejeros,
sus ministros y sus guardias.
Hablaba el Rey con tristeza.
Todo el mundo le escuchaba.
- ¡Tres años de sufrimiento,
tres años de pena y rabia!
¡Tres años desde que Imperia
castigara a nuestra patria
e impusiera sobre ella
tributos, diezmos y cargas!
¿He de ver como mi reino
sufre resignado y calla?
¿He de ver cómo se humilla?
¿He de ver cómo se arrastra
para pagar una deuda
que jamás será saciada?
¡Lingotes de oro bruñido
y de reluciente plata!
¡Sacos de trigo y avena,
de centeno y de cebada!
¡Caballos, mulas y bueyes,
ovejas, cerdos y cabras!
¿Cuánto más hemos de darles?
¿Qué habrá que les satisfaga?
El Rey se quedó en silencio,
mesando su barba cana.
Pasó un tiempo en el que nadie
osó pronunciar palabra
y un callado escalofrío
recorrió toda la sala.
Habló entonces Sarumán,
el ministro de finanzas,
hombre taimado y astuto,
de mirada despiadada.
-Las palabras del Rey Gundar
son juiciosas y acertadas
y por ellas conocemos
la grandeza de su alma.
Si estuviéramos en guerra
y ciñéramos espada,
su coraje nos daría
valor para la batalla.
Pero si su corazón
busca cumplida venganza,
es mejor que contemplemos
esta situación con calma.
Si nosotros nos negamos
a pagar lo que demandan,
esos chacales de Imperia
cumplirán sus amenazas.
Y si llegan sus legiones,
¿cómo vamos a enfrentarlas?
¿Para qué sirve el coraje
cuando no se tienen armas?
¿Queréis ver como sus barcos
atracan en nuestras dársenas
cargados de legionarios
dispuestos a la matanza?
¿Queréis ver a vuestros hijos
muertos por esos canallas
y a vuestras hijas y esposas
convertidas en esclavas?
Imperia domina el mundo
y su furia desatada
no siente clemencia alguna
ni se detiene ante nada.
Casi todas las naciones
se someten a sus ansias
y las que osan resistirse
pronto son exterminadas.
El Rey Gundar es ejemplo
de prudencia y de templanza
y sus vasallos le amamos
por sus decisiones sabias.
En la guerra solo hay muerte
y en la paz hay esperanza.
Estas son las dos opciones.
Decida el Rey entre ambas.
Canto VI
Habla la Reina de Jade
Estaba la noche en calma
y una leve brisa airosa
agitaba la arboleda,
preñada de mil aromas.
El palacio estaba lleno
de silencios y de sombras
y blancas estatuas mudas
a la luz de las antorchas.
Hablaba el Rey con la Reina,
Los dos estaban a solas,
confesando sus desvelos,
compartiendo sus congojas,
reclinados y desnudos
en el lecho de la alcoba.
Lamentábase el Rey Gundar
con la voz quebrada y ronca:
- ¿Qué va a ser de nuestro reino
y de nuestros compatriotas?
¿Qué va a ser de esta nación
antaño conquistadora
y hoy servil y empobrecida
y sumida en la deshonra?
Tanto más se impone Imperia
cuantos más impuestos cobra
y va sometiendo al mundo
mientras Marfilia zozobra.
Calló el Rey. La Reina estaba
a su lado, tan hermosa
como quince años atrás,
en el día de su boda.
Ella le miró un momento
y respondió sin demora.
- Imperia se extiende al norte,
altanera y victoriosa,
por las tierras de Abisalia
y el país de los Zenotas
y los Bosques Encantados
de las Montañas Brumosas.
Y también se extiende al este,
a lo largo de la costa,
desde el reino de Nemedia
al bastión de Torre Roja.
Es Imperia una ciudad
demasiado poderosa
y si te enfrentas a ella
sufrirás otra derrota.
¡Vuelve tus ojos al sur,
hacia las Tierras Ignotas,
y somete con tu espada
a los pueblos que las moran!
Pueblos de gente sencilla,
de gente salvaje y tosca,
bruta, inculta, dividida,
indefensa y temerosa.
Pero pueblos que también
aran, siembran y laboran
y tienen buenos ganados
y cosechas generosas
y tejen finos tapices
y pulen brillantes joyas.
Hallarás allí riquezas
que compensarán de sobras
los tributos que tú mismo
tienes que pagar ahora.
Acabó de hablar la Reina
y el Rey respondió con sorna.
- ¿Sabes los que estás diciendo?
¿Acaso te has vuelto loca?
Son tantas tus tonterías
que me parece que ignoras
que nuestros amos de Imperia
nos impusieron sus normas,
prohibiéndonos forjar armas
y también reclutar tropas.
¡Faltan armas, faltan hombres,
faltan tantas, tantas cosas!
¡Faltan carros y caballos
con comida en las alforjas!
Y falta llegar allí,
a esas tierras tan remotas,
cruzando todo un desierto,
mil leguas de arena y roca
donde solo se aventuran
las caravanas de nómadas,
soportando un sol impío
y una sed abrasadora.
Y por si eso fuera poco,
según las antiguas crónicas,
además de los salvajes
hay en las Tierras Ignotas
hipogrifos y centauros
y dragones y gorgonas
y toda suerte de monstruos
y criaturas espantosas.
La Reina entornó los ojos
con una expresión burlona.
- ¿No eres tú Gundar el Bravo?
¿Tu valor se desmorona
porque debes enfrentarte
a una empresa peligrosa?
¿Dónde fueron a parar
tus viejos sueños de gloria?
Auriga, Drago, Sargón,
quien herede tu corona,
¿qué otra cosa ha de encontrar
sino un reino en bancarrota?
Yo soy la Reina de Jade
y soy además tu esposa
y esta vez vas a escucharme:
no consentiré tal cosa.
Canto VII
En el alcázar del Cuervo
En el alcázar del Cuervo,
muy cerca de la frontera,
preparábase el Rey Gundar
para marchar a la guerra.
Erguida frente al desierto,
la vetusta fortaleza
custodiaba siglo a siglo
un horizonte de arena,
con sus rojos estandartes
y sus murallas de piedra
y sus altos torreones
coronados por almenas.
En el ancho patio de armas
formaba la soldadesca,
mientra el Rey pronunciaba
una encarecida arenga.
Le escuchaban tres mil hombres,
por no decir tres mil fieras,
criminales y bandidos
de la más baja ralea,
sacados de las mazmorras
con la solemne promesa
de poder, en la milicia,
librarse de sus condenas.
- ¡Compatriotas! - gritó el Rey
para que todos le oyeran -
¡Ayer mismo estábais presos
y cargados de cadenas
y hoy marcháis como hombres libres
a conquistar nuevas tierras!
¡Y hallaremos mil peligros
y situaciones adversas
y de todos los que vamos
habrá muchos que no vuelvan!
¡Que nadie se llame a engaño,
que en esta arriesgada empresa
habrá muerte y sufrimiento,
fatiga, dolor y pena!
¡Pero aquellos que regresen
obtendrán su recompensa
y serán agasajados
y colmados de riquezas!
¡Hombres libres de Marfilia,
venid conmigo a la guerra
y crucemos el desierto,
que la gloria nos espera!
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