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Romance del Rey Rebelde (parte III)

La verdad estimado Sargón, es que estaba esperando esta entrega como los ejércitos que cruzaron el desierto añoraban el agua en estos versos que nos dejas hoy; has hecho un magnífico relato de nuevo, esta vez narrando con lujo de detallas una "travesía del desierto", en su más literal significado de esta frase, y que, por fortuna , se cierra con un final esperanzador.

Vuelvo a felicitarte de nuevo por estos cantos y estaré muy atento a los que vendran.

Un abrazo.

Canto VIII


El Rey Gundar cruza el desierto


Tres mil hombres avanzaban

por la arena del desierto,

bajo un sol abrasador,

fatigados y maltrechos,

cruzando un paisaje ardiente

donde no soplaba el viento,

el calor les consumía

y la sed era un tormento.

Los caballos no aguantaban

aquel clima tan extremo

y tuvieron que dejarlos

en el Alcázar del Cuervo

y para poder llevar

provisiones y pertrechos,

les compraron a los nómadas

diez docenas de camellos

y contrataron tres guías,

hombres curtidos y expertos

para que les condujeran

por el camino correcto.

El agua ya escaseaba

y también los alimentos.

Los soldados avanzaban

con paso cansino y lento,

taciturnos, silenciosos,

como una legión de espectros

cruzando las soledades

de aquel arenal eterno.

Sargón hablaba a su padre,

tratando de hallar consuelo.

- ¡Padre, ya no puedo más!

¡Estoy cansado y sediento!

¡Las piernas no me sostienen

y me duele todo el cuerpo

y el aire que respiramos

es ardiente como el fuego!

- No permitas, hijo mío

que te venza el desaliento.

Según dicen nuestros guías

ya muy pronto llegaremos,

si los dioses nos asisten

y no hallamos contratiempos.

Cuando la noche caía

sobre aquel paraje yermo,

el calor de la jornada

se trocaba en frío intenso

y una pláyade de estrellas

tachonaba el firmamento.

Pasada la medianoche,

agotados en sus lechos,

Auriga y Drago dormían.

Sargón estaba despierto,

contemplando la grandeza

de la bóveda del cielo,

abrumado por la angustia

de sentirse tan pequeño,

como si los hombres fueran

hormigas de un hormiguero

y sus vidas tan fugaces

como un pálido destello.









Canto IX


La tormenta


Al principio fue tan solo

una espesa polvareda

que encrespaba el horizonte,

amenazante y siniestra.

De inmediato, los tres guías

se estremecieron al verla

y exclamaron al unísono:

- ¡Una tormenta de arena!

La densa nube de polvo

se fue haciendo gigantesca

hasta ensombrecer el sol

con un manto de tinieblas

y el viento barrió el desierto

con tanta furia y violencia

que los hombres no podían

mantenerse en pie siquiera.

Los camellos se espantaron

sin que sus dueños pudieran

impedir que se alejaran

galopando a rienda suelta

y quienes les persiguieron

para intentar que volvieran

se perdieron en el turbio

corazón de la tormenta.

La arena les azotaba

con una fiereza extrema,

hiriéndoles en los ojos

y dejándoles a ciegas

y llenándoles la boca

de arisco sabor a tierra.

Mientras el viento arreciaba,

aullando como una bestia,

caminaban dando tumbos,

cayendo por las laderas,

aturdidos y confusos,

avanzando a duras penas,

como fantasmas errantes

extraviados en la niebla.

Bramaba Gundar el Bravo

con su voz vibrante y recia:

- ¡Auriga!¡Drago! ¡Sargón!

¡Permaneced a mi vera,

que es facil desorientarse

y quiero teneros cerca!

Transcurrieron unas horas

que parecieron eternas

mientras los hombres luchaban

contra la naturaleza,

hasta que por fin el viento

fue moderando su fuerza

y de nuevo el sol radiante

brilló sobre sus cabezas.

Y cuando volvió la calma

la tropa estaba dispersa,

exhausta, desfallecida,

desesperada y maltrecha.

Atrás quedaron algunos

que no pasaron la prueba

como fúnebre banquete

de las aves carroñeras

y el resto siguió avanzando

por las ardientes arenas

mientras Sargón les miraba

sin saber muy bien qué eran,

tres mil osados guerreros

o tres mil almas en pena.








Canto X


El Rey Gurndar llega a las Tierras Ignotas


Después de haber avanzado

durante quince jornadas,

los soldados del Rey Gundar

no alentaban esperanzas.

Curtidos rostros poblados

por sucias y espesas barbas

y acerados centelleos

de bravura en la mirada,

hambre, sed y sufrimiento,

polvo y sal en las gargantas,

juramentos y blasfemias,

maldiciones y plegarias,

estandartes deslucidos,

armaduras abolladas,

sudor y llagas ardientes

bajo la cota de malla.

Allí mismo hubieran muerto,

en aquella tierra ingrata,

de no ser porque los dioses,

aquella misma mañana,

quisieron serles propicios

y dejar que se salvaran.

Y fueron dejando atrás

las yermas arenas blancas

y el paisaje fue cambiando

y llenándose de plantas,

de pequeños matorrales

y de arbustos y de zarzas

que se hicieron más espesas

a cada paso que daban.

- ¡Aguanta! - dijo el Rey Gundar

a Sargón, que le miraba

agotado y consumido,

con la tez lívida y pálida,

sin poderle responder

de tan débil como estaba -

Nuestra larga travesía

por fortuna ya se acaba

y veo en la lejanía

colinas en cuyas faldas

la yerba fresca verdea

como un manto de esmeraldas

y detrás de las colinas

valles, cuencas y vaguadas

y arboledas que se pierden

en las lejanas montañas.

¡Aguanta, Sargón, que pronto

hallaremos sombra y agua!

No te rindas a la muerte

sin presentarle batalla.
 
jmacgar, te agradezco mucho tu seguimiento de este largo poema y, por supuesto, los amables comentarios que siempre me haces. Aquí sigo con esta historia que, no sé si para bien o para mal, va para largo.

Un saludo.
 
Bueno esta vez la batalla fue contra la misma naturaleza, menos mal no hubo enfrentamiento de espadas, buen proceso.
Qué se esconderá detrás de aquellas verdes colInas qué ve el Rey...
 
Última edición por un moderador:

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