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Canto VIII
El Rey Gundar cruza el desierto
Tres mil hombres avanzaban
por la arena del desierto,
bajo un sol abrasador,
fatigados y maltrechos,
cruzando un paisaje ardiente
donde no soplaba el viento,
el calor les consumía
y la sed era un tormento.
Los caballos no aguantaban
aquel clima tan extremo
y tuvieron que dejarlos
en el Alcázar del Cuervo
y para poder llevar
provisiones y pertrechos,
les compraron a los nómadas
diez docenas de camellos
y contrataron tres guías,
hombres curtidos y expertos
para que les condujeran
por el camino correcto.
El agua ya escaseaba
y también los alimentos.
Los soldados avanzaban
con paso cansino y lento,
taciturnos, silenciosos,
como una legión de espectros
cruzando las soledades
de aquel arenal eterno.
Sargón hablaba a su padre,
tratando de hallar consuelo.
- ¡Padre, ya no puedo más!
¡Estoy cansado y sediento!
¡Las piernas no me sostienen
y me duele todo el cuerpo
y el aire que respiramos
es ardiente como el fuego!
- No permitas, hijo mío
que te venza el desaliento.
Según dicen nuestros guías
ya muy pronto llegaremos,
si los dioses nos asisten
y no hallamos contratiempos.
Cuando la noche caía
sobre aquel paraje yermo,
el calor de la jornada
se trocaba en frío intenso
y una pláyade de estrellas
tachonaba el firmamento.
Pasada la medianoche,
agotados en sus lechos,
Auriga y Drago dormían.
Sargón estaba despierto,
contemplando la grandeza
de la bóveda del cielo,
abrumado por la angustia
de sentirse tan pequeño,
como si los hombres fueran
hormigas de un hormiguero
y sus vidas tan fugaces
como un pálido destello.
Canto IX
La tormenta
Al principio fue tan solo
una espesa polvareda
que encrespaba el horizonte,
amenazante y siniestra.
De inmediato, los tres guías
se estremecieron al verla
y exclamaron al unísono:
- ¡Una tormenta de arena!
La densa nube de polvo
se fue haciendo gigantesca
hasta ensombrecer el sol
con un manto de tinieblas
y el viento barrió el desierto
con tanta furia y violencia
que los hombres no podían
mantenerse en pie siquiera.
Los camellos se espantaron
sin que sus dueños pudieran
impedir que se alejaran
galopando a rienda suelta
y quienes les persiguieron
para intentar que volvieran
se perdieron en el turbio
corazón de la tormenta.
La arena les azotaba
con una fiereza extrema,
hiriéndoles en los ojos
y dejándoles a ciegas
y llenándoles la boca
de arisco sabor a tierra.
Mientras el viento arreciaba,
aullando como una bestia,
caminaban dando tumbos,
cayendo por las laderas,
aturdidos y confusos,
avanzando a duras penas,
como fantasmas errantes
extraviados en la niebla.
Bramaba Gundar el Bravo
con su voz vibrante y recia:
- ¡Auriga!¡Drago! ¡Sargón!
¡Permaneced a mi vera,
que es facil desorientarse
y quiero teneros cerca!
Transcurrieron unas horas
que parecieron eternas
mientras los hombres luchaban
contra la naturaleza,
hasta que por fin el viento
fue moderando su fuerza
y de nuevo el sol radiante
brilló sobre sus cabezas.
Y cuando volvió la calma
la tropa estaba dispersa,
exhausta, desfallecida,
desesperada y maltrecha.
Atrás quedaron algunos
que no pasaron la prueba
como fúnebre banquete
de las aves carroñeras
y el resto siguió avanzando
por las ardientes arenas
mientras Sargón les miraba
sin saber muy bien qué eran,
tres mil osados guerreros
o tres mil almas en pena.
Canto X
El Rey Gurndar llega a las Tierras Ignotas
Después de haber avanzado
durante quince jornadas,
los soldados del Rey Gundar
no alentaban esperanzas.
Curtidos rostros poblados
por sucias y espesas barbas
y acerados centelleos
de bravura en la mirada,
hambre, sed y sufrimiento,
polvo y sal en las gargantas,
juramentos y blasfemias,
maldiciones y plegarias,
estandartes deslucidos,
armaduras abolladas,
sudor y llagas ardientes
bajo la cota de malla.
Allí mismo hubieran muerto,
en aquella tierra ingrata,
de no ser porque los dioses,
aquella misma mañana,
quisieron serles propicios
y dejar que se salvaran.
Y fueron dejando atrás
las yermas arenas blancas
y el paisaje fue cambiando
y llenándose de plantas,
de pequeños matorrales
y de arbustos y de zarzas
que se hicieron más espesas
a cada paso que daban.
- ¡Aguanta! - dijo el Rey Gundar
a Sargón, que le miraba
agotado y consumido,
con la tez lívida y pálida,
sin poderle responder
de tan débil como estaba -
Nuestra larga travesía
por fortuna ya se acaba
y veo en la lejanía
colinas en cuyas faldas
la yerba fresca verdea
como un manto de esmeraldas
y detrás de las colinas
valles, cuencas y vaguadas
y arboledas que se pierden
en las lejanas montañas.
¡Aguanta, Sargón, que pronto
hallaremos sombra y agua!
No te rindas a la muerte
sin presentarle batalla.
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