Darkshade
Poeta adicto al portal
La mariposa terracota sigue analizando cada uno de mis movimientos dactilares sobre el teclado. Descansa otra colilla anónima en el cenicero viejo de cristal. La música suena de fondo y me perturba. No soy yo quien controla su volumen. Él abre la llave del agua. Escucho claramente el líquido fluyendo por la tubería. Se lava las manos. Puedo casi sentir el roce del jabón entre sus palmas. Limpia sus dientes con el viejo cepillo. No tengo tiempo ni dinero para comprarle otro. Se enjuaga la boca. Escupe. Cierra el grifo. Toma la toalla. Se seca. Enciende la máquina afeitadora. Nivela el vello que recubre parte de su faz. Abre la llave del agua. Higieniza el lavabo. Cierra el grifo por segunda vez. Camina hacia mi habitación. Está pálida de sudor y carmín. Me pide los audífonos. Toma una golosina. Olvida darme un beso. Se va. Tiene clase a las seis.
La mariposa terracota se ha desdibujado de la taza. Aún conserva restos de café. Mis dedos han perdido toda movilidad. Mi mano izquierda descansa en el cenicero viejo de cristal, junto a la otra colilla anónima. Él, tan habituado a su rutina, no se fijó en la gran mancha extendida sobre este ridículo piso de madera flotante.
La mariposa terracota se ha desdibujado de la taza. Aún conserva restos de café. Mis dedos han perdido toda movilidad. Mi mano izquierda descansa en el cenicero viejo de cristal, junto a la otra colilla anónima. Él, tan habituado a su rutina, no se fijó en la gran mancha extendida sobre este ridículo piso de madera flotante.