Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Esa noche no quiso terminarla a mi lado, y mi cama; refugio de los sueños, y mi piel; que esperaba convertirse en el territorio de sus besos, se volvieron la desolación completa.
Su ser de acertijo ganó sobre sus ganas y decidió que lo mejor sería que la pared de la habitación cayera entre nosotros cual si fuera el telón (espero, que del primer acto), que divide en el mismo escenario al actor de su público ansioso.
Mas, al término de ese día, ese sábado de noviembre, ni la fusión de su cuerpo en el mío habría mejorado absolutamente nada. No niego que mientras escribía furtivamente mi nombre sobre su espalda mi ser ardía de deseos y esperanza y se ahogaba en secreto entre los vapores que emanaban de mis pensamientos llenos de pasión y celo y la humedad que invadía cada rincón de mi cuerpo.
Ese día, completo, lo pasamos juntos paseando por la ciudad como si fuéramos un par de náufragos sobre la mar. Hicimos de las aceras largas playas de arena blanca, de los camellones y parques y aparadores; horizontes tan intensos como sueños con fantasmas que huían derrotados ante un sencillo no de su boca y después un cómplice sí de la mía -o viceversa-, del oscuro y pesado ruido olas y espuma y de la gente y los autos; tímidos peces.
Nuestras palabras para cualquier extraño carecían de sentido, sin embargo, para nosotros, que aún usamos ese lenguaje subversivo e incendiario que radica en un simple roce de las manos; en una leve falta de sincronización de los pasos, y en esa mirada que lenta se escurre desde las cejas hasta las piernas y que se atora en aquellas pequeñas partes del cuerpo en que la piel no está cubierta por la ropa, convocaban a nuestro lado, con un suspiro, a todos los aleluyas y las buenaventuras de la las oraciones de los mañanas.
Ese sábado de noviembre mis oídos fueron de su vos como las hojas de los árboles al viento, como los suspiros al amor eterno.
Toda mi atención esperaba tal vez un quiebre en su acento, el desliz de una palabra que dejara en evidencia ese su sentir secreto que mi alma tanto anhela de la suya, la palabra amor que al deslizarse por sus labios prendiera fuego y luz, aunque el fuego se volviera eterno y su luz me condenara al no ver nunca jamás, o a la oscuridad de sus pestañas, al claustro de la negra madrugada en la que solo entra a través de la ventana el eco de su nombre que reverbera en ese minúsculo espacio que queda entre mi mente y la almohada.
Ese sábado de noviembre no quiso poner en peligro su piel bajo mis manos, no permitió que sus ganas resolvieran el acertijo de su ser, no quiso ser una muesca más de triunfo en la madera del marco de la puerta.
Y sin embargo, hoy puedo decir que el sofá donde durmió, a una cuarta de mi mano, aún hoy huele a su cuerpo, a su ser, a su pelo entre mis dedos, y se ha convertido en el templo a donde acudo esas madrugadas en las que las ovejas de los sueños no aparecen, no se cuentan.., no sirven de nada
Mi cama, convertida en la desolación toda, no sabe, no conoce, no entiende que todos los noviembres ahora duermen en sueños a mi lado en el sofá, a una cuarta de mis ilusiones con renovadas esperanzas…
Due. en una noche en la que cada sábado, cada noviembre, cada recuerdos suyo, se han convertido en mi credo, en la patria donde habito…
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