Introspectivo.
Poeta adicto al portal
III
La niebla se había dispersado y se podía observar por completo la desolada plaza. Lo que los ojos de Ernesto no podían creer, era que estaban viendo sentado a la orilla de un viejo lapacho, un tenebroso duende.
Ahí estaba, como si nada. Recostado de lo más pancho, rascándose la espalda con la corteza del tronco y fumando en una extraña pipa que humeaba como chimenea. A simple vista no parecía medir más que un metro y vestía ropajes de niños: esas ropas viejas y haraposas que uno suele donar en forma de caridad.
Mientras él seguía observando, duro como una estatua, el rostro de este particular tipejo fue lo que más robó su atención. Un color mostaza cubría su arrugada tez, formando una especie de degradé más claro en la punta de su filosa nariz y en sus ajadas orejas de duende. Una sonrisa, literalmente, de oreja a oreja y unos ojitos negros y profundos como la misma oscuridad. De la superficie de su cabeza colgaban unos pocos pelinchos ancianos y gastados.
Ernesto seguía tan quieto como un muerto. Se percató que su celular, de la nada, dejó de funcionar y lo único que podía escuchar en esa quieta noche eran los besos que este monstruo le daba a su pipa y una ronca risa que parecía que no podía escapar de su garganta.
Boquiabierto, soltó de sus labios el cigarrillo que había prendido anteriormente. Solo para verlo caer corrió la vista de esta aparición, viendo casi en cámara lenta la colisión de este con el húmedo suelo.
Cuando levantó la vista, nada quedaba allí. Mágicamente desapareció sin dejar rastro alguno, solo una nube de humo en espiral que flotaba cerca de aquel lapacho donde reposaba.
Parece que el remedio, esta vez, fue peor que la enfermedad. Él, que escapó del encierro para despejar su mente y acabar con su insomnio, llenó sus pensamientos con el rostro de este extraño ser y mil preguntas existenciales no le dejaron juntar sus párpados hasta el amanecer, que agobiado por su pensar, cayó en un profundo sueño que duró casi un día entero.
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