Siempre

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021
 
Última edición:
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de mi cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y disfrutara de las golondrinas
de la imaginación.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos a lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu ment
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¡¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?!
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante ese declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera ración de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz.
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021


De las realidades mas conmovedoras y poéticas que he leído, Andreas, cuantos cipreses han muerto en nuestras vidas, amigo mío, alguno cuando aún somos demasiado jóvenes para entender el por qué...
Y nos dejas ese final, tan auténtico, tan real.
La ausencia de mi madre me cala hasta los huesos y su presencia sigue conmigo, Siempre.


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante ese declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera ración de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz.
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse


para siempre.


Una joya de poema, gracias por compartir.
Un abrazo.

Isabel
 
Última edición:
De las realidades mas conmovedoras y poéticas que he leído, Andreas, cuantos cipreses han muerto en nuestras vidas, amigo mío, alguno cuando aún somos demasiado jóvenes para entender el por qué...
Y nos dejas ese final, tan auténtico, tan real.
La ausencia de mi madre me cala hasta los huesos y su presencia sigue conmigo, Siempre.


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante ese declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera ración de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz.
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse


para siempre.


Una joya de poema, gracias por compartir.
Un abrazo.

Isabel

Gracias, mi querida Isabel. Gracias por tu lectura siempre tierna y atenta. Un poema que me ha costado escribir.
Evocar a esos nuncas que fueron tanto en la vida de uno resulta duro.
Qué te voy a contar, qué os voy a contar...
Un abrazo enorme, amiga.
 
Con toda sinceridad te digo, querido Andreas, que además de buen amigo eres uno de mis poetas favoritos (sobre todo cuando escribes en verso libre), y por supuesto te meto en el "top five" de los mejores poetas "de foro" que he leído (hay muy pocos buenos, pero los buenos son muy buenos).
Tu poesía realista me recuerda bastante a uno de los más grandes poetas españoles actuales para mi gusto (Manuel Vilas).
Este poema es muy bueno, amigo. Bello, sentimental y melancólico, pero escrito con la excelencia, creatividad y la inteligencia "fría" y necesaria que caracterizan a la buena poesía.
Y bueno, ya entrando en el fondo de tu poema, creo que la novena estrofa "resume" un poco el mensaje. "Los siempres" y "el nunca", términos, ambos, demasiado complejos y posiblemente inalcanzables para nuestras limitadas mentes y naturaleza humana; y la relación entre ellos, siempre dolorosa y frustrante, pues ambos escapan (principalmente los primeros) a nuestra posibilidad de actuar sobre ellos.
Quizás podamos influir algo en "el nunca", y contradecirlo, regando algunos cipreses, o plantando otros nuevos... y así, por consiguiente, construir nuestro personal y pequeño (pero a la vez real y verdadero) "siempre". Mis aplausos, compañero, y un fuerte abrazo.
 
Última edición:
Con toda sinceridad te digo, querido Andreas, que además de buen amigo eres uno de mis poetas favoritos (sobre todo cuando escribes en verso libre), y por supuesto te meto en el "top five" de los mejores poetas "de foro" que he leído (hay muy pocos buenos, pero los buenos son muy buenos).
Tu poesía realista me recuerda bastante a uno de los más grandes poetas españoles actuales para mi gusto (Manuel Vilas).
Este poema es muy bueno, amigo. Bello, sentimental y melancólico, pero escrito con la excelencia, creatividad e inteligencia "fría" y necesaria que caracteriza a la buena poesía.
Y bueno, ya entrando en el fondo de tu poema, creo que la novena estrofa "resume" un poco el mensaje. "Los siempres" y "el nunca", términos, ambos, demasiado complejos y posiblemente inalcanzables para nuestras limitadas mentes y naturaleza humana; y la relación entre ellos, siempre dolorosa y frustrante, pues ambos escapan (principalmente los primeros) a nuestra posibilidad de actuar sobre ellos.
Quizás podamos influir algo en "el nunca", y contradecirlo, regando algunos cipreses, o plantando otros nuevos... y así, por consiguiente, construir nuestro personal y pequeño (pero a la vez real y verdadero) "siempre". Mis aplausos, compañero, y un fuerte abrazo.

¡Querido Luis! Con poemas largos como este me cuesta mucho apegarme a los versos. No consigo hacerme un juicio "objetivo" sobre lo escrito y tomo distancia demasiado rápido del poema. Por ello me resulta especialmente valiosa tu opinión.
Muy de acuerdo con la descripción que haces, como "dolorosa y frustrante", entre los "siempres" y los "nuncas", y la posible influencia en el nunca poniéndonos en el lugar del otro, "regando algunos cipreses o plantando otros nuevos". Qué gratificante leer tu excelente y bello comentario y saberme, de algún modo, comprendido.
Un abrazo enorme y muy buena semana, compañero.

Pd. ¡Leeré a Manuel Vilas!
 
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SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021
ufff... y después dicen que la poesía realista no tiene ese lirismo/ nostalgia clásico del resto de la poesía. Nah... nada que ver, es un poemazo con mucho condimento, mucha pisca de calidad literaria a gran altura. Y lo más importante, sin la necesidad chabacana de las palabrotas ni la crudeza que al fin de cuenta en el realismo se puede volver también un decorado. Sutileza y encanto, y sí, realismo e intimismo tiene tu poema compañero. Un poema así se lee sin desperdicio.
abrazo grande.
 
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021
Buenas noches
Unas letras de oscar.Gracias por compartirlas.
Un saludo
 
ufff... y después dicen que la poesía realista no tiene ese lirismo/ nostalgia clásico del resto de la poesía. Nah... nada que ver, es un poemazo con mucho condimento, mucha pisca de calidad literaria a gran altura. Y lo más importante, sin la necesidad chabacana de las palabrotas ni la crudeza que al fin de cuenta en el realismo se puede volver también un decorado. Sutileza y encanto, y sí, realismo e intimismo tiene tu poema compañero. Un poema así se lee sin desperdicio.
abrazo grande.
¡Danie! Muchas gracias, compañero, por tu siempre atenta lectura. No es fácil mantener la tensión poética cuando se alarga un texto como es el caso. Y sí, estoy contigo, amigo; la poesía realista, cuando se logra, es de un impacto que no tiene par. ¡Pero qué difícil resulta trascender como poema una creación que bascula al filo de la navaja de la prosa! Un abrazo fuerte y espero que todo bien.
 
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021

Anonadado, así me has ido dejando mientras leía tu poema, que pienso es magnífico. Narras las sensaciones que muchos vivimos sin saber como expresarlo. No tiene desperdicio, de verdad, te felicito y muchas gracias por compartirlo.
Saludos.
Javier.
 
La lectura de tu poema me ha dejado impresionada. Qué bien has sabido mantener el pulso, provocar emociones, contenerlas lo justo y necesario y hacer cómplice al lector.
Un poema realmente precioso que he tenido el gusto de disfrutar, gracias.
Un saludo cordial,
Eva
¡Cuánto me alegra leer este comentario, Eva! En poemas largos como este resulta complicado no caer en el verso vacío. Mantener la tensión no es cosa fácil, de modo que me resulta muy estimulante saber que se logró la complicidad en tu lectura. ¡Gracias por pasar! Un saludo.
 
Anonadado, así me has ido dejando mientras leía tu poema, que pienso es magnífico. Narras las sensaciones que muchos vivimos sin saber como expresarlo. No tiene desperdicio, de verdad, te felicito y muchas gracias por compartirlo.
Saludos.
Javier.
¡Pues cuánto me alegro, Javier! Las gracias te las doy yo a ti por lanzarte a leer un poema tan largo como este.
¡Saludos!
 
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021
La primera vez que me acerqué a este texto -por recomendación de una luminosa compañera- no logré pasar del segundo ciprés; no me fue posible afrontar el sobrecogimiento de entrañas y el tremendo aire de arboles derribados que llegó a mí desde mi propio panteón interior. Empero, hoy logré llegar hasta el último siempre, e incluso volver al comienzo, con el riesgo latente de que como en todas las buenas lecturas uno pudiera caer en el bucle de los propios reflejos para nunca poder salir. Y es lo que tienen esas buenas lecturas que abrevan del caudal de las pérdidas sin más retórica que la de la experiencia: no están hechos para gustar al desprevenido lector, sino para acertar su tremendo golpe de verdad que nos enfrenta a quienes se quedan en el siempre de un momento y al nunca que es nuestro propio Memento mori.

Compañero Kalkbadan, gracias por compartir estos momentos de lucidez despiadada y genuina, y por seguir en la ruta. Recibe mi cálida fraternidad y mi admiración.
 
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021
Hermoso poema, conmovedor. El siempre y el nunca coinciden en el círculo, que no tiene ni principio ni fin.
 
Encontrar consuelo en la escritura terapéutica me resulta muy satisfactorio. Muy conmovedor tu texto!

Desde luego, compañero. Algo tiene siempre de terapéutico el parto de un poema. Es el vacío que se llena con el punto final. O el vacío en sí mismo. En este caso, sin duda, la dosis de terapia fue contundente. Era de esos poemas que tarde o temprano se escriben solos.
Un saludo y gracias por leer, Arturo.
 
La primera vez que me acerqué a este texto -por recomendación de una luminosa compañera- no logré pasar del segundo ciprés; no me fue posible afrontar el sobrecogimiento de entrañas y el tremendo aire de arboles derribados que llegó a mí desde mi propio panteón interior. Empero, hoy logré llegar hasta el último siempre, e incluso volver al comienzo, con el riesgo latente de que como en todas las buenas lecturas uno pudiera caer en el bucle de los propios reflejos para nunca poder salir. Y es lo que tienen esas buenas lecturas que abrevan del caudal de las pérdidas sin más retórica que la de la experiencia: no están hechos para gustar al desprevenido lector, sino para acertar su tremendo golpe de verdad que nos enfrenta a quienes se quedan en el siempre de un momento y al nunca que es nuestro propio Memento mori.

Compañero Kalkbadan, gracias por compartir estos momentos de lucidez despiadada y genuina, y por seguir en la ruta. Recibe mi cálida fraternidad y mi admiración.
¡Querido Pedro! Te agradezco de corazón el bellísimo comentario que me regalas.
Da gusto saber que los versos te llegaron con la misma textura con que fueron concebidos.
Un verdadero lujo tu presencia. Gracias por la ternura.
Un abrazo fuerte, compañero.
 
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021
Cuánta sensibilidad en estos versos. Cuántos cipreses se han quedado en cada eslabón de nuestras vidas. ¡Cuántos siempre que se vuelven nunca! Este poema es uno de los más hermosos que he leído en mi vida. Y hasta me ha hecho llorar. No sé cómo pueden decir que el realismo, bien escrito, no es poesía. Es, además, un excelente modelo para quienes estamos aprendiendo.
Y rematas con esos magníficos versos al ser que nos dio la vida. Gracias por esta belleza a esta hora de la mañana. Felicitaciones a este brillante trabajo. Un abrazo desde esta lluviosa tierra Colombiana.
 
Cuánta sensibilidad en estos versos. Cuántos cipreses se han quedado en cada eslabón de nuestras vidas. ¡Cuántos siempre que se vuelven nunca! Este poema es uno de los más hermosos que he leído en mi vida. Y hasta me ha hecho llorar. No sé cómo pueden decir que el realismo, bien escrito, no es poesía. Es, además, un excelente modelo para quienes estamos aprendiendo.
Y rematas con esos magníficos versos al ser que nos dio la vida. Gracias por esta belleza a esta hora de la mañana. Felicitaciones a este brillante trabajo. Un abrazo desde esta lluviosa tierra Colombiana.
Serin, te agradezco enormemente el comentario que me regalas.
Muchas veces nos perdemos en cuestiones técnicas acerca de los poemas cuando lo realmente importante es su capacidad de estremecer. Cuando esto se consigue en la poesía realista (en muy contadas ocasiones) el efecto es brutal por la propia esencia universal de este estilo. Poesía pura, compañero. Yo tampoco entiendo el desprecio al realismo que se escucha en determinados mentideros poéticos.
Por eso, saber que te emocionaron estos versos es un auténtico regalo para mí y más tratándose de este poema.
Gracias por tu entrañable visita, Serin. Vamos leyéndonos.
 
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Es un poema muy hermoso. De los poemas realistas más bonitos que he leído. Me gustan esas figuras con un trazo de melancolía y el final de lujo. Es un placer leerte, poeta. Un abrazo.
 
SIEMPRE

Hay algo irreversible en el proceso
que va del siempre al nunca.
Quizá tenga que ver
con el segundo principio de la termodinámica,
o se deba, tal vez, a que hace tres millones de años
una mutación nos salió rarita
y de ahí nuestra crónica tendencia a la imbecilidad.
Lo que está claro es que nada dura para siempre.
Siempre es nunca, o, como mucho,
un prólogo de luz
sobre lo que será su larga noche,
y, en el fondo, aunque duela,
ese dolor está muy bien…

Está muy bien si comprendes
que ese viejo gruñón de tu padre
que tiembla murmurando y se desplaza con torpeza,
y que llora porque sí cuando «todo está bien»
serás tú más pronto que tarde, cabrón.
Y si se fue sin darte tiempo para emborracharte con él
pues rebusca en los jeroglíficos de la infancia
que para resolverlos solo hace falta un espejo.

Por eso —para vivir la vida y que nos valga la pena—
conviene recordar a esos cipreses del nunca
y que en algún momento fueron para siempre.
La muerte de un ciprés es, y siempre será,
una putada prematura.
Evocar cipreses es un acto poético necesario.

Mi primer ciprés prematuro fue mi padre.
Tumbado junto al quicio de la cama
me prometía que estaría siempre
para escuchar los juicios sumarios
que tenía abiertos en canal
por la implacable autoridad que me habitaba.
Pero ahí estabas tú
para abrigarme con tu poderosa presencia.
Y me repetías que los miedos se curaban hablando
y que la culpa no servía para nada,
que tomara rendida cuenta de los hechos
y me abrazase al pensamiento en libertad.
Pero te fuiste tan joven…
Y yo me quedé solo, contando gaviotas,
tratando de encontrar al niño
en mi nuevo traje de hombre,
delimitando los contornos de mi vacío
desde la roca en la que estallé tu urna.
Contigo empecé a sospechar que siempre
iba a ser nunca.

Mi segundo ciprés prematuro fue Antxón.
Era una tarde deliciosa de primavera.
Allá subidos en lo alto de nuestro cerezo
donde los frutos revelaban todo su esplendor…;
casi tocábamos el cielo.
Entonces, súbitamente, me agarraste de la mano
y mirándome con ese arrebatador brillo tuyo
me preguntaste si seríamos amigos para siempre,
y yo te contesté que sí, que no podía ser de otra manera.
Aquel año empecé el instituto
y tú apenas salías ya de casa.
Al tiempo, tu madre le contó a la mía
que en el prodigio de tu mente
se había desatado una guerra civil.
Y no te volví a ver nunca más.
De nuevo, siempre se empeñó en ser nunca.

Mi tercer ciprés prematuro fue mi abuelo.
Nos abrazamos en el embarcadero. Era verano.
Te prometí que contestaría a todas tus cartas.
Arranqué el coche y por el retrovisor pude ver
cómo te perdías entre el polvo, como un pañuelo,
mientras me alejaba por el camino de gravilla.
Tu mirada, maldita sea,
me supo a la bocana de un puerto.
Aquella tarde, mi abuelo, había roto con su pudor ritual
y no se despidió de su nieto, al que tanto quería,
con ese golpe seco en el hombro,
sino que le regaló su primer y su último abrazo.
Estrenado el otoño se me fue remando al cielo
y me quedé con sus cartas flotando en mis manos.
Algunas de ellas ni siquiera estaban abiertas.
Definitivamente, comprendí que siempre era nunca.


Y aquí estamos, compañeros míos,
yo, con mis cipreses, y vosotros, con los vuestros,
en esta espiral de ausencias que no cesa
y que otorga sentido y valor a la vida.

Por ello, cuando vuestra antología de soledades
no os quepa ya en la vitrina del desencanto
os recomiendo que os hagáis poetas
más que nada para que así podáis
convivir y hacer frente al nunca
como si fuera siempre.

Y no olvidéis que vuestros cipreses prematuros
no fueron más que un ínfimo eslabón
de todos los nuncas acontecidos
desde que nuestro ancestro africano
se rompió el cuello hace tres millones de años
tirándose desde la catarata más alta
para impresionar a su mona preferida.
¿Ley física?, ¿imbecilidad funcional?...
¿Cuántos siempres nos quedan
para lograr la nada absoluta?
No lo sé…


Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre.

Kalkbadan
En Madrid, 14 de febrero de 2021


"Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre."

Y cuánta verdad en esas palabras suyas!
Aplausos de pié a su pluma estimado compañero!
 
"Solo sé que hay algo, que hay alguien,
llamado «madre»
que permanece inmutable
ante este declarado avance hacia la nada.
¡Mamá!, lloran los nacidos
al respirar su primera porción de mundo.
¡Mamá!, suplican los viejos corazones
al cerrar su párpado de luz...
Y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre en su último giro
antes de apagarse

para siempre."

Y cuánta verdad en esas palabras suyas!
Aplausos de pié a su pluma estimado compañero!
Ohhhhh!! Querida Lluviam, muchísimas gracias por tu paso, compañera. Un gusto saberte en mis letras.
Un abrazo enorme.
 

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