Escuece como el maná ardiente del Altísimo en la boca del plebeyo el silencio sepulcral. Rebrota como un cerezo. Coronado con la testuz gloriosa de una noche de vanos espejismos. La silueta inconfundible del silencio sepulcral es la bendita apariencia del demonio fantasmal. No alardea. No coarta. Sino que impele a guardar los pensamientos en la memoria fúnebre del Señor. El silencio sepulcral es la hondanada halagueña. Donde los sabios beben sin cesar. Iluminandoseles los ojos con cautivas llamaradas celestiales. De pétreo y eterno júbilo eterno. El silencio sepulcral retoña arte, filosofía y poesía. Es el quantum y la cualitas oculta. Que veneran desde primordiales generaciones las más afamadas lumbreras de la cohorte del Partenón Celeste. El silencio sepulcral es la laguna pavorosa. Donde nada se escucha. Sólo se siente la nada infinita. Que penetra en el corazón muerto. Para volver a revivirlo en añoranzas de cuitas del pasado.