Silence in dark
Si todos comprendieran al genio todos lo serían
La cabeza alzada hacia arriba. Silencio. Sólo se escuchaba el viento contra las ramas secas de los árboles. Yo miraba al cielo. Un cielo gris que comenzaría a llorar a los 22 minutos y 11 segundos.
Tanta gente alrededor agarrándose la mano sin tocarse. Y yo miraba pájaros. También lo rápido que se movían las nubes. Parecía un momento de admiración al entorno, de esos que tanto suelo tener observando el mundo, hasta que los aplausos comenzaron habiendo pasado cinco sesentas segundos y recodé que estaba ahí, junto a ella y cientos de personas que habían venido a despedirla, en su último viaje, en su último adiós.
Desde entonces recuerdo a Peter Pan, siempre quiso ser un niño y siempre será un niño en el País de Nunca Jamás. Acompañado, como no, por Campanilla, la más bella de las hadas y la más hermosa de los ángeles.
Desde entonces pienso en ella, mi Campanilla. En que allá donde esté, tiene que ser -si o si- mejor que este. Pienso en los padres. En la familia. En los amigos. En el hueco que dejaste al emprender un viaje innecesario en aquel momento. Aunque todos viajaremos, no me sirve de consuelo y... pienso. Solo pienso. Silencio. En ese silencio tan atronador del que tantas veces he oído hablar, pero no sentí del todo en mi hasta 22 minutos y 11 segundos antes de que el cielo rompiera a llorar.
Pienso en el cielo. En esas nubes veloces. En el mar. En ese mar fiero. En la lluvia. Era la lluvia más triste que había mojado mi ropa. Qué triste que la muerte sea obligada a tocar todo aquello que merece ser eterno. Que triste que no haya cura. Que triste este lugar. Que triste el viento. Que triste todo, silencio.
Tanta gente alrededor agarrándose la mano sin tocarse. Y yo miraba pájaros. También lo rápido que se movían las nubes. Parecía un momento de admiración al entorno, de esos que tanto suelo tener observando el mundo, hasta que los aplausos comenzaron habiendo pasado cinco sesentas segundos y recodé que estaba ahí, junto a ella y cientos de personas que habían venido a despedirla, en su último viaje, en su último adiós.
Desde entonces recuerdo a Peter Pan, siempre quiso ser un niño y siempre será un niño en el País de Nunca Jamás. Acompañado, como no, por Campanilla, la más bella de las hadas y la más hermosa de los ángeles.
Desde entonces pienso en ella, mi Campanilla. En que allá donde esté, tiene que ser -si o si- mejor que este. Pienso en los padres. En la familia. En los amigos. En el hueco que dejaste al emprender un viaje innecesario en aquel momento. Aunque todos viajaremos, no me sirve de consuelo y... pienso. Solo pienso. Silencio. En ese silencio tan atronador del que tantas veces he oído hablar, pero no sentí del todo en mi hasta 22 minutos y 11 segundos antes de que el cielo rompiera a llorar.
Pienso en el cielo. En esas nubes veloces. En el mar. En ese mar fiero. En la lluvia. Era la lluvia más triste que había mojado mi ropa. Qué triste que la muerte sea obligada a tocar todo aquello que merece ser eterno. Que triste que no haya cura. Que triste este lugar. Que triste el viento. Que triste todo, silencio.