Con razón, alguien me dijo no ha mucho que eras la diva del surrealismo en MP. Es para leer y releer, tu mundo profético se imbuye sin aristas en esta perla, pero es difícil extraer el aguijón que lleva inoculándole, no ya ningún veneno, sino seguro la vacuna que induce tu catarsis.
¿Qué algodón
amortigua en tu ventana
que me aloja tan sonámbula
de sueños,
y me arropa
en la razón de mi constancia?.
Veo a alguien adormecido en las estructuras sociales, soslayando y remirando, a la una y a la otra, la caída al vacío, mientras sabe que el algodón de su perdón le inhibe de la muerte tras la caída.
Es un diálogo con el otro yo, el alma, el ser despreciable que no responde más que la voz airada de la conciencia, siempre en el ánimo de coartar y cohibir las riendas de la libertad. Interlocución directa, preguntas, como siempre, sin las respuestas del elevado ser que nos habita. Como creyéndose Dios.
Algo así creo que recoges en el final del poema. Un alma, un algo tan engreído como para recoger nuestras caricias, bebérselas complacida, creerse tanto como otro dios de los que hacen vera y crucificados bordean el calvario. No el alma, que es triunfal y respira complacida por nuestros pulmones, ni sacrificada por las religiones, que no la cuestionan, ni por los dioses de una u otra creencia, pero con todos los parabienes con que el ser humano se digne complacerla. Ávida de ti.
amontona las deidades de la aurora,
Un abrazo, Ludmila, es un texto realmente complejo y afanoso de trabajar, pero vale la pena hundirse en él, en el alma de tu poema.