Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Todos tenemos nuestros demonios. Cuando nacemos ya traemos un esbozo de nuestros rasgos y se adhiere, para toda la vida, nuestra sombra. No lo sabemos pero llegan con nosotros a la vida muchos de nuestros demonios, otros se irán adhiriendo al paso de los años. Los demonios se asoman al mundo a través de nuestros sentidos, ven a los otros seres con los que compartimos la vida e identifican a sus demonios. Cuando nos relacionamos con los demás, hay una interacción de los demonios que todos llevamos dentro, se confrontan o se complacen mutuamente. Cuando nos mudamos con alguien los demonios se mudan con nosotros, ponen a prueba al amor, espían y elucubran, carcomen nuestra vida desde adentro para sentir y regir la nuestra, que también es la suya, pues los demonios solo pueden vivir desde nosotros. Nadie puede despojarse de sus propios demonios. Hay quien los domestica y los lleva por el mundo enjaulados o asidos a una cadena. Hay quien los clasifica, les pone nombre y se gana la vida dando conferencias sobre demonología. Hay quien los santifica y en su santo nombre entabla guerras santas en contra de los demonios de los otros, y funciona su estrategia, desde nuestra mirada suele ser tan sencillo descubrir los demonios de los demás en sus actos de vida, en sus imperfecciones. Los demonios nuestros disfrutan grandemente cuando nos hacen creer que somos una autoridad para desenmascarar al mal que habita en esta vida. Para ello se valen del poder de ser entes invisibles que no se reflejan en ningún espejo.
Hay, es posible un procedimiento imperfecto para descubrirlos, pero es un riesgo muy serio intentar erradicarlos de nuestras vidas. Cómo podríamos andar por los caminos de la vida sin ellos. Cómo solventar y explicar tantas horas de amargura y soledad sin su auxilio, sin el dato preciso del porqué la maldad que nos circunda todo el tiempo hace de nuestra vida un verdadero martirio.
Hay quien no estaría de acuerdo conmigo si dijera que los demonios nuestros y los de los demás son los autores verdaderos de los pensamientos e ideales más sublimes de los seres humanos que los llevamos dentro. Gracias a ellos hemos construido el ideal de un paraíso perfecto donde los demonios no tienen cabida: un mundo que nos seduce con solo imaginarlo. Pero mi demonio conceptual me dice que tal mundo no sería existible, pues para poblar la eternidad elucubrada, sin tener en qué ocuparla cada segundo, más se parecería a un infierno dulce y rutinario que pesaría enormemente con su tapia de tedio que deja fuera de su tumba inmortal al rico universo de las emociones.
Estos demonios nuestros que tanto escozor provocan a cada momento en las relaciones necesarias con nuestros semejantes, de alguna manera son nuestra más poderosa identidad, como lo son nuestros defectos físicos y nuestra propia sombra. Sin ellos no existe el tú ni el yo, ni la tragicomedia que nos hace sentir la necesidad imperiosa de buscar dentro y fuera la forma de encontrar lo que personalmente consideramos nuestra felicidad.
PD. Dicen los demonios que por favor, para este texto, no apliquen al término demonio ninguna connotación específicamente religiosa.
Hay, es posible un procedimiento imperfecto para descubrirlos, pero es un riesgo muy serio intentar erradicarlos de nuestras vidas. Cómo podríamos andar por los caminos de la vida sin ellos. Cómo solventar y explicar tantas horas de amargura y soledad sin su auxilio, sin el dato preciso del porqué la maldad que nos circunda todo el tiempo hace de nuestra vida un verdadero martirio.
Hay quien no estaría de acuerdo conmigo si dijera que los demonios nuestros y los de los demás son los autores verdaderos de los pensamientos e ideales más sublimes de los seres humanos que los llevamos dentro. Gracias a ellos hemos construido el ideal de un paraíso perfecto donde los demonios no tienen cabida: un mundo que nos seduce con solo imaginarlo. Pero mi demonio conceptual me dice que tal mundo no sería existible, pues para poblar la eternidad elucubrada, sin tener en qué ocuparla cada segundo, más se parecería a un infierno dulce y rutinario que pesaría enormemente con su tapia de tedio que deja fuera de su tumba inmortal al rico universo de las emociones.
Estos demonios nuestros que tanto escozor provocan a cada momento en las relaciones necesarias con nuestros semejantes, de alguna manera son nuestra más poderosa identidad, como lo son nuestros defectos físicos y nuestra propia sombra. Sin ellos no existe el tú ni el yo, ni la tragicomedia que nos hace sentir la necesidad imperiosa de buscar dentro y fuera la forma de encontrar lo que personalmente consideramos nuestra felicidad.
PD. Dicen los demonios que por favor, para este texto, no apliquen al término demonio ninguna connotación específicamente religiosa.
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