Soledades de campos escarnecidos. Dónde está la vieja plétora de cuerpos robustos. Cuando antaño danzaban al ritmo de una macabra melodía que se petrificaba en mausoleo ancestral y de divinos olores pasajeros. Ahora ya es tarde de buscar cálida compañía. Vuestras manos, apagadas en el mármol de la distancia, suavizan con una falsa caricia mi corazón henchido de aguardiente. Voy en pos de la lúgubre llama, que ha de dejarme ciego y sin ningún voto de santa castidad. Soledades de bosques fantasmales. Dónde está el llanto del niño, que tanto hacía estremecer mi médula y enervaba mi cerebro momificado. Ahora ya es funesta noche en mi espíritu harapiento; cuya substancia eléctrica se desvanece cual humo de una efímera hoguera que va crepitando sin cesar hasta ser pisoteada sin piedad por los pies deformes del tiempo.