Halcon 0
Poeta que considera el portal su segunda casa
El otro día...
en la taberna del pueblo,
después de haber estado
de coloquio con un labriego,
se despidió de mí, diciéndome,
"Ve con Dios molinero"
Nunca en mi vida
me habían llamado así,
me recordó a mi abuela paterna
y todo lo que con ella viví,
todo lo que a ella le debo
siendo su más bonito anhelo,
y en ese momento
nació este poema,
que de seguro
lo leera desde el cielo.
Eran los años de la posguerra,
tiempos de angustia,
hambre, trabajo y miserias.
En un pequeño pueblo castellano,
vivía Elisa "La Molinera"
así la llamaban
porque trabajó con su esposo
en los molinos que existían
por aquellas tierras.
Se casó joven,
su marido y sus cuatro hijos
varones eran su vida entera.
Más el destino quiso
que su compañero
pronto se fuera,
una cruel enfermedad,
se lo arrebató
en los albores de la posguerra,
quedando sola
con cuatro bocas que alimentar,
y pocas manos para labrar
la tierra.
Día tras día lluvias
y vientos soportando,
laborando sus campos yertos
y a Dios clamando,
para tener una buena cosecha
y suerte con los sembrados.
Trabajos de campesino,
recogidas de las espigas
de las cebadas y de los trigos,
para luego trillar en las eras
aquellas mieses que sería
el sustento de personas
y animales
durante los largos
de frios inviernos.
Y aquella mujer campesina,
siempre vestida de luto,
de blancos cabellos
cubiertos
por un negro pañuelo
y de rostro enjuto,
salió adelante
derramando sangre,
sudor y esfuerzo.
Se me amontonan
de mi niñez
sus recuerdos,
sentada en su taburete
al sol de media tarde,
zurciendo calcetines
o tejiendo chaquetas de punto
que del frío nos resguarde.
Rezando la letanía del rosario
en la iglesia del pueblo,
siempre en el mismo reclinatorio,
de terciopelo rojo raido
y barnizado descolorido
con chinchetas a los lados
Su huerto era su vida
y en él dejó su sudor,
para alimentar
a sus cuatro hijos,
que eran todo su amor.
Siempre luchando
por su familia
hasta que Dios la llamo ante él
demasiado pronto,
aún no había llegado
a los setenta años
Y hoy yace en una tumba
del viejo cementerio del pueblo,
al lado de aquel que se fue,
cuando sus hijos
aún eran pequeños,
y de seguro que los dos
estaran en los cielos,
porque así se lo ganaron
con su respeto y su celo.
Y agarrados de la mano
nos esperan
cuando nos llegue el día,
en que nosotros allí
con ellos nos encontremos
.....de un halcón
que nunca olvida su linaje
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