Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Desafío a los dioses,
la racionalidad del hombre se cobró sólo víctimas.
Desafío a los dioses,
ellos siembran la duda en torno a su concepto,
mientras los pensadores se aferran a sentencias.
¿Y todos esos seres que besan sus sofismas?
Somos sólo espejismos, somos sólo ilusiones,
criaturas que perciben a través de sentidos.
¿Somos la evolución, o sólo incertidumbre?
¿Un manojo de nervios?¿Sólo un saco de huesos?
¿No les hierve la sangre el bullicio incesante que hay en los funerales?
¿La corona de flores por un alma perdida?
¿Echaría a volar, o muerde con las uñas su ataúd?
¿Cuánto pesa la vida? ¿Por qué los pecadores van a misa?
Desafío a los dioses, a la puta entelequia
de todos mis poemas enterrados.
Álamos de la ribera, sarmientos de la vid,
oscuridad del túnel, yugo para las reses,
prioridades desnudas de la flor,
oxígeno impoluto de las lamentaciones.
¿A que todo en conjunto resulta más honesto?
Servidumbre del viento, malecones, ciudades construidas sobre el mar.
Puertos sin mercancías, varaderos románticos.
¿Por qué nos quita dios lo que ven nuestros ojos?
¿Por qué no mantener ese instante efímero y eterno?
Solamente pensar, libertad de expresión.
Muecas en el espejo, trascendencia moral.
El punto que nos hace y nos conoce, nos sincera y nos deja de engañar.
¿Hay guerreros aquí?
No nos dejan vivir el amor, la batalla.
No nos dejan, no, ir contra nuestros principios.
Nos dejan, eso sí, la duda y los sentidos.
Ese cuerpo de sombras, parecido al que amamos.
¿Son entrañas de amor, colección de trofeos?
Hay vitrinas tan sucias...
Ni el brillo cristalino nos hace valorar esas pequeñas cosas.
Acumularán telarañas en algún portal mustio
todas nuestras ideas, ideales, conceptos terrenales.
Nos dejan, eso sí, esa lucha interior contra nuestra experiencia.
Los paisajes resultan invisibles al párpado estancado
mientras ciernen incógnitas -ellos- sobre nuestras mejillas.
El hombre y la mujer, arreboles lunáticos.
No divagan, ni acusan al mentor compulsivo de la histeria omnisciente.
El caos, nos lo ceden, inspirados en falsos aquelarres,
arrebatos de fe, o similares fuentes de placer arraigadas en el mimbre poético.
Hoy cambio mi contienda, por el peso de todos los cadáveres,
sean vivos o muertos, colapsen carreteras, laberintos,
hoy degüello mi propia concepción del universo,
me reparto sin peros ni reparos,
sin billete de ida ni de vuelta.
Hoy la invención del hombre es mi propia odisea.
Si la naturaleza hablase por los codos, no sería en sentido metafórico.
Mesas gastadas, y neurotransmisores.
Células muertas, era de sinsentidos.
¿Cuántas veces daremos con la mentalidad de que hoy por hoy está todo inventado?
Hace falta algo más, seres de un mismo fin.
Hoy me incluyo en su saco, y cortaré la mano que no sea inocente,
pues vendrá desde arriba, y si me escoge a mí,
por mi tacto y mi gusto, yo le remangaré el fondo del asunto.
Siempre he tenido a bien relacionarme,
con todas mis lagunas y mis traumas, mi ansiedad y mis miedos.
Mis dudas.
Hoy quien jode a conciencia lleva haciéndolo mucho.
¿Cuál es el pensamiento sin doctrina?
Siempre he amado en secreto, como una alfombra vieja,
deshilachada.
He contado mi historia, pero no con sentido.
Hoy descubro mi yo, común a la apetencia del saber.
¿Por qué estamos aquí?
He dado tantas vueltas...
Y me han hecho girar como una peonza.
La trampa del concepto es fácil de evitar.
Y la trampa divina, es la otra mitad, pero más endiablada.
Dios solamente cobra fuerza al romper el vínculo
con la realidad.
Creer en él o no es solo una elección, carente de moral.
Y el concepto de dios es menos poderoso que el concepto del todo.
No hay nada que vencer, ni ningún adversario,
solamente asumir que ir en contra de él no es temerario.
Así desaparece el dios castigador, y la conciencia aplaca sus fantasmas.
Así escribo un poema, con toda mi descarga.
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