César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Y se fue. Me dijo bueno, Amor, me voy. Me dejó con su partida el rostro bañado de lágrimas, un brevísimo beso a la orilla derecha de la boca, y el olor a no sé qué fruta
de su lápiz labial; probablemente una pequeña mancha en mis labios del mismo, como tantas otras veces (antes, ella misma, cariñosa y sensual, me lo limpiaba).
Yo no hacía más que llorar, sin poder hacer más nada. Más nada. Y dejar el registro de esta hora trágica vertido en incapaces letras negras. El amor tiene su propio cuerpo, su propia alma, conformada por el alma de dos seres. Toma tanto de ti
Un día el amor se enferma. Te duele. Te molesta. Se vuelve completamente irracional. Hasta perverso y procaz se torna a veces. Pretende morir, pero nunca sin precio; nunca sin destrozarte junto a él. Nunca sin darte un hacha para que lo mates por ti mismo y mates a la otra persona. Nunca sin convertirte en asesino, sin causar dolor y cruel sufrimiento.
Ella va sola esta vez, cuando casi siempre anduvo conmigo. Ya no soy solicitado. Ya no me quiere a su lado. Sabiendo que se iba me pidió que le enganchara en la muñeca la pulsera. Uno de esos artificios que requieren de dos manos para enganchar y una tercera, de mujer, donde quedar enganchado; quizás hechos con la intuitiva intención de acercar manos, cuerpos, almas quién sabe. Le dije todavía sirvo para algo y ella no dijo nada. Me pidió un beso breve de boca como quien por costumbre saca distraídamente dos monedas y las deja en el mostrador para pagar. Se me encogió completamente el alma. Entonces fue cuando empecé a llorar sin querer, en silencio, mientras intentaba leer inútilmente- sobre el construccionismo y el constructivismo.
Sé que le duele, como siento mi propio dolor. Ya no somos los mismos. Y aquí estoy: viéndola irse cada vez un poco más, desvanecerse, dándole razones para hacerlo y a la vez lamentándome de las consecuencias como un idiota loco, contradictorio, cobarde, quizás ruin.
Ya irá lejos, con su pulsera que le puse y su carmín labial con olor a fruta extraña.
Yo probablemente no sirvo para vivir, o estoy loco. O no he podido hacer la vida a mi manera. Triste domingo nublado como una tarde de otoño en soledad ¡Y pensar que es de mañana!
¿Por qué para qué será que escribo? Ojalá nadie lea esto. Lamentaría contaminar a alguien con esta rara, sucia tristeza.
Marzo y vorágine / César Guevar / 2014
Yo no hacía más que llorar, sin poder hacer más nada. Más nada. Y dejar el registro de esta hora trágica vertido en incapaces letras negras. El amor tiene su propio cuerpo, su propia alma, conformada por el alma de dos seres. Toma tanto de ti
Un día el amor se enferma. Te duele. Te molesta. Se vuelve completamente irracional. Hasta perverso y procaz se torna a veces. Pretende morir, pero nunca sin precio; nunca sin destrozarte junto a él. Nunca sin darte un hacha para que lo mates por ti mismo y mates a la otra persona. Nunca sin convertirte en asesino, sin causar dolor y cruel sufrimiento.
Ella va sola esta vez, cuando casi siempre anduvo conmigo. Ya no soy solicitado. Ya no me quiere a su lado. Sabiendo que se iba me pidió que le enganchara en la muñeca la pulsera. Uno de esos artificios que requieren de dos manos para enganchar y una tercera, de mujer, donde quedar enganchado; quizás hechos con la intuitiva intención de acercar manos, cuerpos, almas quién sabe. Le dije todavía sirvo para algo y ella no dijo nada. Me pidió un beso breve de boca como quien por costumbre saca distraídamente dos monedas y las deja en el mostrador para pagar. Se me encogió completamente el alma. Entonces fue cuando empecé a llorar sin querer, en silencio, mientras intentaba leer inútilmente- sobre el construccionismo y el constructivismo.
Sé que le duele, como siento mi propio dolor. Ya no somos los mismos. Y aquí estoy: viéndola irse cada vez un poco más, desvanecerse, dándole razones para hacerlo y a la vez lamentándome de las consecuencias como un idiota loco, contradictorio, cobarde, quizás ruin.
Ya irá lejos, con su pulsera que le puse y su carmín labial con olor a fruta extraña.
Yo probablemente no sirvo para vivir, o estoy loco. O no he podido hacer la vida a mi manera. Triste domingo nublado como una tarde de otoño en soledad ¡Y pensar que es de mañana!
¿Por qué para qué será que escribo? Ojalá nadie lea esto. Lamentaría contaminar a alguien con esta rara, sucia tristeza.
Marzo y vorágine / César Guevar / 2014