Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Vendo sueños plasmados en cuentos,
que he dibujado en hojas de hierro,
sacadas de lunas antiguas,
forjadas con mis manos de bronce...
Los vendo a cambio de una sonrisa del alma.
Obsequio el aroma de un bosque de pinos,
impregnado en versos de suerte, de tempestad y gozo.
Suspiro y me embriago
de la belleza que duerme,
en el eco prolongado del silencio,
aquel que murmura en tus labios sellados.
Es tu alma la que canta, es tu alma quien danza en medio de la luna,
cobijada de una noche de estrellas chispeantes y fulgurantes,
es tu alma brillante y diamantina quien me habla dulcemente,
versos de ángel bendecido.
Te miro y sueño despierto.
Tanto placer mudando y celestial,
en tu piel lunar, en tus ojos de caramelo y miel.
Me gustaría probar la sal de tus pechos, el azúcar de tus labios tibios,
me gustaría degustar tus versos,
y decirte que saben a gloria, a divinidad.
El azul que te corona en un rito encadenado de paisajes amorosos,
generosos, especiales, espectaculares.
Tu sangre arde en fuego carmesí,
serpentea pasiva por todo tu cuerpo,
llenándote de armonía dorada, engrandecida por el infinito.
Arcoíris de alegrías te cubren y te alzan muy arriba,
con tus pies descalzos y livianos, pisas la superficie de nubes,
y diseñas un castillo, para este caballero errante,
a veces mendigo, que anhela ser santo.
Tu rostro me cautiva, encierras el enigma de una belleza fascinante,
que me orilla a amarte, mujer fantasma, mujer de dulce nombre.
Me robaría un beso de tus labios de fresa tierna y fresca,
aprovechando que estas ebria de sueños coloridos,
muy lejanos como un cumulo de estrellas galácticas.
Si, dos soñadores ingenuos somos, tú y yo.
Déjame soñar por última vez contigo,
soñar que estoy enredado en tus piernas de seda,
reposando en una cama de esponja,
descansando del cansancio más agotador,
que desmorona el engranaje de toda mi esquelética humanidad.
Hablo del hecho de vivir, de sol a luna, hasta el final de la carne,
más nunca de nuestras almas blancas y eternas.
Déjame soñar que soy un ángel como tú,
aunque solo sea un mendigo errante,
en busca de la absoluta verdad,
y la justicia de un sabio amar y un sabio decir.
que he dibujado en hojas de hierro,
sacadas de lunas antiguas,
forjadas con mis manos de bronce...
Los vendo a cambio de una sonrisa del alma.
Obsequio el aroma de un bosque de pinos,
impregnado en versos de suerte, de tempestad y gozo.
Suspiro y me embriago
de la belleza que duerme,
en el eco prolongado del silencio,
aquel que murmura en tus labios sellados.
Es tu alma la que canta, es tu alma quien danza en medio de la luna,
cobijada de una noche de estrellas chispeantes y fulgurantes,
es tu alma brillante y diamantina quien me habla dulcemente,
versos de ángel bendecido.
Te miro y sueño despierto.
Tanto placer mudando y celestial,
en tu piel lunar, en tus ojos de caramelo y miel.
Me gustaría probar la sal de tus pechos, el azúcar de tus labios tibios,
me gustaría degustar tus versos,
y decirte que saben a gloria, a divinidad.
El azul que te corona en un rito encadenado de paisajes amorosos,
generosos, especiales, espectaculares.
Tu sangre arde en fuego carmesí,
serpentea pasiva por todo tu cuerpo,
llenándote de armonía dorada, engrandecida por el infinito.
Arcoíris de alegrías te cubren y te alzan muy arriba,
con tus pies descalzos y livianos, pisas la superficie de nubes,
y diseñas un castillo, para este caballero errante,
a veces mendigo, que anhela ser santo.
Tu rostro me cautiva, encierras el enigma de una belleza fascinante,
que me orilla a amarte, mujer fantasma, mujer de dulce nombre.
Me robaría un beso de tus labios de fresa tierna y fresca,
aprovechando que estas ebria de sueños coloridos,
muy lejanos como un cumulo de estrellas galácticas.
Si, dos soñadores ingenuos somos, tú y yo.
Déjame soñar por última vez contigo,
soñar que estoy enredado en tus piernas de seda,
reposando en una cama de esponja,
descansando del cansancio más agotador,
que desmorona el engranaje de toda mi esquelética humanidad.
Hablo del hecho de vivir, de sol a luna, hasta el final de la carne,
más nunca de nuestras almas blancas y eternas.
Déjame soñar que soy un ángel como tú,
aunque solo sea un mendigo errante,
en busca de la absoluta verdad,
y la justicia de un sabio amar y un sabio decir.
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