Cinarizina
Poeta que considera el portal su segunda casa
[FONT="]El frente del edificio era de vidrio y permitía ver el ir y venir de los clientes, oficinistas y desocupados que por ahí pasaban. Una amplia sala de espera y tres oficinas, dos al costado derecho y una al fondo, dibujaban una ele; al lado izquierdo, el cuarto de baño.
[FONT="]Eran las doce del mediodía, en la oficina del fondo, con un volcán de papeles sobre el escritorio, sumaba vez tras vez y empezaba de nuevo, porque el arqueo no cuadraba y aquel crucigrama me desafiaba.
[FONT="]
[FONT="]De repente, de pie, delante de mí, un compañero me preguntó:
[FONT="]_ ¿Seño...está muy ocupada? Necesito hablar con usted.
[FONT="]Respondí: -En este momento estoy atareada, hablemos después.
[FONT="]El hombre salió y fue a sentarse a la sala de espera. No pasaron diez minutos cuando estaba de vuelta, repitiendo su guión; y yo, el mío.
[FONT="]Como si tuviese cronometrado el tiempo, repitió la escena cinco veces. La última vez salió, pero entró al cuarto de baño. Aunque no estaba tomándole el tiempo, después de media hora me preocupó. Llamé a un joven y le pedí que indagara y regresó para decirme que no pasaba nada, que todo estaba en calma.
[FONT="]
[FONT="]Por fin salió el hombre y volvió a preguntarme lo mismo, esta vez dije: -En cinco minutos termino y te atiendo. Sin decir nada, salió del edificio.
[FONT="]No habían pasado ni dos minutos, cuando escuché un estruendo en el techo y luego un ruido como si un fardo hubiese chocado contra el piso.
[FONT="]Y casi sin aliento, el compañero de la oficina contigua entró corriendo, pálido, sin sangre en los labios y con los ojos desorbitados, tartamudeando dijo: Se-ño...un...hom...bre...se mató...
[FONT="]Literalmente, me tiré de la butaca y corrí tras él, me señaló una escalera, que utilizaba para acomodar los expedientes en el archivo y que se encontraba colocada en la pared medianera que dividía mi oficina y la contigua, una pared que no alcanzaba el techo.
[FONT="]Subí los escalones rápidamente y cuando miré hacia bajo, observé la escena más patética de mi vida. El hombre que insistía en hablar conmigo, yacía boca abajo en el suelo...ya no sabría nunca lo que quería decirme, estaba muerto (q.d.e.p.)
[FONT="]
[FONT="]Me sentí terriblemente culpable y me decía: Si le hubiera escuchado...si hubiera adivinado...si hubiera intuido...pero simplemente, hubiera no existe.
[FONT="]Desde entonces pienso, que no todo el que llega a buscarte es para pedirte algo; sino que va para darte el privilegio de hacer algo bueno y marcar la diferencia.
[FONT="]
[FONT="]Aprendí que la indiferencia ha matado a más seres humanos de lo que nos imaginamos.
[FONT="]Ya pasaron muchos años de aquella tragedia, pero en mi conciencia tengo viva la escena que me enseñó la lección de vida más bella: Que si mi tiempo vale oro, una vida no tiene precio. Y hoy cobran sentido las palabras del Maestro: Ama a tu prójimo como a ti mismo.
[FONT="]
[FONT="]
[FONT="]Eran las doce del mediodía, en la oficina del fondo, con un volcán de papeles sobre el escritorio, sumaba vez tras vez y empezaba de nuevo, porque el arqueo no cuadraba y aquel crucigrama me desafiaba.
[FONT="]
[FONT="]De repente, de pie, delante de mí, un compañero me preguntó:
[FONT="]_ ¿Seño...está muy ocupada? Necesito hablar con usted.
[FONT="]Respondí: -En este momento estoy atareada, hablemos después.
[FONT="]El hombre salió y fue a sentarse a la sala de espera. No pasaron diez minutos cuando estaba de vuelta, repitiendo su guión; y yo, el mío.
[FONT="]Como si tuviese cronometrado el tiempo, repitió la escena cinco veces. La última vez salió, pero entró al cuarto de baño. Aunque no estaba tomándole el tiempo, después de media hora me preocupó. Llamé a un joven y le pedí que indagara y regresó para decirme que no pasaba nada, que todo estaba en calma.
[FONT="]
[FONT="]Por fin salió el hombre y volvió a preguntarme lo mismo, esta vez dije: -En cinco minutos termino y te atiendo. Sin decir nada, salió del edificio.
[FONT="]No habían pasado ni dos minutos, cuando escuché un estruendo en el techo y luego un ruido como si un fardo hubiese chocado contra el piso.
[FONT="]Y casi sin aliento, el compañero de la oficina contigua entró corriendo, pálido, sin sangre en los labios y con los ojos desorbitados, tartamudeando dijo: Se-ño...un...hom...bre...se mató...
[FONT="]Literalmente, me tiré de la butaca y corrí tras él, me señaló una escalera, que utilizaba para acomodar los expedientes en el archivo y que se encontraba colocada en la pared medianera que dividía mi oficina y la contigua, una pared que no alcanzaba el techo.
[FONT="]Subí los escalones rápidamente y cuando miré hacia bajo, observé la escena más patética de mi vida. El hombre que insistía en hablar conmigo, yacía boca abajo en el suelo...ya no sabría nunca lo que quería decirme, estaba muerto (q.d.e.p.)
[FONT="]
[FONT="]Me sentí terriblemente culpable y me decía: Si le hubiera escuchado...si hubiera adivinado...si hubiera intuido...pero simplemente, hubiera no existe.
[FONT="]Desde entonces pienso, que no todo el que llega a buscarte es para pedirte algo; sino que va para darte el privilegio de hacer algo bueno y marcar la diferencia.
[FONT="]
[FONT="]Aprendí que la indiferencia ha matado a más seres humanos de lo que nos imaginamos.
[FONT="]Ya pasaron muchos años de aquella tragedia, pero en mi conciencia tengo viva la escena que me enseñó la lección de vida más bella: Que si mi tiempo vale oro, una vida no tiene precio. Y hoy cobran sentido las palabras del Maestro: Ama a tu prójimo como a ti mismo.
[FONT="]
[FONT="]