Oh, mi cuerpo como caballo contrito
por la derrota del amo.
Oh, fulgente soledad que me disuelve,
náufrago en la nube rota,
roca azotada por los besos de las sirenas.
Oh, mi cuerpo como barca entreverada
por algas y rotas redes de pesca.
Navegante fui -triste sino el de los vivos-
y yazgo ahora entre abismos
apenas iluminados por titilantes miradas
de cervatillos perdidos.
Allí, al pie de la torre ciega
inicié mi último vuelo.
Estaba el mar tan hermoso...
Mezclado con gaviotas en sus vuelos circulares
oía la sinfonía del viento.
Abajo, siempre abajo, desde siempre vida abajo,
estaba el mar tan hermoso...
Reventados sus glaucos joyeles,
manaban madreperlas y corales,
suntuosos obsequios del mar
para ese nuevo viajero que caía vida abajo.
Las mínimas ciudades que recreaban las olas
con sus calles escondidas,
con sus luces misteriosas,
con hipocampos que duermen asidos a mis dedos ya muertos.
Tanta vida me esperaba en el confín de la muerte...
Voy dejando en mi caída nervios, tendones y músculos,
desgarros del cuerpo que me ha vivido.
Y mi sangre.
¿Serán corales mi sangre,
y mis ojos, mis pobres ojos tan ciegos,
serán bajeles confusos,
sin derrota señalada por algún patrón experto?
O mis pobres ojos, tan ciegos,
adornarán con sus brillos fatigados
suaves cuellos de mujer,
frágiles cuellos de nácar,
como los que yo siempre he besado
mercenariamente.
Desde una eternidad a otra
-son las eternidades mis orígenes inciertos
y mi vivir una secuencia inacabable
de cortas eternidades-
recorro cayendo frente a la roca
mis intervalos de vida.
Siempre cayendo, vida abajo,
soy un opaco reflejo sobre rocas como espejos
que me absorben y multiplican.
Y al fondo el mar, tan brillante y tan hermoso...
Ilust.: Joel Rea.- “Return to Soft Castles”.
por la derrota del amo.
Oh, fulgente soledad que me disuelve,
náufrago en la nube rota,
roca azotada por los besos de las sirenas.
Oh, mi cuerpo como barca entreverada
por algas y rotas redes de pesca.
Navegante fui -triste sino el de los vivos-
y yazgo ahora entre abismos
apenas iluminados por titilantes miradas
de cervatillos perdidos.
Allí, al pie de la torre ciega
inicié mi último vuelo.
Estaba el mar tan hermoso...
Mezclado con gaviotas en sus vuelos circulares
oía la sinfonía del viento.
Abajo, siempre abajo, desde siempre vida abajo,
estaba el mar tan hermoso...
Reventados sus glaucos joyeles,
manaban madreperlas y corales,
suntuosos obsequios del mar
para ese nuevo viajero que caía vida abajo.
Las mínimas ciudades que recreaban las olas
con sus calles escondidas,
con sus luces misteriosas,
con hipocampos que duermen asidos a mis dedos ya muertos.
Tanta vida me esperaba en el confín de la muerte...
Voy dejando en mi caída nervios, tendones y músculos,
desgarros del cuerpo que me ha vivido.
Y mi sangre.
¿Serán corales mi sangre,
y mis ojos, mis pobres ojos tan ciegos,
serán bajeles confusos,
sin derrota señalada por algún patrón experto?
O mis pobres ojos, tan ciegos,
adornarán con sus brillos fatigados
suaves cuellos de mujer,
frágiles cuellos de nácar,
como los que yo siempre he besado
mercenariamente.
Desde una eternidad a otra
-son las eternidades mis orígenes inciertos
y mi vivir una secuencia inacabable
de cortas eternidades-
recorro cayendo frente a la roca
mis intervalos de vida.
Siempre cayendo, vida abajo,
soy un opaco reflejo sobre rocas como espejos
que me absorben y multiplican.
Y al fondo el mar, tan brillante y tan hermoso...
Ilust.: Joel Rea.- “Return to Soft Castles”.