Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Todo empezó cuando miraba el ocaso y escuchaba. Dorada, la bola de fuego, daba estertores de luz al morir. Yo escuchaba. Yo moría en el instante mismo en que todo se vestía de agonía. Y cuando dejé de morir con todos esos murmullos sombríos y amarillentos, abrí los ojos, y él, estaba aún ahí. Con la panza sumergida hasta el medio de su cuerpo dorado, sumergido en el mar, acariciado de olas. Ahí empezó todo. Todo se iluminó para mí. Las sombras se volvieron alas luminosas, se volvieron golondrinas tras un ensueño azul; y yo, me volví un espejo que bebía todos los reflejos para volverlos canto, y el lenguaje que aprendí a escuchar junto al abuelo Pachtantú brotó de mi voz que se había vuelto un eco inmortal y sagrado. Ellos también estaban ahí. Junto a mí. Arriba y abajo, a los lados, ellos. Supe de los espíritus cuando el abuelo Pachtantú me contó cómo eran: luminosos, flotantes, etéreos, como vapor de nubes.
Una tarde de nubes verdes el abuelo me contó que había nacido en Dresden, que era hijo de una raza superior que se había perdido para siempre. Lloró esa tarde con sus ojos de mar profundo. Me miró y me dijo que sus genes estaban ocultos tras mi piel, ocultos y esperando. Él también estaba oculto y huyendo de sus recuerdos infantiles.
Una tarde estaba jugando a dibujar figuras en el polvo, con su bastón. Hizo un círculo y dijo una voz que yo repetí aún sin saber hablar: dijo “o.” Repetí con él todos los dibujos y se sintió feliz. “Tienes mis genes ocultos tras la piel, me volvió a repetir.”
Bajo el árbol de mango, en un brazo extendido rumbo al sol, me construyó un columpio con tabla de madera y lazos de ixtle. Me mecí fuertemente ordenando a las cuerdas que se volvieran alas para poder volar. Fuertemente, desafiando el horizonte de la curva que trazaba mi cuerpo sobre el riel de madera, volé. Se me volvieron plumas las células del cuerpo, fui un pájaro azul gobernando a la tarde desde el cielo. Luego enfilé mi vuelo hacia los montes del abuelo Pachtantú. Él me miró, se desnudó y volamos, volamos diez días seguidos sin intentar comer. Nadie lo sabía, solo yo, el abuelo Pachtantú suele canta y danzar al ritmo de la voz universal. Le he mirado con los brazos abiertos dibujar círculos en el cielo y el espacio, como si lo cortara. Le he mirado Girar y girar como un trompo de madera, y volverse remolino donde vuelan aves y hojas, estrellas y nubes. Luego flotar y elevarse entre una apoteosis de trinos y de truenos, hasta volverse azul.
Una tarde, mi abuelo soltó todos sus vientos bajo el techo de tejas de barro rojo de su casa, y dejó de existir. No le vi detenerse en ningún sitio, solo voló y se marchó rumbo al lugar de sus recuerdos. La abuela no lloró, ella no ha llorado nunca desde que se olvidó por completo de todas las cosas de este mundo. Mira y busca entre el espacio sin sentido, quizá la senda para volver, quizá la puerta cuya llave le ha negado su cerrojo. Mira desde esa especie de ceguera que la aísla y le dice que no vuelve porque ya se ha ido para siempre.
Un día, ella también se fue, aunque sé que más bien levantó su áncora y aderezó sus retornos. Ese día recobró la consciencia en un instante y me miró, y me dijo te quiero.
El día que el ocaso dejó de existir para mí, entre una mar de sombras luminosas me acogieron mil flamas. Me volví ardiente, sol. Luna para las noches; y me volví voz que se alimenta y comprende todos los lenguajes que ha habido en el mundo. Y vi que el mundo se desnudaba ante mí honestamente. Era un cuerpo de muertos por doquier. Muertos dentro de sus rocas milenarias, bajo ellas y sobre de ellas. Muertos en células de flor y en las corrientes de aguas: muertos. Todo estaba lleno de muertos, en lo que se puede reflejar la luz solar; y en el mundo intangible espíritus por doquier. Vuela y danza, canta y oye. Nunca sentí necesidad de distinguir a mis abuelos, ellos, uno, siempre estaban ahí.
Lo miré y lo digo aquí, con mi voz de palabra que escribe sobre un cristal que ilumina y destella. Sin que mis dedos, muertos o dormidos, puedan decir palabra con sus golpes ausentes, que esperan aderece en mi tiempo preciso, como lo hizo la abuela.
Miro, digo y hablo.
Lo hago siempre por ti.
Una tarde de nubes verdes el abuelo me contó que había nacido en Dresden, que era hijo de una raza superior que se había perdido para siempre. Lloró esa tarde con sus ojos de mar profundo. Me miró y me dijo que sus genes estaban ocultos tras mi piel, ocultos y esperando. Él también estaba oculto y huyendo de sus recuerdos infantiles.
Una tarde estaba jugando a dibujar figuras en el polvo, con su bastón. Hizo un círculo y dijo una voz que yo repetí aún sin saber hablar: dijo “o.” Repetí con él todos los dibujos y se sintió feliz. “Tienes mis genes ocultos tras la piel, me volvió a repetir.”
Bajo el árbol de mango, en un brazo extendido rumbo al sol, me construyó un columpio con tabla de madera y lazos de ixtle. Me mecí fuertemente ordenando a las cuerdas que se volvieran alas para poder volar. Fuertemente, desafiando el horizonte de la curva que trazaba mi cuerpo sobre el riel de madera, volé. Se me volvieron plumas las células del cuerpo, fui un pájaro azul gobernando a la tarde desde el cielo. Luego enfilé mi vuelo hacia los montes del abuelo Pachtantú. Él me miró, se desnudó y volamos, volamos diez días seguidos sin intentar comer. Nadie lo sabía, solo yo, el abuelo Pachtantú suele canta y danzar al ritmo de la voz universal. Le he mirado con los brazos abiertos dibujar círculos en el cielo y el espacio, como si lo cortara. Le he mirado Girar y girar como un trompo de madera, y volverse remolino donde vuelan aves y hojas, estrellas y nubes. Luego flotar y elevarse entre una apoteosis de trinos y de truenos, hasta volverse azul.
Una tarde, mi abuelo soltó todos sus vientos bajo el techo de tejas de barro rojo de su casa, y dejó de existir. No le vi detenerse en ningún sitio, solo voló y se marchó rumbo al lugar de sus recuerdos. La abuela no lloró, ella no ha llorado nunca desde que se olvidó por completo de todas las cosas de este mundo. Mira y busca entre el espacio sin sentido, quizá la senda para volver, quizá la puerta cuya llave le ha negado su cerrojo. Mira desde esa especie de ceguera que la aísla y le dice que no vuelve porque ya se ha ido para siempre.
Un día, ella también se fue, aunque sé que más bien levantó su áncora y aderezó sus retornos. Ese día recobró la consciencia en un instante y me miró, y me dijo te quiero.
El día que el ocaso dejó de existir para mí, entre una mar de sombras luminosas me acogieron mil flamas. Me volví ardiente, sol. Luna para las noches; y me volví voz que se alimenta y comprende todos los lenguajes que ha habido en el mundo. Y vi que el mundo se desnudaba ante mí honestamente. Era un cuerpo de muertos por doquier. Muertos dentro de sus rocas milenarias, bajo ellas y sobre de ellas. Muertos en células de flor y en las corrientes de aguas: muertos. Todo estaba lleno de muertos, en lo que se puede reflejar la luz solar; y en el mundo intangible espíritus por doquier. Vuela y danza, canta y oye. Nunca sentí necesidad de distinguir a mis abuelos, ellos, uno, siempre estaban ahí.
Lo miré y lo digo aquí, con mi voz de palabra que escribe sobre un cristal que ilumina y destella. Sin que mis dedos, muertos o dormidos, puedan decir palabra con sus golpes ausentes, que esperan aderece en mi tiempo preciso, como lo hizo la abuela.
Miro, digo y hablo.
Lo hago siempre por ti.
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