La luz florece sobre el cristal
se rompe como en un parto
día tras día.
Calienta el cuerpo transparente
atravesándolo en una caricia.
En el centro del salón
la chimenea arde roja y lenta.
A menudo
es la linde imprecisa
la que nos obliga a andar,
y el dolor el que nos empuja a la felicidad,
a esa felicidad tenue y escurridiza,
mientras la paladeamos hiere
y te ata en un nudo conocido de tristeza.
Mas tarde
el dolor desaparece,
quedando la pequeña vida
engarzada en la rutina,
la vida que colorea
los diminutos momentos
repleto de todas las cosas
que te hacen suspirar.
La vida tiene siempre
un trocito de placer dentro
y un banco para reposar.
se rompe como en un parto
día tras día.
Calienta el cuerpo transparente
atravesándolo en una caricia.
En el centro del salón
la chimenea arde roja y lenta.
A menudo
es la linde imprecisa
la que nos obliga a andar,
y el dolor el que nos empuja a la felicidad,
a esa felicidad tenue y escurridiza,
mientras la paladeamos hiere
y te ata en un nudo conocido de tristeza.
Mas tarde
el dolor desaparece,
quedando la pequeña vida
engarzada en la rutina,
la vida que colorea
los diminutos momentos
repleto de todas las cosas
que te hacen suspirar.
La vida tiene siempre
un trocito de placer dentro
y un banco para reposar.