Évano
Libre, sin dioses.
 
 
En la puerta de una clínica veterinaria
esperaba a que operaran a un perro.
Llovía esa mañana.
Casi un mes así.
Por la acera pasaron varios vagabundos.
Todos ellos abrieron los contenedores de basura,
pero no encontraron nada aprovechable.
La operación del perro de mi amiga
costaría cerca de mil euros.
En el parque contiguo, unas cuantas ancianas,
acicaladas, con aire de ansiar permanecer en el mundo eternamente,
observaban, impasibles, las escenas de los jóvenes vagabundos.
¡No puede ser que no encuentren nada!
Son palabras que llegaron a mí,
a un yo enfadado que se acercó a los contenedores
y se metió de cabeza en ellos.
Sin mirar quién pasaba por la acera, arrojé un montón de libros
y, al final, una bandera de Castilla y León que me puse como capa.
Me acerqué a las viejas y exclamé:
¡Miren qué metáfora más perfecta, no creo que haya
ninguna mejor en la historia.
¿Qué es una metáfora? preguntaron.
Callé y volví a la puerta de la clínica veterinaria
mientras mordía un cigarrillo de liar y pensaba
que esas hipócritas ancianas cada día iban a la iglesia
con sus abrigos de pieles y sus cuerpos rechonchos,
con sus cartillas del banco guardadas en el bolso.
El perro no era culpable, por supuesto; ni los jóvenes,
ni yo; seguramente, ni siquiera las ancianas.
Quizá la tenían los libros de la basura, los que no se leyeron.
Quizá la bandera de Castilla y León,
esa representación de un pueblo milenario
que solo se une para celebrar victorias.
Eché en falta la bandera de España
para que fuera más perfecta aún
la mejor metáfora que he encontrado.