Elisalle
Poetisa
UN DÍA DE SOL
Haciendo uso de mi cesantía por estrés, decidí ir con mi hija que iba a la Universidad, a tomar un bus desacostumbrado a un lugar desacostumbrado. Como son de aquellos que vienen de afuera de la ciudad, sentí de pronto que regresaba de un viaje y eso me gustaba.
En pocos minutos llegué al supermercado en donde debía comprar los faroles solares para el jardín. Mi hija debía seguir.
Una vez hecho el trámite conté las cuadras que debía hacer para tomar otra movilización que me llevara de regreso: Dos para allá, atravesar, esperar y volver a travesar. Uhm… Miré para el lado de donde había venido y lo vi más expedito, sentí que me llamaba y obedecí como autómata.
Cada cuadra que avanzaba sentía que mis piernas se hacían más livianas y algo dentro de mí se llenaba de una felicidad desconocida. Cuando llegué al río, ese mismo que atravesé muchas veces en mis tiempos mozos, jugando, enamorando, no tuve tiempo ni me interesó fijarme en la belleza del paisaje.
Seguí avanzando y me detuve en medio del río –qué grande, correntoso, transparente y abrigado por las guirnaldas verdes de los arbustos que lo adornan en ambos lados- Había fiesta para mí.
Levanté la vista para mirar hasta donde llegaba la curva ¡Era extenso el espacio, maravillosa la vista en un día tan soleado y claro como el de hoy y al fondo uno de los volcanes que todavía tiene nieve! Sentí no andar trayendo mi cámara rosa para dejar esa imagen grabada, para llevar conmigo el ruido del agua y compartir después.
–Parece que antes debía aprender yo-
Mi corazón palpitaba a prisa por una emoción que me hacía sentir viva. Pude ver por donde hace footing mi hija todas las tardes y que yo me molestaba, pensaba que estaba cansada y la dañaba pero con esos paisajes que están casi en las manos solo se recibe, nada se pierde, mi hija está ganando más vida.
Más allá había hinojo, una planta medicinal que ahora dicen que cura muchas enfermedades. Sonreí al pensar en mi madre que le gustaba el hinojo en el mate y yo lo comía a escondidas y sin lavarlo. Sabe a anís y su olor es todavía más rico. Traje conmigo mucho hinojo.
MI APRENDIZAJE
Hoy aprendí que a muchos, por gracia se nos han dado extremidades y que quien las puede usar debe hacerlo, son para eso, no solo para frenar o acelerar. Son para caminar y darse cuenta a cuantas partes puede uno entrar solo con ellas sin estar pagando estacionamientos; bajarse muy lejos porque el bus no para cerca, mientras las extremidades se van llenando de telarañas que teje el tiempo y cuando queremos hacerlo ya es tarde, se pusieron débiles por falta de uso, por comodidad, no siempre pero casi siempre. Aprendí a recordar que tengo ojos que pueden asombrarse ante la gracia de estar viva; el olfato para oler la fragancia de la naturaleza que es más agradable y pura que los perfumes más costosos; manos para acariciar la hierba, los arbustos de la calle o la cabecita de niño al pasar y escuchar el silbo de la brisa entre juegos de ramas con pájaros que anidan en esta primavera.
He llegado a casa y supe que debía escribir esto porque la felicidad que tengo, la paz que me embarga al saber que soy capaz de ir y venir en vez de dormir la siesta, es mejor salir de casa en días como hoy, un día de sol. Habrá tanto tiempo después para dormir…
Comprendí que mis pies y mis piernas han estado casi quietas por años y son capaces de mucho.
Mi respeto a quienes no pueden hacerlo por razones mayores.
Pido disculpas a la vida por no tomar en cuenta sus regalos.
“Gracias a la vida que me ha dado tanto”
[video=youtube;mFu5CAGGTFk]http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=mFu5CAGGTFk[/video]
Margarita
16/10/2013
Haciendo uso de mi cesantía por estrés, decidí ir con mi hija que iba a la Universidad, a tomar un bus desacostumbrado a un lugar desacostumbrado. Como son de aquellos que vienen de afuera de la ciudad, sentí de pronto que regresaba de un viaje y eso me gustaba.
En pocos minutos llegué al supermercado en donde debía comprar los faroles solares para el jardín. Mi hija debía seguir.
Una vez hecho el trámite conté las cuadras que debía hacer para tomar otra movilización que me llevara de regreso: Dos para allá, atravesar, esperar y volver a travesar. Uhm… Miré para el lado de donde había venido y lo vi más expedito, sentí que me llamaba y obedecí como autómata.
Cada cuadra que avanzaba sentía que mis piernas se hacían más livianas y algo dentro de mí se llenaba de una felicidad desconocida. Cuando llegué al río, ese mismo que atravesé muchas veces en mis tiempos mozos, jugando, enamorando, no tuve tiempo ni me interesó fijarme en la belleza del paisaje.
Seguí avanzando y me detuve en medio del río –qué grande, correntoso, transparente y abrigado por las guirnaldas verdes de los arbustos que lo adornan en ambos lados- Había fiesta para mí.
Levanté la vista para mirar hasta donde llegaba la curva ¡Era extenso el espacio, maravillosa la vista en un día tan soleado y claro como el de hoy y al fondo uno de los volcanes que todavía tiene nieve! Sentí no andar trayendo mi cámara rosa para dejar esa imagen grabada, para llevar conmigo el ruido del agua y compartir después.
–Parece que antes debía aprender yo-
Mi corazón palpitaba a prisa por una emoción que me hacía sentir viva. Pude ver por donde hace footing mi hija todas las tardes y que yo me molestaba, pensaba que estaba cansada y la dañaba pero con esos paisajes que están casi en las manos solo se recibe, nada se pierde, mi hija está ganando más vida.
Más allá había hinojo, una planta medicinal que ahora dicen que cura muchas enfermedades. Sonreí al pensar en mi madre que le gustaba el hinojo en el mate y yo lo comía a escondidas y sin lavarlo. Sabe a anís y su olor es todavía más rico. Traje conmigo mucho hinojo.
MI APRENDIZAJE
Hoy aprendí que a muchos, por gracia se nos han dado extremidades y que quien las puede usar debe hacerlo, son para eso, no solo para frenar o acelerar. Son para caminar y darse cuenta a cuantas partes puede uno entrar solo con ellas sin estar pagando estacionamientos; bajarse muy lejos porque el bus no para cerca, mientras las extremidades se van llenando de telarañas que teje el tiempo y cuando queremos hacerlo ya es tarde, se pusieron débiles por falta de uso, por comodidad, no siempre pero casi siempre. Aprendí a recordar que tengo ojos que pueden asombrarse ante la gracia de estar viva; el olfato para oler la fragancia de la naturaleza que es más agradable y pura que los perfumes más costosos; manos para acariciar la hierba, los arbustos de la calle o la cabecita de niño al pasar y escuchar el silbo de la brisa entre juegos de ramas con pájaros que anidan en esta primavera.
He llegado a casa y supe que debía escribir esto porque la felicidad que tengo, la paz que me embarga al saber que soy capaz de ir y venir en vez de dormir la siesta, es mejor salir de casa en días como hoy, un día de sol. Habrá tanto tiempo después para dormir…
Comprendí que mis pies y mis piernas han estado casi quietas por años y son capaces de mucho.
Mi respeto a quienes no pueden hacerlo por razones mayores.
Pido disculpas a la vida por no tomar en cuenta sus regalos.
“Gracias a la vida que me ha dado tanto”
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Margarita
16/10/2013
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