Se despierta la fiera que dormita en mi interior... los ojos centellean buscando cualquier señal de agresión. La vida devalúa su cotización y de nueva cuenta a la calle con pensamientos rabiosos y jaqueca.
Con fastidio tomo la ración de ácido acetilsalicílico correspondiente para estas ocasiones rogando a los cielos que pronto hagan su trabajo.
En las calles las luces nocturnas taladran mi cabeza... lejos de hacerme sentir mejor empiezo a tener arcadas.
Ya para entonces dirijo mis pasos a la clínica sabiendo que el tiempo que me llevaría para llegar sería lo suficientemente largo como para llamar a mi familia para que no me esperaran a cenar.
Me recargo en la pared a un par de cuadras para llegar. Ya el lagrimeo era impresionante y con el brillo de las luces no podría caminar.
Siento una mano en mi antebrazo, me llevé un susto de muerte, pues la mano era puro hueso y pensé que precisamente era conducido por la muerte.
Despierto medio narcotizado en un camastro después de una dosis masiva de butalbital. Me incorporo con cuidado y se acerca una enfermera bonachona. Me pone al tanto del tiempo que llevo en la clínica: mas de diez horas. Empiezo a abotonarme la camisa y me preguntan que deben decirle a la persona que me trajo...
Empiezo a recordar la mano huesuda.
Dejo los camastros de cuidados y encuentro en la sala de espera a un hombre bastante entrado en años. Se le ilumina el rostro al verme y me pregunta: ¿Cómo se siente? ¿Ya mejor?.
Al contestarle que sí. Sonríe aliviado, sacude mi mano y se retira. Dejándome con un mar de dudas.
Antes de empezar a entender nada, el hombre se ha ido y no le he vuelto a ver desde entonces.
Lo suyo fue caballerosidad y amabilidad a toda costa.
Un buen ejemplo para seguir.
Con fastidio tomo la ración de ácido acetilsalicílico correspondiente para estas ocasiones rogando a los cielos que pronto hagan su trabajo.
En las calles las luces nocturnas taladran mi cabeza... lejos de hacerme sentir mejor empiezo a tener arcadas.
Ya para entonces dirijo mis pasos a la clínica sabiendo que el tiempo que me llevaría para llegar sería lo suficientemente largo como para llamar a mi familia para que no me esperaran a cenar.
Me recargo en la pared a un par de cuadras para llegar. Ya el lagrimeo era impresionante y con el brillo de las luces no podría caminar.
Siento una mano en mi antebrazo, me llevé un susto de muerte, pues la mano era puro hueso y pensé que precisamente era conducido por la muerte.
Despierto medio narcotizado en un camastro después de una dosis masiva de butalbital. Me incorporo con cuidado y se acerca una enfermera bonachona. Me pone al tanto del tiempo que llevo en la clínica: mas de diez horas. Empiezo a abotonarme la camisa y me preguntan que deben decirle a la persona que me trajo...
Empiezo a recordar la mano huesuda.
Dejo los camastros de cuidados y encuentro en la sala de espera a un hombre bastante entrado en años. Se le ilumina el rostro al verme y me pregunta: ¿Cómo se siente? ¿Ya mejor?.
Al contestarle que sí. Sonríe aliviado, sacude mi mano y se retira. Dejándome con un mar de dudas.
Antes de empezar a entender nada, el hombre se ha ido y no le he vuelto a ver desde entonces.
Lo suyo fue caballerosidad y amabilidad a toda costa.
Un buen ejemplo para seguir.