malco
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Miembro del JURADO DE LA MUSA
Equipo Revista "Eco y latido"
Una noche fría,
sombría,
de un cruel invierno en tinieblas
en un bosque en horas tardías
atrapado en sus sombras quedé,
sin rumbo alguno,
en el oscuro nocturno
sin camino cierto, donde escoger
siguiendo el instinto
de un ave que emigra a la deriva
la marcha inicié,
cansado y deshecho
por el largo trecho
las esperanzas pérdidas
a dejar la vida me resigné.
Y en una ensoñación
en incredente momento
una luz en las penumbras
que agonizante alumbra,
vislumbré.
Se avivaron mis fuerzas
la sangre en mis venas ardía
del milagroso encuentro,
apuré con vigor mis pasos
y era real lo que allí había,
una cabaña
abandonada y solitaria
que aún sus leños ardían.
Me refugié en su calidez,
en la lumbre que me ofrecía
concentré pensando en ti
como savia de mí vida,
en cascada cayeron
en tropel como estampida
las parábolas de tus besos,
las tibias lluvias de tus caricias,
los zorzales de tus ojos,
las tiernas ramas de tus abrazos,
en el amanecer de tu alegría,
en la tersura de tu piel
y su calor,
del Sol del mediodía.
Llegaste a mi aquel verano
con el solsticio de la mano,
basto una mirada
y enseguida nos amamos,
estas dentro de mi piel
con la tempestad de tu amor tatuado,
en el bosque de tus deseos,
en el oleaje de tus sueños
en tu nombre a cada instante por mi nombrado
en tus adentros te siento mía
y si llegares a faltarme
enseguida moriría.
Un cierzo helado y tenebroso
todo mi cuerpo recorría
como presagio escabroso
el viento traía,
aparecida no se de donde
sobre un tronco, una alondra había
de su pico colgaba algo
que mis ojos no distinguían
de los suyos dos lágrimas
que con tristeza le salían,
de pronto las imágenes
que todo lo aclararía,
la sacaron esta tarde
del fondo del río
llevaron su cuerpo muerto
con sepulcral frío
a entregarme sus despojos,
está echada en el lecho
cubierta de claveles rojos
y en la palidez de su cara
asoma una sonrisa
dedicada para mi
en póstuma despedida.
Voló la alondra a mi mano
y al ver lo que traía
perdí completa la razón,
colgado de su pico, tenía,
palpitando su corazón.
sombría,
de un cruel invierno en tinieblas
en un bosque en horas tardías
atrapado en sus sombras quedé,
sin rumbo alguno,
en el oscuro nocturno
sin camino cierto, donde escoger
siguiendo el instinto
de un ave que emigra a la deriva
la marcha inicié,
cansado y deshecho
por el largo trecho
las esperanzas pérdidas
a dejar la vida me resigné.
Y en una ensoñación
en incredente momento
una luz en las penumbras
que agonizante alumbra,
vislumbré.
Se avivaron mis fuerzas
la sangre en mis venas ardía
del milagroso encuentro,
apuré con vigor mis pasos
y era real lo que allí había,
una cabaña
abandonada y solitaria
que aún sus leños ardían.
Me refugié en su calidez,
en la lumbre que me ofrecía
concentré pensando en ti
como savia de mí vida,
en cascada cayeron
en tropel como estampida
las parábolas de tus besos,
las tibias lluvias de tus caricias,
los zorzales de tus ojos,
las tiernas ramas de tus abrazos,
en el amanecer de tu alegría,
en la tersura de tu piel
y su calor,
del Sol del mediodía.
Llegaste a mi aquel verano
con el solsticio de la mano,
basto una mirada
y enseguida nos amamos,
estas dentro de mi piel
con la tempestad de tu amor tatuado,
en el bosque de tus deseos,
en el oleaje de tus sueños
en tu nombre a cada instante por mi nombrado
en tus adentros te siento mía
y si llegares a faltarme
enseguida moriría.
Un cierzo helado y tenebroso
todo mi cuerpo recorría
como presagio escabroso
el viento traía,
aparecida no se de donde
sobre un tronco, una alondra había
de su pico colgaba algo
que mis ojos no distinguían
de los suyos dos lágrimas
que con tristeza le salían,
de pronto las imágenes
que todo lo aclararía,
la sacaron esta tarde
del fondo del río
llevaron su cuerpo muerto
con sepulcral frío
a entregarme sus despojos,
está echada en el lecho
cubierta de claveles rojos
y en la palidez de su cara
asoma una sonrisa
dedicada para mi
en póstuma despedida.
Voló la alondra a mi mano
y al ver lo que traía
perdí completa la razón,
colgado de su pico, tenía,
palpitando su corazón.
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