Margarita Csanady
Poeta asiduo al portal
Una mujer yace junto al mar.
Las olas bailan con sus manos,
las olas besan su cabello inánime y deshumanizado.
Una mujer, como una camisa harapienta de dolor,
flota cerca de las rocas,
se golpea el corazón.
La mañana está fría.
Una mujer ha muerto,
dice un periódico local y un policía sin ojos
pregunta a la gente si la vieron pasar.
Nadie tenía ojos.
El mundo ciego y sordo.
Nadie oyó el grito, ni el golpe seco.
Nadie respondía.
Nadie sabía.
Nadie nada vió.
¿Quién era ella?
¿Acaso existió?
¿Acaso alguna vez dijo algo?
El panadero no la recuerda.
El portero se encoge de hombros.
¿Quién era?
Una mujer muerta.
Una más. Una excusa.
Una culpa. Una huída.
Un por qué. Un quién.
"Dime" - dice el policia -
¿quién era esa mujer que ahora amo?
Las olas bailan con sus manos,
las olas besan su cabello inánime y deshumanizado.
Una mujer, como una camisa harapienta de dolor,
flota cerca de las rocas,
se golpea el corazón.
La mañana está fría.
Una mujer ha muerto,
dice un periódico local y un policía sin ojos
pregunta a la gente si la vieron pasar.
Nadie tenía ojos.
El mundo ciego y sordo.
Nadie oyó el grito, ni el golpe seco.
Nadie respondía.
Nadie sabía.
Nadie nada vió.
¿Quién era ella?
¿Acaso existió?
¿Acaso alguna vez dijo algo?
El panadero no la recuerda.
El portero se encoge de hombros.
¿Quién era?
Una mujer muerta.
Una más. Una excusa.
Una culpa. Una huída.
Un por qué. Un quién.
"Dime" - dice el policia -
¿quién era esa mujer que ahora amo?