Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
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La música de la fiesta improvisada se escuchaba desde lo alto de un montículo hasta los prados del llano, que se desdibujaban en la mayor obscuridad. Algunos gritos o sonidos, que recordaban a voces humanas emitidas desde una cueva, expulsados desde muy lejos pero escuchadas muy altas y, a su vez, sin ser muy bien entendidas, dejaban intuir que se lo estaban pasando en grande. El sonido era un gran altavoz con miles de voces dispersas como perdigones, y algunas iban escuchándose mejor, poco a poco, captándose cada sonido con mayor nitidez, si se esperaba calmadamente con el oído. Si se os acercara hacia la escena, de esa forma, las voces y la música sonarían como un corazón latiendo por medio de un instrumento para auscultarlo. El sonido y la imagen podían ser captados con gran precisión, y podríamos ver ya aquel lugar por dentro si nos acercásemos más.
Allí, nos encontraríamos con un grupo de amigos en una esquina, reunidos para disfrutar del jolgorio festivo. Normalmente, en el grupo serían cinco, pero uno de ellos se había emparejado y el otro estaba en otro grupo intentando ligar con una muchacha. Los tres que quedaban estaban medio borrachos o borrachos directamente, con ganas de una «buena experiencia» (que diría algún comercial), que básicamente se describiría como una ansiada necesidad de sexo, cual motos quemando rueda y corriendo hasta estamparse a un muro. El más alto tenía unas barbas cuidadas y poco profusas, perfiladas y rizadas; un pelo corto de punta, fijado con gomina por el centro, y otros pelos doblados hacia los lados, como hojas de laurel corintio. Otro de ellos era de altura mediana, casi más bien bajo, lo cual no se notaba gracias al tercero de ellos, y algo fondón y musculado. En cambio, el más bajito, tenía un pelo en forma de champiñón, risa aguda y una nariz que, finamente, acababa como en un pequeño garfio.
Los tres estaban deseando y buscando una noche con algún tipo de diversión, tras una tarde-noche sin ninguna sorpresa. Se sentían abandonados por sus dos amigos ausentes y necesitaban despistar sus pocas luces con alcohol. Habían encontrado en una chica el objetivo de sus cuchicheos y de sus fantasías. Aunque intentaban disimular, era muy evidente que estaban interesados en ella. De tal manera que su primera conversación sobre ella comenzó literalmente así:
— Vaya morenaza —dijo el mediano marcando la penúltima a, que se alargaba igual que sus deseos. Sus ojos se clavaban como una bala al objetivo de un asesino.
— Uhmmm, parece que tiene un buen azote —continuó el barbudo. Mientras hablaba inspeccionaba a su presa, con mirada clínica—. Buen culo, buenas caderas, buenas bufas. La chavaluca tiene un buen polvazo, efectivamente...
— Joe, pues yo me la trajinaba —concluyó el otro. Tras una miradita lasciva, el bajito la echó una radiografía del cuerpo con los ojos llenos de planes.
Todo se movía en torno a la lengua del chico de barba adorable, como si de ella naciera su única cualidad reseñable, la guapura evidentemente... El chico bajito exaltaba la imaginación del segundo mientras el primero se dedicaba a la planificación: el barbas daba la neurona que le quedaba, el narigudo tenía imaginación y poca autoestima, y el segundo poseía, en cambio, demasiada pasión, descontrol emocional y una falta casi total de empatía, que era como un garrote. Cuchicheaban y la miraban incesantemente, buscando una manera de «conquistarla», o de poder «follársela» (siendo más brucos y sinceros).
El grupo de la muchacha se encontraba incomodado y cuando cambiaban de sitio, siendo relativamente pequeño el lugar del botellón, ellos se los encontraban y comprobaban que les seguían hasta el nuevo lugar. Los amigos de la chica todavía no habían dicho nada, no se los habían encarado; pensaban, «ya se cansarán»; aunque, a fin y al cabo, en cuanto se acercaran iban a saltar y decirles que se alejaran. Estuvieron a punto, pero únicamente quedaron en insinuaciones veladas, enfadadas. No querían grandes problemas, deseaban únicamente disfrutar y beber (sin pasarse). Estaban acostumbrados a encontrarse situaciones de ese tipo, en donde, en un lugar tan pequeño como su pueblo, no existían privacidad ni límites.
En el grupo eran tres chicas, más Silvia (nombre ficticio que daremos para no decir su nombre real), y un chico. Silvia era tímida y la más joven del grupo, unos dieciséis años. El resto tenía diecisiete o dieciocho, un poco más maduros, mientras que los otros tres acosadores rondarían los veinte años salvo el más bajito que tendría la edad de Silvia. Realmente se sentían incómodos ante la presencia de los tres chicos acosadores, y veían que podían ser peligrosos. El único chico del grupo tenía la necesidad de encarárselos por masculinidad y sentido caballeresco, pero las otras cuatro chicas no querían que hiciera nada, puesto que, con toda probabilidad, él acabaría mal. La caballerosidad, hecha orgullo caprino, no podía acabar más que en una reyerta que no deseaban, sobre todo porque él podría ser el centro de los golpes.
Hartos todos ellos de los pelmazos, se fue dispersando el grupo: dos chicas se volvieron a casa juntas, para que los tres mirones no intentasen nada, ya que aunque tuvieran a Silvia de objetivo, podían también intentar algo con ellas (como último premio de consolación). El chico, Silvia y la otra chica se unieron a otro chico que conocían, contándole lo que pasaba. Este nuevo chico se alarmó y les fue a increpar, pero los tres se dispersaron entre los que quedaban bailando, besándose y gritando. Tras un buen rato no les volvieron a ver y más calmados los cuatro, los dos chicos se despidieron de ambas, que se fueron cada una por su lado. El peligro se había disuelto, aunque Silvia todavía temía que algo sucediera. Toda mujer en la noche temería una sombra, y cada una de ella tentaba de horror la imaginación de la noche.
Cerca de un descampado Silvia volvió a encontrarse con los tres chicos. Estaban como esperándola, en una esquina, de la que salieron como si fuera un desfile nocturno. Primero fueron yendo hacia ella, cual tropa vigilante en la noche, protectores de la lascivia, mientras ella intentaba callejear para no encontrárselos, escapando del ojo nocturno acechante y amenazador. Finalmente, no pudo esconderse más, se acercaron a su vera y caminaron a su lado, intentando hablarla, o comunicarse:
— Hola guapa —soltó el de las barbas, iniciando la conversación drásticamente.
Silvia no contestó y éstos se la quedaron mirando, intimidándola con sus ojos en la nuca, y rodeando con sus pupilas hasta palparla toda su piel. Ella siguió caminando, queriendo mantener su miedo a raya, pero no podía. Los lobos olían, tenían ganas de lanzarse. Realmente marcaban territorio; estaban tanteando a la presa.
— Oye, que solamente queremos hablar, y pasarlo bien, y eso —intentó el pequeño de los tres.
— No seas una aguafiestas —siguió ansioso el gordito—. Estamos aquí —señaló como si fueran unos marqueses a su populacho.
Entonces alguien la cogió de su brazo, seguramente el último que había hablado, que se acercó a ella provocador. Estaba tan oscuro que ya ni se veía ella misma; Silvia notaba sus alientos, sus cuerpos y sus ansias; temblaba tantísimo que no podía encontrar su cuerpo, que se perdía con las manos que se acercaban, como una horca que encuentra el trigo. El pulpo trinitario se fue cercando a su pieza, asfixiándola, que la oscuridad se volvió por un momento un breve bosquejo de tres fisionomías confundidas con otra, hecha pequeñas escenas iluminadas en plata. El grafito de sus brazos, caras, bocas, piernas, se desplazaron en sus ojos que no se acordarían de quiénes eran, de qué era cada cosa de quién, cuál era lo que vio... El dibujo se fue deslizando en el papel que las líneas aquí recorridas, se emborronan y no pueden describir lo visto por los ojos de la víctima. El negro de la escritura engulló a Silvia y engulle esta parte de la historia.
Silvia volvió a casa hecha jirones, gimoteando de vergüenza, dolor y una inmensa tristeza. La Luna la acariciaba con un guante blanco, porque alcanzaba a tocar su cara y sus piernas con una mano helada, mostrándola ensangrentada y con sus pantalones destrozados. La hermosura que antes, toda la gente que la querían, decían, era increíble, esta luz se tornó de una oscuridad teñida de la sangre roja oscura que la recorría; se había podrido entre los tentáculos de ese monstruo, que por entonces sentía en sus piernas. La vieja fe cristiana que habitaba en la gente rural se removió del fondo de su mente, y la recriminó el pecado. Por dentro sintió cómo se convertía en algún ser corrupto, reptador, ya que algo se escurría desde sus piernas, asqueroso y que hasta entonces, producto placentero, era malvado, y prohibido, y, finalmente, se transformaba en un fruto que se podía convertir en carne humanoide, una mitad monstruosa, mitad humana.
Nadie escuchó sus pisadas, ni pudo, no hizo sonar nada. El silencio se hizo cómplice de su pretensión de silencio. Abrazó con los pies el zapatilleo de las suelas cuya tristeza suya arrastraba hasta su último centímetro de cuerpo, que acallaba cualquier voz que no fuera la de su conciencia, golpeando su mente como grillo de cuento mágico. Llegó a la cama temblando, fue cuando hizo un ruido: un suspiro ahogado, intento de grito. Las piernas la bailaban, como su vista, sin poder reconocer su propio cuerpo. Su vagina era una tumba que bebía con la vida de un pulpo, parasitándola. Al dormir, ya no recordó cómo había llegado al día siguiente, ni qué pasó, salvo por un breve esbozo que se fue aclarando; tardó en asimilarlo tres más. No salió del primero de su habitación y se excusó en una resaca. Al tercero sus amigos hicieron cuenta y se percataron de que había sucedido algo.
El Pulpo se extendió en forma de conversación telefónica en chat y vía telefónica: su historia se reprodujo, se vanaglorió en una heroicidad, comparable a la «navarra». Si hubo «manadas», este pulpo de tres cabezas, cancerbero humano, se guardaba de mostrar las aberraciones de ese esbozo, emborronado en la escritura, en la que participaron. Solamente el grupo de cinco y algunos colaterales hacían de público complaciente. Su narración era parca de sustantivos y narración, llena en cambio de adjetivos, empalmando gloria con sucesos, en donde la que podía contrastar y dar otra versión era la supuestamente beneficiada de la heroicidad masculina. El relato se fue extendiendo, los tentáculos tocaron con sus ventosas a otros con los que se engrandeció, y a quienes gustó, llenó su cuerpo, a quienes no, callaron con disgusto, y el resto, cuestionaba a ambos lados, sin saber, como un cirujano ciego que operase al enfermo sin saber qué curar.
Fue el amigo de aquella noche que intentó encararse primeramente frente a esos tres el que se presentó en la casa de la víctima. Su familia estaba ya por entonces muy alarmada, sin saber qué podía pasar. La perdiz saltó medio metro del muro y vio detrás. Él les contó lo sucedido en aquella noche mientras estaba presente, y fueron ellos quienes tiraron del todo del sedal. Silvia solamente lloraba y lloraba, lo que suponía una afirmación. Nadie esperaba que fuera real, aunque lo tuvieran claro. Todos quisieron consolarla, animarla, quererla. Se sentía sola, ajena a todos y a sí misma. Solamente quería estar sola, como se sentía, cual vivo tirado en un ataúd dado por muerto. Pero no podía estar sola. Ni debía.
Aquella noche la madre llevó a la hija hasta el Cuartel: el trato indiferente, frío, parco, aséptico, dejándolo a la Sanidad y a las pruebas el problema, puso el grito en el Cielo. La muchacha no reconocía los nombres de sus agresores; después se supo estos nombres pero ninguna noticia los ha dado, por un respeto que el mundano lector no entiende, escudado en algún tipo de código deontológico, en el que, de igual forma que la policía, consideraba a ambas partes iguales. Pero eso sí, el padre, Pablo Rodríguez Castillo sabía quiénes eran: tuvo sus propias pesquisas. Mientras la policía intentaba hacer su trabajo, lentamente, recabando pruebas o tomando los trámites debidos, el padre sabía que aquella justicia era indiferente. Necesitaba dejar claro dónde estaba su papel: él debía hacer su rol y dirimir a su hija de aquel acto terrible.
No se ha sabido, no ha trascendido, cómo Pablo Rodríguez reunió a los tres y con su escopeta de caza, de licencia legal, los fusiló frente a un viejo muro caído, cerca de donde ella fue violada. Desde hacía mucho tiempo, no se había visto un fusilamiento de tal calibre. El hombre no disfrutó, tampoco sintió alivio ninguno; la sangre que cayó de sus cuerpos no purificó la culpa. Aquel espectáculo sanguíneo, de vieja crónica grisácea con pintadas rojo-oscuras, en cambio, a diferencia de la violación, atraería a las voces de periódicos locales, las cuales llevaron a la de los nacionales e, incluso, alguno internacional. El acto final había llegado, pero las consecuencias estaban por llegar...
La historia volvió a engorrarse de narrativa, menos parca, pero también cada vez más llena de adjetivos y detalles. Nada paró a un pulpo lleno de tinta emborronando cada voz.
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Una Nueva Sabina
Primer capítulo: Una Imagen Parlante
Era una noche profunda, en la que no se veía ni siquiera las luces blanquecinas de las estrellas. Únicamente un gran punto en la tierra se iluminaba, lleno de diminutos puntitos dispersos, formando un collar de plata estelado. Frente a la negritud del ámbito celeste de los dioses, la tierra era coronada de una plata por la que la Luna envidiaba a los hombres; los astros perdían su visibilidad por ultraje terrenal, con una competencia lumínica desleal. Aquella costelación en miniatura tilintaba en manos de una tierra desde donde se elevaba como por hilos invisibles. La visión del lugar de aquel día irá descendiendo, acercándose hacia allí, pudiéndose grabar el sonido, y dejando ver el territorio de los hombres.
La música de la fiesta improvisada se escuchaba desde lo alto de un montículo hasta los prados del llano, que se desdibujaban en la mayor obscuridad. Algunos gritos o sonidos, que recordaban a voces humanas emitidas desde una cueva, expulsados desde muy lejos pero escuchadas muy altas y, a su vez, sin ser muy bien entendidas, dejaban intuir que se lo estaban pasando en grande. El sonido era un gran altavoz con miles de voces dispersas como perdigones, y algunas iban escuchándose mejor, poco a poco, captándose cada sonido con mayor nitidez, si se esperaba calmadamente con el oído. Si se os acercara hacia la escena, de esa forma, las voces y la música sonarían como un corazón latiendo por medio de un instrumento para auscultarlo. El sonido y la imagen podían ser captados con gran precisión, y podríamos ver ya aquel lugar por dentro si nos acercásemos más.
Allí, nos encontraríamos con un grupo de amigos en una esquina, reunidos para disfrutar del jolgorio festivo. Normalmente, en el grupo serían cinco, pero uno de ellos se había emparejado y el otro estaba en otro grupo intentando ligar con una muchacha. Los tres que quedaban estaban medio borrachos o borrachos directamente, con ganas de una «buena experiencia» (que diría algún comercial), que básicamente se describiría como una ansiada necesidad de sexo, cual motos quemando rueda y corriendo hasta estamparse a un muro. El más alto tenía unas barbas cuidadas y poco profusas, perfiladas y rizadas; un pelo corto de punta, fijado con gomina por el centro, y otros pelos doblados hacia los lados, como hojas de laurel corintio. Otro de ellos era de altura mediana, casi más bien bajo, lo cual no se notaba gracias al tercero de ellos, y algo fondón y musculado. En cambio, el más bajito, tenía un pelo en forma de champiñón, risa aguda y una nariz que, finamente, acababa como en un pequeño garfio.
Los tres estaban deseando y buscando una noche con algún tipo de diversión, tras una tarde-noche sin ninguna sorpresa. Se sentían abandonados por sus dos amigos ausentes y necesitaban despistar sus pocas luces con alcohol. Habían encontrado en una chica el objetivo de sus cuchicheos y de sus fantasías. Aunque intentaban disimular, era muy evidente que estaban interesados en ella. De tal manera que su primera conversación sobre ella comenzó literalmente así:
— Vaya morenaza —dijo el mediano marcando la penúltima a, que se alargaba igual que sus deseos. Sus ojos se clavaban como una bala al objetivo de un asesino.
— Uhmmm, parece que tiene un buen azote —continuó el barbudo. Mientras hablaba inspeccionaba a su presa, con mirada clínica—. Buen culo, buenas caderas, buenas bufas. La chavaluca tiene un buen polvazo, efectivamente...
— Joe, pues yo me la trajinaba —concluyó el otro. Tras una miradita lasciva, el bajito la echó una radiografía del cuerpo con los ojos llenos de planes.
Todo se movía en torno a la lengua del chico de barba adorable, como si de ella naciera su única cualidad reseñable, la guapura evidentemente... El chico bajito exaltaba la imaginación del segundo mientras el primero se dedicaba a la planificación: el barbas daba la neurona que le quedaba, el narigudo tenía imaginación y poca autoestima, y el segundo poseía, en cambio, demasiada pasión, descontrol emocional y una falta casi total de empatía, que era como un garrote. Cuchicheaban y la miraban incesantemente, buscando una manera de «conquistarla», o de poder «follársela» (siendo más brucos y sinceros).
El grupo de la muchacha se encontraba incomodado y cuando cambiaban de sitio, siendo relativamente pequeño el lugar del botellón, ellos se los encontraban y comprobaban que les seguían hasta el nuevo lugar. Los amigos de la chica todavía no habían dicho nada, no se los habían encarado; pensaban, «ya se cansarán»; aunque, a fin y al cabo, en cuanto se acercaran iban a saltar y decirles que se alejaran. Estuvieron a punto, pero únicamente quedaron en insinuaciones veladas, enfadadas. No querían grandes problemas, deseaban únicamente disfrutar y beber (sin pasarse). Estaban acostumbrados a encontrarse situaciones de ese tipo, en donde, en un lugar tan pequeño como su pueblo, no existían privacidad ni límites.
En el grupo eran tres chicas, más Silvia (nombre ficticio que daremos para no decir su nombre real), y un chico. Silvia era tímida y la más joven del grupo, unos dieciséis años. El resto tenía diecisiete o dieciocho, un poco más maduros, mientras que los otros tres acosadores rondarían los veinte años salvo el más bajito que tendría la edad de Silvia. Realmente se sentían incómodos ante la presencia de los tres chicos acosadores, y veían que podían ser peligrosos. El único chico del grupo tenía la necesidad de encarárselos por masculinidad y sentido caballeresco, pero las otras cuatro chicas no querían que hiciera nada, puesto que, con toda probabilidad, él acabaría mal. La caballerosidad, hecha orgullo caprino, no podía acabar más que en una reyerta que no deseaban, sobre todo porque él podría ser el centro de los golpes.
Hartos todos ellos de los pelmazos, se fue dispersando el grupo: dos chicas se volvieron a casa juntas, para que los tres mirones no intentasen nada, ya que aunque tuvieran a Silvia de objetivo, podían también intentar algo con ellas (como último premio de consolación). El chico, Silvia y la otra chica se unieron a otro chico que conocían, contándole lo que pasaba. Este nuevo chico se alarmó y les fue a increpar, pero los tres se dispersaron entre los que quedaban bailando, besándose y gritando. Tras un buen rato no les volvieron a ver y más calmados los cuatro, los dos chicos se despidieron de ambas, que se fueron cada una por su lado. El peligro se había disuelto, aunque Silvia todavía temía que algo sucediera. Toda mujer en la noche temería una sombra, y cada una de ella tentaba de horror la imaginación de la noche.
Cerca de un descampado Silvia volvió a encontrarse con los tres chicos. Estaban como esperándola, en una esquina, de la que salieron como si fuera un desfile nocturno. Primero fueron yendo hacia ella, cual tropa vigilante en la noche, protectores de la lascivia, mientras ella intentaba callejear para no encontrárselos, escapando del ojo nocturno acechante y amenazador. Finalmente, no pudo esconderse más, se acercaron a su vera y caminaron a su lado, intentando hablarla, o comunicarse:
— Hola guapa —soltó el de las barbas, iniciando la conversación drásticamente.
Silvia no contestó y éstos se la quedaron mirando, intimidándola con sus ojos en la nuca, y rodeando con sus pupilas hasta palparla toda su piel. Ella siguió caminando, queriendo mantener su miedo a raya, pero no podía. Los lobos olían, tenían ganas de lanzarse. Realmente marcaban territorio; estaban tanteando a la presa.
— Oye, que solamente queremos hablar, y pasarlo bien, y eso —intentó el pequeño de los tres.
— No seas una aguafiestas —siguió ansioso el gordito—. Estamos aquí —señaló como si fueran unos marqueses a su populacho.
Entonces alguien la cogió de su brazo, seguramente el último que había hablado, que se acercó a ella provocador. Estaba tan oscuro que ya ni se veía ella misma; Silvia notaba sus alientos, sus cuerpos y sus ansias; temblaba tantísimo que no podía encontrar su cuerpo, que se perdía con las manos que se acercaban, como una horca que encuentra el trigo. El pulpo trinitario se fue cercando a su pieza, asfixiándola, que la oscuridad se volvió por un momento un breve bosquejo de tres fisionomías confundidas con otra, hecha pequeñas escenas iluminadas en plata. El grafito de sus brazos, caras, bocas, piernas, se desplazaron en sus ojos que no se acordarían de quiénes eran, de qué era cada cosa de quién, cuál era lo que vio... El dibujo se fue deslizando en el papel que las líneas aquí recorridas, se emborronan y no pueden describir lo visto por los ojos de la víctima. El negro de la escritura engulló a Silvia y engulle esta parte de la historia.
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Silvia volvió a casa hecha jirones, gimoteando de vergüenza, dolor y una inmensa tristeza. La Luna la acariciaba con un guante blanco, porque alcanzaba a tocar su cara y sus piernas con una mano helada, mostrándola ensangrentada y con sus pantalones destrozados. La hermosura que antes, toda la gente que la querían, decían, era increíble, esta luz se tornó de una oscuridad teñida de la sangre roja oscura que la recorría; se había podrido entre los tentáculos de ese monstruo, que por entonces sentía en sus piernas. La vieja fe cristiana que habitaba en la gente rural se removió del fondo de su mente, y la recriminó el pecado. Por dentro sintió cómo se convertía en algún ser corrupto, reptador, ya que algo se escurría desde sus piernas, asqueroso y que hasta entonces, producto placentero, era malvado, y prohibido, y, finalmente, se transformaba en un fruto que se podía convertir en carne humanoide, una mitad monstruosa, mitad humana.
Nadie escuchó sus pisadas, ni pudo, no hizo sonar nada. El silencio se hizo cómplice de su pretensión de silencio. Abrazó con los pies el zapatilleo de las suelas cuya tristeza suya arrastraba hasta su último centímetro de cuerpo, que acallaba cualquier voz que no fuera la de su conciencia, golpeando su mente como grillo de cuento mágico. Llegó a la cama temblando, fue cuando hizo un ruido: un suspiro ahogado, intento de grito. Las piernas la bailaban, como su vista, sin poder reconocer su propio cuerpo. Su vagina era una tumba que bebía con la vida de un pulpo, parasitándola. Al dormir, ya no recordó cómo había llegado al día siguiente, ni qué pasó, salvo por un breve esbozo que se fue aclarando; tardó en asimilarlo tres más. No salió del primero de su habitación y se excusó en una resaca. Al tercero sus amigos hicieron cuenta y se percataron de que había sucedido algo.
El Pulpo se extendió en forma de conversación telefónica en chat y vía telefónica: su historia se reprodujo, se vanaglorió en una heroicidad, comparable a la «navarra». Si hubo «manadas», este pulpo de tres cabezas, cancerbero humano, se guardaba de mostrar las aberraciones de ese esbozo, emborronado en la escritura, en la que participaron. Solamente el grupo de cinco y algunos colaterales hacían de público complaciente. Su narración era parca de sustantivos y narración, llena en cambio de adjetivos, empalmando gloria con sucesos, en donde la que podía contrastar y dar otra versión era la supuestamente beneficiada de la heroicidad masculina. El relato se fue extendiendo, los tentáculos tocaron con sus ventosas a otros con los que se engrandeció, y a quienes gustó, llenó su cuerpo, a quienes no, callaron con disgusto, y el resto, cuestionaba a ambos lados, sin saber, como un cirujano ciego que operase al enfermo sin saber qué curar.
Fue el amigo de aquella noche que intentó encararse primeramente frente a esos tres el que se presentó en la casa de la víctima. Su familia estaba ya por entonces muy alarmada, sin saber qué podía pasar. La perdiz saltó medio metro del muro y vio detrás. Él les contó lo sucedido en aquella noche mientras estaba presente, y fueron ellos quienes tiraron del todo del sedal. Silvia solamente lloraba y lloraba, lo que suponía una afirmación. Nadie esperaba que fuera real, aunque lo tuvieran claro. Todos quisieron consolarla, animarla, quererla. Se sentía sola, ajena a todos y a sí misma. Solamente quería estar sola, como se sentía, cual vivo tirado en un ataúd dado por muerto. Pero no podía estar sola. Ni debía.
Aquella noche la madre llevó a la hija hasta el Cuartel: el trato indiferente, frío, parco, aséptico, dejándolo a la Sanidad y a las pruebas el problema, puso el grito en el Cielo. La muchacha no reconocía los nombres de sus agresores; después se supo estos nombres pero ninguna noticia los ha dado, por un respeto que el mundano lector no entiende, escudado en algún tipo de código deontológico, en el que, de igual forma que la policía, consideraba a ambas partes iguales. Pero eso sí, el padre, Pablo Rodríguez Castillo sabía quiénes eran: tuvo sus propias pesquisas. Mientras la policía intentaba hacer su trabajo, lentamente, recabando pruebas o tomando los trámites debidos, el padre sabía que aquella justicia era indiferente. Necesitaba dejar claro dónde estaba su papel: él debía hacer su rol y dirimir a su hija de aquel acto terrible.
No se ha sabido, no ha trascendido, cómo Pablo Rodríguez reunió a los tres y con su escopeta de caza, de licencia legal, los fusiló frente a un viejo muro caído, cerca de donde ella fue violada. Desde hacía mucho tiempo, no se había visto un fusilamiento de tal calibre. El hombre no disfrutó, tampoco sintió alivio ninguno; la sangre que cayó de sus cuerpos no purificó la culpa. Aquel espectáculo sanguíneo, de vieja crónica grisácea con pintadas rojo-oscuras, en cambio, a diferencia de la violación, atraería a las voces de periódicos locales, las cuales llevaron a la de los nacionales e, incluso, alguno internacional. El acto final había llegado, pero las consecuencias estaban por llegar...
La historia volvió a engorrarse de narrativa, menos parca, pero también cada vez más llena de adjetivos y detalles. Nada paró a un pulpo lleno de tinta emborronando cada voz.