Ariel_López
Poeta recién llegado
Soy un guatemalteco de 25 años, llevo al menos diez de ellos en México. Desde que vivo en Mérida Yucatán he sido obligado (realmente así lo digo, obligado) a seguir mi cansado recorrido migratorio. Hace unos años yo era un hombre de ciencia, sino hombre de ciencia, al menos niño aprendiz de biología. Sin embargo las cosas cambiaron cuando entré en mi primer taller literario, ese día salí de la biblioteca para entrar a otra ciudad. Estas sagradas tierras yucatanenses tienen una fuerza peculiar, dejan rastros de belleza en cualquier esquina que se mantenga expuesta a sus 40 grados Celsius que nos avasallan de vez en cuando. Tal fiebre provoca alucionaciones sobre sus habitantes, como si entraran al Xibalbá cuando el sol se clava en el centro del día. Hace un recorrido interminable de cualquier banqueta en la ciudad, unas cuantas cuadras se convierten en calcinantes odiseas en el desierto. No es cosa de juego perderse en el centro de Mérida por la tarde, es lo mismo que naufragar.
Yo creo que por eso hay tanto escritor yucateco, son como una plaga por aquí, gente permanentemente alucinada, al igual que sus licores y sus flores antiguas. Desde entonces me demostraron que se puede generar vida en terminos totalmente distintos a los de la ciencia, como si sus demostraciones fueran fabricadas en un laboratorio al que solo se puede tener acceso a través de la alucinación. Desde entonces no escribo ciencia, lo cual veo con ojos muy similares a los que me nacen por el maltrato animal. Lo he dejado todo, me he dedicado específicamente a exponerme a más experiencia estética con el fin de crear poesía.
Literalmente vivo vendiendo mis poemas en la calle, escribiendo básicamente sobre la experiencia de conocer gente, lo hago porque pienso que es la forma mínima en que puedo comunicarme sabiendo que soy totalmente honesto con ellas, de esa forma expongo a los ciudadanos de Mérida, a esa otra ciudad que se abrió ante mis ojos en aquella noche de taller, en la que vivo ahora.
Me siento un desterrado, un eterno caminante que ahora busca una segunda respuesta para las preguntas que me llevaron a la biología en el inicio de mi juventud. Mi familia vive dispersa en diferentes partes del mundo, aprendimos desde hace generaciones que nuestra naturaleza es el movimiento. No pienso volver atrás, la poesía se ha convertido en mi nuevo recorrido delirante, mi desierto medido en cuadras. Eso me ha llevado hasta aquí, y aquí me presento.
Yo creo que por eso hay tanto escritor yucateco, son como una plaga por aquí, gente permanentemente alucinada, al igual que sus licores y sus flores antiguas. Desde entonces me demostraron que se puede generar vida en terminos totalmente distintos a los de la ciencia, como si sus demostraciones fueran fabricadas en un laboratorio al que solo se puede tener acceso a través de la alucinación. Desde entonces no escribo ciencia, lo cual veo con ojos muy similares a los que me nacen por el maltrato animal. Lo he dejado todo, me he dedicado específicamente a exponerme a más experiencia estética con el fin de crear poesía.
Literalmente vivo vendiendo mis poemas en la calle, escribiendo básicamente sobre la experiencia de conocer gente, lo hago porque pienso que es la forma mínima en que puedo comunicarme sabiendo que soy totalmente honesto con ellas, de esa forma expongo a los ciudadanos de Mérida, a esa otra ciudad que se abrió ante mis ojos en aquella noche de taller, en la que vivo ahora.
Me siento un desterrado, un eterno caminante que ahora busca una segunda respuesta para las preguntas que me llevaron a la biología en el inicio de mi juventud. Mi familia vive dispersa en diferentes partes del mundo, aprendimos desde hace generaciones que nuestra naturaleza es el movimiento. No pienso volver atrás, la poesía se ha convertido en mi nuevo recorrido delirante, mi desierto medido en cuadras. Eso me ha llevado hasta aquí, y aquí me presento.