BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Por encima flotan
nombres y apellidos,
sombrías amonestaciones de traje diurno,
terquedades sociales, invictas materias
de sustantivo opaco, pronombres y un
montón de adjetivos.
Debajo, está la realidad, con sus demonios:
drogadictos, canales de desagüe y protuberantes
ojos dormidos, con ojeras y desaliño de nefastas
consecuencias.
En el centro, más exactamente hacia la mitad
de la tierra, se plantan hortalizas, se siembran
huertos, y se trituran objetos para el reciclaje.
En los noticieros, se promueven rebeldías, revoluciones
baratas, tragedias habituales son características
en estos días nefandos.
Bajo todo esto, la vida, siempre ínfima,
resplandece justa, imparcialmente; son
tronos inmensos sus lagunas de papel higiénico,
donde los niños pobres juegan y sueñan con improbables
riquezas futuras. En lo inmenso, las praderas
siguen su curso, indemostrables, afianzadas, terroríficas.
Dan miedo sus cauces extendidos, sus riachuelos minúsculos,
su podridas superficies y sus ramas donde circula el aire seco.
Mis rodillas sufren el peso de la gravitación,
como golpes de agua turbulentas a cada lado, puentes caídos,
teléfonos partidos, helados portalones de oscuras malezas
vegetales.
Y yo encojo mis labios, y me meto en mi guarida.
Por allí no hay nada, está vacío, es inmensa
la habitación y el sonido de una vieja cascada.
De mis sombras, voy guardando un peso exacto,
un peso que soy yo, y sin remedio.
©
nombres y apellidos,
sombrías amonestaciones de traje diurno,
terquedades sociales, invictas materias
de sustantivo opaco, pronombres y un
montón de adjetivos.
Debajo, está la realidad, con sus demonios:
drogadictos, canales de desagüe y protuberantes
ojos dormidos, con ojeras y desaliño de nefastas
consecuencias.
En el centro, más exactamente hacia la mitad
de la tierra, se plantan hortalizas, se siembran
huertos, y se trituran objetos para el reciclaje.
En los noticieros, se promueven rebeldías, revoluciones
baratas, tragedias habituales son características
en estos días nefandos.
Bajo todo esto, la vida, siempre ínfima,
resplandece justa, imparcialmente; son
tronos inmensos sus lagunas de papel higiénico,
donde los niños pobres juegan y sueñan con improbables
riquezas futuras. En lo inmenso, las praderas
siguen su curso, indemostrables, afianzadas, terroríficas.
Dan miedo sus cauces extendidos, sus riachuelos minúsculos,
su podridas superficies y sus ramas donde circula el aire seco.
Mis rodillas sufren el peso de la gravitación,
como golpes de agua turbulentas a cada lado, puentes caídos,
teléfonos partidos, helados portalones de oscuras malezas
vegetales.
Y yo encojo mis labios, y me meto en mi guarida.
Por allí no hay nada, está vacío, es inmensa
la habitación y el sonido de una vieja cascada.
De mis sombras, voy guardando un peso exacto,
un peso que soy yo, y sin remedio.
©