Mira, qué chistoso, yo también tengo algo de periodismo, deja te cuento un poco.
Cuando viví en el pueblo de Tukurumío, es en lengua purépecha ese nombre. Trabajaba de aseador de calzado. "boleros" les dicen por acá. Pues ahí la mayoría de la gente no sabía leer ni escribir, era de esos pueblos antiguos a los que al autobús foráneo o al tren se les permitía llegar hasta el centro de la ciudad para bajar y subir pasaje. Pues ahí llevaba mi cajón de boleador de calzado para buscar clientes en los pasajeros que venían de otros pueblos. Un día se bajó un sujeto con un fardo de papel y me dijo:
-¡He niño! ¡Ven aquí!
( Se puede usar Hey, Ey o Ea, colquiales y a menudo utilizados en las novelas, aunque no los registra la RAE) jajaja.
Mira, véndelos y por cada uno que vendas te tomas un peso, los que se te queden me los llevo mañana.
Si decir más tomé el fardo y lo extendí en el piso del jardín, eran periódicos con fotografías de personas heridas o cadáveres y muy poco texto. Así fue como entre al mundillo del periodismo. La gente los compraba por la fotografías, la gran mayoría no sabía leer. Yo había ido hasta el quinto año en mi pueblo natal, imaginarás entonces que sabía leer, escribir y hacer cuentas. Nunca he tenido una buena horrorografía pero le hago la lucha preguntando e indagando.
La gente que compraba el periódico se sentaba con sus amigos en una banca a mirar las imágenes de la nota roja. Cuando tenía alguna duda de los hechos venía a mí, como si yo fuera el autor del reportaje y me pedía que leyera las letras al calce de la fotografía, y yo lo leía, cuando leía se reunía la gente para escuchar lo que yo decía.
La práctica hizo al maestro, se extendió el rumor de que yo, "el del periódico" lo sabía casi todo. Mi doble trabajo me trajo mucho éxito, a pesar de que la mayoría de mis clientes usaban huaraches aprovechaban una "limpiadita" para preguntarme lo que pasaba en el mundo.
Periodismo puro: mis fuentes sustentadas y el manejo público de la información.
De estos dos trabajos surgió un tercero; leer o escribir cartas paras los que no sabían leer. En poco tiempo me vi necesitado de un local comercial para atender mis "asuntos", compré una máquina de escribir y aprendí a escribir con tres y a veces cuatro dedos, como lo hago aún hoy. Dejé, por supuesto, el trabajo de boleador de calzado para dedicarme al del escritorio público y venta de periódicos y revistas. Conocí a una jovencita muy hermosa, de ojos grandes y brillantes, chula chula chula. Una trenza muy larga y bonito cuerpo. No la podía dejar de ver, y para solucionar el problema le di trabajo. Puse un anexo donde se vendían ricas aguas frescas, quesadillas de queso panel y chorizo, Tacos de frijoles con nopales asados, etc etc.
El negocio fue viento en popa y yo era feliz como una lombriz. En unos años compré la casa a mi arrendatario y abrí más oficinas. Una de ellas de gestoría para trámites municipales. En mi país no basta el papeleo para tramitar un asunto antes las autoridades, siempre hay que dar "mordida" (propina, pasta) Y como yo era el único que hacía esos trámites, me daba el lujo de regatear por la mordida, de manera que la gente encontró que a través de mi persona todo era más fácil y salia más barato. Ya te imaginarás querida Marian, mis oficinas atestadas todo el tiempo, procuraba hacer todo yo, hasta que en el jardín me surgió una competencia. Entonces contraté a mi competencia como escribiente a cambio de sueldo y comida. Amiga, en la vida nada es fácil, para ser un cacique hay que tener mente abierta y lucidez para manejarlo todo.
Un día, a causa de la confianza de la gente, de la forma en que escribía sus cartas a los seres queridos distantes, me volví un personaje respetable y muy querido. Los políticos empezaron a buscarme para obtener votos. Mi presencia en alguno de sus mitines era un seguro para ellos. Los que no contaban conmigo me cogieron coraje. Tuve un atentado por parte de uno candidato opositor y el pueblo se indignó y lo lincho.
El recuerdo de aquel pueblo hoy es solo eso, un recuerdo lejano y hermoso por la gente tan querida por mí. Me fui de ahí por culpa de "la bonita" de los ojos grandes y brillantes. Un día, paseando por el río del pueblo, entre sus sabinos la descubrí. Reconocí el cabello que, sin trenzas, le cubría hasta la cintura mientras ella galopaba violentamente sobre un mozalbete menor que ella que se dedicaba a pastorear ovejas por los cerros del pueblo. No lo pude soportar. Eso gritos, esos quejidos placenteros... fue muy doloroso.
Dejé el negocio encargado a un amigo y me vine a vivir a la ciudad, a empezar de nuevo...
Ya ves, hay similitudes en los oficios entre tú y yo.
Besos amiga.