Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Y ahora que el ahora acontece en tu cuerpo
En este tiempo que los cerrojos reniegan las llaves
y para los inviernos no existen antídotos,
mis anhelos derriban las puertas, con sus astillas
encienden la hoguera y erigen tu hábitat.
Mis labios, entonces, pacen en él
y sacian la sed con la humedad de tu cuerpo.
Ahora –esta burbuja entre ayer y después–
sólo cabes tú. Y en el lienzo bruno el tiempo
escribe el amor con puntos brillantes.
Soy, en él, un destello entre los felinos de luz
que refractan los verbos en el cristal de la noche.
Descubro, así, que las aves del cuento
devolvieron las migas. Y el atajo
a los núbiles yoes reverdece en los ojos.
Descubro, también, que me salvaste
de la impunidad de mis crímenes
con la inapelable sentencia: “haz el amor”,
que transformó nuestras dudas
en estas certezas a ojos cerrados.
Y ahora
que el ahora acontece en tu cuerpo,
que el fuego y el agua coexisten en él
y en tu risa todos los caudales convergen,
las piedrecillas planas
que siendo niños lanzábamos,
de nuevo dan botes.
“¿Para qué más? –éstas repiten–
si en la geografía ulterior a tus bordes
se propagan pandemias
y sólo en tu hábitat fluye el antídoto.
En este tiempo que los cerrojos reniegan las llaves
y para los inviernos no existen antídotos,
mis anhelos derriban las puertas, con sus astillas
encienden la hoguera y erigen tu hábitat.
Mis labios, entonces, pacen en él
y sacian la sed con la humedad de tu cuerpo.
Ahora –esta burbuja entre ayer y después–
sólo cabes tú. Y en el lienzo bruno el tiempo
escribe el amor con puntos brillantes.
Soy, en él, un destello entre los felinos de luz
que refractan los verbos en el cristal de la noche.
Descubro, así, que las aves del cuento
devolvieron las migas. Y el atajo
a los núbiles yoes reverdece en los ojos.
Descubro, también, que me salvaste
de la impunidad de mis crímenes
con la inapelable sentencia: “haz el amor”,
que transformó nuestras dudas
en estas certezas a ojos cerrados.
Y ahora
que el ahora acontece en tu cuerpo,
que el fuego y el agua coexisten en él
y en tu risa todos los caudales convergen,
las piedrecillas planas
que siendo niños lanzábamos,
de nuevo dan botes.
“¿Para qué más? –éstas repiten–
si en la geografía ulterior a tus bordes
se propagan pandemias
y sólo en tu hábitat fluye el antídoto.
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