Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
cómo no perderme en el cielo crespo
de tu pelo para enredar mis dedos
con mis miedos e inhalar
tu aliento, y callar,
y tragarme mis palabras
que se quiebran por decirte
que te deseo cual si fuera una plegaria,
un sueño,
un último rezo,
cómo no extender con discreción
mis manos y en aquello que tú sientas
como abrazo transmitir las lindes
de tu espalda, las plumas de tus alas,
los tropezones de tus vértebras
al lugar de mi alma donde
atesoro los recuerdos,
y callar, y esconder la pena
de sentir a flor de labio el aroma
del calor de tu aliento
cuando dices; hola, cielo, fuego o hierba
y me incendia un fuego de artificio
que me dura un día, una noche,
y la ansiedad de repetirlo mientras
extravío la mirada en las tardes húmedas
de lluvia dibujando tu sonrisa en la ventana,
cómo explicarme que no me es permitido
como ser mundano ni tocar tu mano,
ni insistir con suspiros como cantos
que sé sonarían profanos,
ni siquiera me es dado que mi alma
te declame un verso
o sople mis angustias en tu nuca,
ni allanar tu santidad de ser alado
sin perderme para siempre
en la inmensidad de tu mirada.
Due® 20.4.10 En una tarde de café negro y nubes de algodón
de tu pelo para enredar mis dedos
con mis miedos e inhalar
tu aliento, y callar,
y tragarme mis palabras
que se quiebran por decirte
que te deseo cual si fuera una plegaria,
un sueño,
un último rezo,
cómo no extender con discreción
mis manos y en aquello que tú sientas
como abrazo transmitir las lindes
de tu espalda, las plumas de tus alas,
los tropezones de tus vértebras
al lugar de mi alma donde
atesoro los recuerdos,
y callar, y esconder la pena
de sentir a flor de labio el aroma
del calor de tu aliento
cuando dices; hola, cielo, fuego o hierba
y me incendia un fuego de artificio
que me dura un día, una noche,
y la ansiedad de repetirlo mientras
extravío la mirada en las tardes húmedas
de lluvia dibujando tu sonrisa en la ventana,
cómo explicarme que no me es permitido
como ser mundano ni tocar tu mano,
ni insistir con suspiros como cantos
que sé sonarían profanos,
ni siquiera me es dado que mi alma
te declame un verso
o sople mis angustias en tu nuca,
ni allanar tu santidad de ser alado
sin perderme para siempre
en la inmensidad de tu mirada.
Due® 20.4.10 En una tarde de café negro y nubes de algodón
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