jorgeluis
Poeta fiel al portal
Y UN SILENCIO DE POSDATA
De vez encunado resucita
ese yo de entonces,
como un fantasma
de la noche y de la nada
en un momento
como de costumbre,
sin armar ruido
y un silencio de posdata.
Con ese pelo de ayer
caracolillos negros
del revés,
y sin canas,
y aún sin divagar
en interminables peroratas,
aprendiendo a multiplicar,
peor a dividir,
abecedario en plena infancia;
llegando de iso facto
e indolente
la pubertad,
que me tendió su trampa,
con granos y sin labia,
derramando en las sábanas
el blanco semen
de la inocencia desgarrada,
imaginando aquellas chicas
traviesas de quinto B
en bragas.
Haciendo migas,
con el díscolo
más loco
de la clase,
que no era yo,
que marchó sin avisar
a Praga.
No dando crédito
de lo que veían
unos ojos preñados
de ternura ignorancia
ahogándome tal vez
como hoy, en un vaso de agua.
Y la carcajada
de los tantos,
que de tantos se burlaban
poco después
de cruzar mis pies
las aceras de las
nueve de la mañana.
Incubando lo que sería
un futuro que intuía
de mala gana.
Cabalgando, huyendo
agonizando, saludando
a la arañas,
rompiendo cada foto
en la que apareciera
esta cara de sucios
dientes y legañas.
Coleccionando pesadillas,
camino de la silla eléctrica,
de tantos días sin vivir,
sin un duende
que me cantara
siquiera una de Parchis,
o una nana.
Lanceando al aire
el temporal que no
amainaba,
y si os digo que me hubiera
ido al otro barrio
con dos tiros de catana,
pero no estaba tan loco
o tal vez si,
con la soledad
campando en mi
a sus anchas.
Cuando mi madre
me decía
hijo estás en Babia,
hijo no hagas caso
a las muchachas.
De vez encunado resucita
ese yo de entonces,
como un fantasma
de la noche y de la nada
en un momento
como de costumbre,
sin armar ruido
y un silencio de posdata.
De vez encunado resucita
ese yo de entonces,
como un fantasma
de la noche y de la nada
en un momento
como de costumbre,
sin armar ruido
y un silencio de posdata.
Con ese pelo de ayer
caracolillos negros
del revés,
y sin canas,
y aún sin divagar
en interminables peroratas,
aprendiendo a multiplicar,
peor a dividir,
abecedario en plena infancia;
llegando de iso facto
e indolente
la pubertad,
que me tendió su trampa,
con granos y sin labia,
derramando en las sábanas
el blanco semen
de la inocencia desgarrada,
imaginando aquellas chicas
traviesas de quinto B
en bragas.
Haciendo migas,
con el díscolo
más loco
de la clase,
que no era yo,
que marchó sin avisar
a Praga.
No dando crédito
de lo que veían
unos ojos preñados
de ternura ignorancia
ahogándome tal vez
como hoy, en un vaso de agua.
Y la carcajada
de los tantos,
que de tantos se burlaban
poco después
de cruzar mis pies
las aceras de las
nueve de la mañana.
Incubando lo que sería
un futuro que intuía
de mala gana.
Cabalgando, huyendo
agonizando, saludando
a la arañas,
rompiendo cada foto
en la que apareciera
esta cara de sucios
dientes y legañas.
Coleccionando pesadillas,
camino de la silla eléctrica,
de tantos días sin vivir,
sin un duende
que me cantara
siquiera una de Parchis,
o una nana.
Lanceando al aire
el temporal que no
amainaba,
y si os digo que me hubiera
ido al otro barrio
con dos tiros de catana,
pero no estaba tan loco
o tal vez si,
con la soledad
campando en mi
a sus anchas.
Cuando mi madre
me decía
hijo estás en Babia,
hijo no hagas caso
a las muchachas.
De vez encunado resucita
ese yo de entonces,
como un fantasma
de la noche y de la nada
en un momento
como de costumbre,
sin armar ruido
y un silencio de posdata.
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