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Viendo entradas en la categoría: Poesía amorosa-.

  • BEN.
    Hay allí un orificio

    la luna entromete sus largos perfiles

    como en avanzada simultánea

    los cabellos tejen su hilo delgado

    a la luz de la luna.

    Hay perfiles de hojas quietas

    como en un bálsamo las horas insisten

    instantes exactos que pasaron, como

    suele hacerlo una voz o un eco.

    Allí miro y existe poco

    poco de todo aquello que dibujé

    en un completo abordaje

    de tentativas hiladas o hilarantes.

    Las tejedoras del martirio

    las acémilas blancas como muros enyesados

    rinden su cuello oscuro

    en estas noches de terraplenes de arena, altos.

    (En los labios llevo siempre

    tu hoja altiva de yerbabuena.)

    ©
  • BEN.
    Tarde, muy tarde se me está haciendo

    para

    esperar algo de mí. Algo que no esté

    suciamente contaminado, o dormido, o

    avasallado. Tarde, muy tarde para todo eso.

    Como tarde se me hizo para escapar de la escuela

    que odiaba

    y darte un beso.

    Tarde, definitivamente tarde, respiro y humillo

    pidiendo

    certeza tras certeza, aire ardiente, colmena a colmena,

    el paso triste y ciego de lo indubitable.

    Pues se hizo tarde para enumerar las capacidades,

    para albergar esperanzas o renovar enseres, facultarse

    de propiedades, y dormir junto al cuerpo amado.

    Ahora queda el escorpión de las tardes,

    el incalculable deseo de los días, pasando tarde

    por las calles, por los coches, por las radios.

    Tarde, tarde, se me hizo para esperar

    algo de mí.

    ©
  • BEN.
    Rey de la angustia,

    tu infierno no será en balde,

    crepitarán junto a tus alas muertas,

    derribadas ansías invencibles,

    crepúsculos vívidos de razones desprestigiadas,

    operaciones silenciosas de múltiples atuendos:

    visitarán tus panteones, las luciérnagas invisibles

    y los espacios entre dientes de los anacrónicos moribundos.

    Vendrán tras días de lucha,

    las serpientes del alba, los combativos músculos

    de un depósito incendiado, la fiereza indómita

    de un cuerpo doblegado por el cansancio.

    Rey de la angustia, tu infierno no será baldío:

    vendré con la cara redonda a pacificar tus territorios.

    Será tu carne como breve piel exigua,

    un tormento de catedrales y una nación dormitorio,

    asolarán los contingentes de un millón de supervivientes.

    No importa que nadie entienda, tú te comprendes

    y te estimas; la sola fuerza de tu brazo irradia aprecio

    hacia la vida, aunque, y tal vez por eso, todo sea derrota.

    Rey de la angustia, curioso nativo de las horas lascivas,

    tu infierno no será en balde!



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    A Francisca Avaria Muñoz le gusta esto.
  • BEN.
    Si no escribiera este poema

    seguramente estaría vendiendo

    pedos encima de una motocicleta.

    Subido a ella, por ejemplo, daría

    el do de pecho intentando escurrir

    el bulto contagiado de viruela.

    O pretendería la mano de cualquiera,

    de cualquier cualquiera, que estuviera

    en posesión de la santa verdad.

    Deduciría de mis paraísos fiscales,

    la parte tributada del concepto.

    Reinaría en una estufa de hielo o

    convocaría elecciones en una marmita

    de cieno, relamería los ecos

    de tu angustia sin sorber los mocos

    de la tragedia. Sería el druida

    perfecto, la bruja del Norte, conquistada

    a los moros, el final de la odisea

    de un Homero descarriado y pintoresco.

    Si no escribiera este poema, estaría

    seguramente pensando en ti, y esto

    me obligaría a empapar de gasolina

    las cenizas del pasado.

    ©