1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el tercer número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

    !!!Te va a encantar, no te la pierdas!!!

    Cerrar notificación

Viendo entradas en la categoría: Poesía de carácter automático-.

  • BEN.
    Odio al venerable anciano

    de tan vetusta longevidad

    hastiado del vértigo celebrado,

    antes, cansado de la vulgaridad.

    Desprecio al decrépito juez,

    con lentitud de algoritmo ilógico,

    hasta quebrar las rodillas atónitas,

    dispuestas a rebelarse contra la humedad.

    Es aquí el silencio, la marmita oriunda,

    donde se proyectan las sombras del agua

    ante del fin de los pálidos planetas.

    Es aquí lo elemental, el frío de las raíces,

    la dentadura bellamente acorralada, el cáliz

    contradictorio de ausentes testimonios.



    ©
    A Francisca Avaria Muñoz le gusta esto.
  • BEN.
    Te preguntarán, los de siempre,

    dónde vas, a dónde diriges

    tus pasos, te preguntarán los de abajo,

    sin voz, apenas hombres rígidos

    cuya sabiduría se muestra sólo ante la luna,

    dónde irás, con quién te juntarás,

    a quiénes asombrará tu falta de juicio.

    A ti, que muestras tu boca desdentada,

    tu saliva profética, tu espumarajo sin sal.

    A ti, cuya sombra es tan endeble, cuyo

    nudo de árboles medita bajo el dosel de sus ramas.

    En cuya debilidad Dios puso su fe y su triste

    esperanza aunadas. En quien Dios puso

    erguida la sombra de su esperanza, en cuyo

    advenimiento, sombras de tumba, bocas de lápida,

    todavía preguntan e inquieren.

    Te preguntan ya, los incinerados, los muertos

    boca abajo, las salivas de los odios apenas

    atestiguados, dónde, o cómo, o quién,

    o porqué, el caminar lento de tus pasos.

    Tú sobrevienes, dejas caer la capa de olvido,

    con sumo tesón de analfabeto en sus cuarteles,

    donde olvidas la mayoría de tus palabras,

    donde trituras los conceptos y las viejas glorias

    de tu vida.

    Donde se apaciguan los labios y juntan herméticamente

    los placeres castigados, las asesinas del vértigo,

    los aullidos de unas cárceles bien pobladas.

    Te inquieren, vociferan, protestan, honda

    y largamente, con su crujido hermafrodita

    los cansancios del vértigo, las protuberancias

    del norte, los que buscan lugares de recreo y de ocio.

    A ti, tan cansado como ellos, con lupanares

    y desiertos y ojos tristes en mitad de la frente;

    a ti, tan cansado y obvio como la mitad de ellos.

    Cuya sombra repite su igual contraparte.

    Cuyo sigilo de nube pudre los estandartes dorados.

    Cuyo laconismo medita bajo los árboles enramados.

    Cuya vivencia podría despoblar un camión de hombres,

    entero.

    Cuya experiencia sobrevuela los estanques con presidio

    de agua y de infamia.

    Cuya volubilidad es el agente del mal, enmascarado.

    Cuya agonía deja abiertas las venas para un mapa

    mal disparado, cuya ceja entreabre los pétalos de una flor

    asesinada, cuyo eje frontal lapida los enseres inmolados,

    cuyo vértigo renueva las cadencias del siglo,

    cuyo triste pie ha desguazado las leyendas sin origen

    los dardos sin pestilencia, las avenidas del espanto.

    Te preguntarán, cómo o por qué vienes, ahora,

    tras largos años abatido, en tu trono de hojas putrefactas,

    con helechos mojados de agua, con troncos partidos

    y con rostros partidos, con monedas en los labios.

    Dejarás un rostro, una moneda, unos labios

    en su aposento dorado, la larga crucifixión

    de un diente que torna amarillo los árboles caducos.

    Y tú medirás con insistencia la larga ornamentación

    de los árboles, los largos dientes del pozo, las hojas

    y las acequias despobladas de parásitos.

    Pero no estarás triste, será tu venida

    la larga avenida en contraste, el parte de un rey

    que organiza sus batallas, sus combates

    retenido en la amanecida.

    Vendrás con osamentas partidas

    con pulmones partidos y órganos ratificados

    con obsidianas y flores y pétalos secos

    y pistilos y estambres de otras estaciones.

    A ti cuya experiencia es el mundo en su conjunto.



    ©
  • BEN.
    Dice la luna

    canta el pájaro en su bruma,

    inquieto perturbado o ebrio

    de fama celebridad o desacierto;

    familias completas te veneran

    oh, pájaro de las indecisiones,

    tu terrible pronóstico alberga

    mi venganza con su patético anillo

    tirado al fondo de un pozo de agua

    amarilla. La incertidumbre

    maneja sus depósitos de angustia

    lejos de los manantiales de recreo

    de mi infancia. Oh, eternidad, tan

    distante, ¿cuánto cuesta meterse

    en tus telas de doncella?

    ©
  • BEN.
    Desnudo los ecos de tu voz.

    Frágil amazona despierta lejos

    de las áreas de los instintos dormidos.

    Despojo los ecos de la luz.

    Lejos, en cartesianas amistades,

    en ambientes distinguidos, cerrados

    sobre materias viles de cuerpos

    acariciados y apergaminados.

    Lejos, como la tremenda voz

    del agua sobre los delgados tejados

    sin eco. Lejos, como la materia

    insistente de la luz. De esta frágil

    luz de estrella que firman mis versos,

    esta noche, apaciguado, como siempre.







    II-.







    Llevo el cuerpo con orificios.

    El sacrificio oriundo de las serpientes

    válidas para el goce o el apasionamiento

    nocturno. Llevo los ecos de la voz,

    gastados, entarimados, prometidos,

    sobre las gárgolas adormecidas

    de los pétreos golpes de luz del agua.

    Llevo el cuerpo en sacrificio, más

    allá de las estrellas, más acá de los

    rincones. Escucho tu voz. En los hospitales,

    en las memorias disuasorias

    de los elementos constitutivos de la arena.

    Llevo el cuerpo lleno de martirios.

    Y tu voz se me revela como una porción

    mínima de sol y de agua, de luz y de arenisca

    cálida.





    III-.





    Entonces, los ritmos se acompasaron,

    fluyeron los sueños atroces, las despedidas

    los adioses; se otorgaron miles de fibras

    conquistadas a los dioses, tabernas frecuentaron

    tu espacio de leyenda. Las cartas,

    empapadas de arena, de agua y sol,

    de sólidas materias de cuerpos vírgenes.

    Es entonces, mientras los papagayos

    enuncian sus cometidos bárbaros, cuando

    los latidos buscan sus asperezas por los líquenes

    apaciguados, en tanto los libros se cuelgan

    de los árboles nocturnos. Las ramas bostezan,

    los cables se extasían, y en mayúsculas,

    el hombro llora su protección indefensa.

    Cuando las miradas se buscan, y encuentran

    su propio sólido desecho, es cuando

    los aspersores hallan líquido el cuerpo

    devastado por los goces. Y es entonces,

    en las multitudes apasionadas, en los latidos

    enajenados por las bestias conyugales,

    se miran, y se encuentran

    las carreteras aturdidas de oscuros vencejos.





    IIII-.





    Los latidos siempre me encuentran,

    y hallan su ínfimo cometido, lejos

    de sangres obstruidas, de remansos

    de piel suave y añadida. Siempre

    me encuentro en esta encrucijada,

    voces, ecos calcinados, suspendidas

    materias vírgenes, lociones capilares,

    y ese torpe ensueño de las matemáticas

    y de los vagones de tren vacíos.

    Hallo el margen de silencio propiciatorio,

    la incandescente llama de azules pilas,

    las lámparas ardiendo de insectos o de

    contenidos deseos confusos. Hallo

    la glacial mirada del profesor, su sutil

    amaneramiento, la letanía suicida

    de sus lentes inclinadas.



    ©
    A Pincoya76 le gusta esto.