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Viendo entradas en la categoría: Poesía de origen oracular-.

  • BEN.
    Es febril en su anarquía.

    Tristes, los gatos meriendan valentía.

    La agonía pretendida salió de sus zarpas

    como un dolmen o una odalisca.

    Tristes, los ánades fabrican melancolía.

    A altas horas de la madrugada, un cansancio

    de ideas visita los hornos preferidos de las panaderías.

    Tristes, los gatos emulan su cuello impávido, de cisne.

    Las merendolas, los altos chopos altivos, de la ribera

    y de los ríos que flotan, con sus aguas protegidas.

    Tristes, los gatos lloran su próspera mancebía.

    Las algarabías y los pescuezos rumiantes

    celebran su aproximación a la inmortalidad.

    Un cesto de insectos produce la eternidad de una mosca.

    El sensato oligarca transmuta los peces en ríos fluviales.

    Bajo palio se esconden los rosáceos animales vertebrados.

    Tristes, los gallos aúllan tras el graznido del último lagarto.

    Las consejeras del alba, apoyan los latidos con grandes alharacas.

    Laúdes herméticos forman arrecifes de recuerdos y memorias.

    Lúgubres matemáticos asesinan la última posibilidad de los idiomas.

    Ahora, los poetas comen del imperio, hay un paseo por las rondas

    con macetas de cansancio.

    Antes, había muros con polvo blancuzco orinado con leche de galaxias.

    Tristes mármoles inundan los armarios con sus muslos y esqueletos de sangre.

    Dormitan a la orilla, patos grávidos de atmósferas ideales.

    Tristes, las aves mueren para que sus madres les den trocitos de cuarzo y ron.





    (Algunos cadáveres murmuran muerte para los urogallos.

    La saliva que gastan en meditar junto a la eterna calavera,

    les da para dar limosna o propina.

    Alguien tan esbelta como usted, no debería pisar

    una sola hoja de hierba.

    Las tráqueas están para ser solicitadas por correo)



    ©
  • BEN.
    Hay un lamento soterrado

    una cicatriz impuesta por ídolos nocivos,

    una vieja cartografía de nubes cuyo color

    se condensa, en estaciones de vapor, con

    líneas ferrocarriles estridentes y sumisas.

    Hay algún cuerpo exhausto

    un perfil de luna inexacta,

    un carbón incendiado que irradia el cielo,

    minerales de cartón piedra, que evocan

    una estampida de niños en su mayoría de edad reciente.

    Y un obsoleto cincel esperando el desgaste

    de los días. Un cinematógrafo compulsivo

    mostrando internas imágenes exteriores,

    unas trenzas dispersas sobre montones de heno,

    sobre montículos de arena empapada.

    La escultura insólita del aire con la avena,

    de la chica que llora su tristeza en mitad del desierto, en medio de una báscula abandonada.

    Eriales de dominio público, contagios de sangre,

    vómitos deseosos de mezclarse, confabulados dones

    de aves irredentas que suplen el hastío de sus cuerpos indomables. La yugular seccionada de un toro.

    Y hay una vieja tristeza insostenible, donde el luto

    de las avenidas silentes, cumple con ulular todavía

    adolescente. La materia degradante de un sexo humedecido por el viento húmedo, un saco de almendras.

    ©