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Viendo entradas en la categoría: poesía melancólica-.

  • BEN.
    A quién importa mi voz?

    Esta noche de multitud de estrellas

    copando el cielo con la lentitud

    de su osadía, estrenando la paralela

    de las ciudades, con su eternidad

    mezclada de luces sobre garajes harapientos,

    me instan los ecos indefinidos de otras

    voces ya desvanecidas, como un ulular

    polvoriento de voces en multitud derribada.

    Tanto me he perdido, que

    cómo voy a encontrarme?

    Ahora, mientras observo en la página,

    cómo ésta mezcla letras y lágrimas,

    la vieja canalla busca el aliento en mis

    besos. Sí, la vieja canalla....©
  • BEN.
    De rutina llevo el cuerpo lleno.

    De hambre de otra vida y de blasfemias

    a lo lógico. De sótanos de agua

    y de estanques primaverales, mi alma

    no se cansa, aunque sé, que miento.

    Soy como un leño baldío e inflado.

    Soy ese mismo leño cuyo crecimiento

    no vale nada. De monotonía, y de hambre,

    llevo mi cuerpo lleno.





    ©
  • BEN.
    Golpeas el cuerpo

    y surge el agua, de improviso,

    como un charco de estrellas,

    o como una cesta de diagonales acequias

    que se transmutan y se pierden en lontananza.

    Horizontes que conservo

    en mi vista delicada, sombras

    que ejercitan su memoria de flor

    en mi vida: te llevo, dentro del agua.

    Dentro del agua, te llevo. Madre.



    ©
  • BEN.
    Siglos de ruidosas tiranías

    de esqueléticas hambrunas

    de desidias y molicies

    de documentos partícipes

    de molestas decisiones,

    siglos de ruinosas oligarquías

    de protestas en la calle

    de manifestaciones acaecidas

    en lindas procesiones,

    de millares de voces

    secuestradas a la pureza.

    Siglos de emancipaciones,

    de yugos invertebrados,

    de invisibles apologías,

    de sensateces absortas,

    de conmutaciones de pena,

    de alegrías inexactas.

    De tristezas en la autopista.

    Siglos de invariables promesas,

    de reinados del miedo, de

    sangrías en los hospitales,

    de mesas redondas utilizadas

    como campamentos médicos

    improvisados, siglos de huecos

    en el estómago, de gente inválida,

    sin apariencia de ser.

    Siglos de imperceptibles latigazos,

    de estrellas rodantes, de brazos e hipocampos,

    de retaguardias cubiertas por lazos invencibles.

    De aves guarnecidas por los blasones del campo.

    Siglos, siglos, siglos, de polvo, de ceniza,

    de risas acantonadas en el lodo de las avenidas.

    Y siglos esperando un conato de rebeldía,

    de revolución verdadera, para nada, para nadie.

    ©
  • BEN.
    Ah sí existen los sonidos

    Los maravillosos sonidos

    El ruido interno del exterior

    Lo que acude en salvamento

    De una patria interior hundida.

    Ah sí, son los sonidos característicos

    De la lluvia, del sol, la brisa, el aire,

    La nube concéntrica, el rayo inverosímil,

    Los pétalos rociados de gasóleo, ah, todo

    Esto existe, fuera, lejos de mí, en el trecho

    Que va de mí a mí. Las plegarias pagarán

    Un alto precio por celebrar la miseria que

    Circunda el estanque, para siempre detenido.

    ©
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  • BEN.
    Y qué tristeza da dejar las cosas

    de lado, cuando sucede el verano

    y las tiendas de enfrente se llenan

    de secuaces militares olvidando

    repentinamente el pasado, de ambulantes

    colegialas que reiteran su pacto insufrible

    con el tiempo, es retirar el vendaje

    de las cosas, las ocultas, verlas

    con melancolía. ©
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