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Viendo entradas en la categoría: Prosa poética-.

  • BEN.
    Se va haciendo de noche, y nadie, clava un cuchillo en mis venas. Mis hijos andarán despacio toda la noche, pensando quizás en por qué no han nacido, estériles. Como en círculos o en vastos territorios, mi vida ha caído en el olvido. Me olvidan las manos que titubearon al recogerme. Los odios sinceros que mantuvieron su compromiso tantos años, tanto tiempo. Yo veo, y veo. Rosales erguidos que sostienen en sus puños un nivel de azufre interminable e insoportable. Misterios inútiles, miembros cercenados, orinales de miseria volcados sobre los omóplatos. Hombres, mujeres, pequeñas manchas pálidas, dentro del día o de la noche. Vástagos de un sueño más azul y omnipotente. Y ese sonido como de campana en lo alto del monte. Y esos baúles que guardan el olor a almizcle de la madrugada desierta. Son sombras, voces, ecos, nocturnos barcos que se deslizan por las extremidades hasta ahogarlas, hasta estremecer los miembros escuálidos que forman un brazo en su sueño. Las difuntas flores conservan el formol del trozo de piedra que les tocó en suerte. Los aerosoles disparan su red ámbar sobre el portalón de entrada. Las maderas huelen a perfume cuando el sol las calienta.





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  • BEN.
    La noche es un magma denso, donde se ocultan todas las voces. Quedan delineadas por sus antiguos ecos de esperanza o desesperanza, y las aves que gritan su celo por las avenidas, mantienen el corazón preso de una anarquía. Mi corazón ahora se ha cerrado y, aunque lo pusiera a auscultar el asfalto, su sensibilidad le haría caer de bruces contra el pavimento. Es un suceso cotidiano que las leyes de la hermenéutica sufran de agonía irremediable. Su aventura terminó en sus brazos llenos de sirenas. Yo destilo lo profundo de mi propia esencia. Y los cambios, las sanguijuelas del corazón, no obtienen más que sangre codiciosa y marcas en la carne. Yo violento el mundo con un solo manotazo. Y dignamente tiro de las luminosas hojas, hasta alcanzar gorriones en su nido. Mi hermano duerme. No sangraré por decisivos combates de luz ciega. Poblaré los enigmas para descubrirme ante el vacío. Como una roca mi corazón se ausenta ante las adversidades. Y se cubre de egragópilas y de pintura blanca ante el advenimiento de la noche con su luz lechosa. Hay un moribundo precipitándose por todos los recodos de los ríos. Y alguien que abandona su éxtasis por las laderas de los montañas. Un agua que suele bautizarme, demasiado densa como para poblar de nuevo el alma. Se exige que el pecho sea mortificado. Y las piedras de los lechos nuevamente molidas por el viento y sus ruedas. Una oración pequeña determina el golpe en los ojos podridos. La yema de un huevo de cernícalo concluye su etapa y cierra el agua del alma.



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    A Adrián González Diez le gusta esto.
  • BEN.
    Y fuimos quitando vendas

    y la criatura emergió de sus apósitos sumergidos

    donde habitaba con fiereza un temblor de sangre

    o apenas una realidad de existencias precedentes:

    gritos renacidos deterioros evidentes físicos líquidos,

    efervescentes materiales, represiones solitarias

    de dedos y yemas caídas donde el océano duerme.

    Antes tiernamente preocupado, un mirón de lunas

    y lunas, observando los límites de una guarnición

    exclusiva, paredones tras paredones, emergieron

    sucesos de tierras adentro. Cráneos exiguos, calaveras

    o rosas heridas, subterráneas, al igual que jazmines de oxígeno

    inquebrantable. Todos, fueron constatando realidades

    concebidas únicamente en secreto.

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    A Cecy B le gusta esto.
  • BEN.
    Visito las maderas,

    los útiles de trabajo,

    las mareas grisáceas

    de azulejos caídos.

    Visito las deidades, los dioses

    de la madera serrada, el cuerpo

    de la fábrica abandonada, el serpentín

    de sangre y lágrimas, en que defecan

    diversas especies de pájaros e insectos.

    Visito los labios, el grito autónomo,

    la prisión de los vaciados contadores eléctricos,

    el extenso arrecife de cables pelados y circuitos

    sin savia: la mano tendida del patrón encolerizado.

    Me doy a la madera; busco en su interior, resinas

    bruscas, licuaciones de la fertilidad vegetal, pálidas
    sangres.

    Visito los cables, los tentáculos, las pestilentes

    y grasientas máquinas y las grúas desahuciadas

    hace tiempo. Voy de un lado a otro, llorando,

    perforando tabletas, restituyendo

    al recuerdo, un recuerdo superior-.



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    A Alecctriplem le gusta esto.
  • BEN.
    Es que el poeta no sabe nunca

    donde nace. Se estira, estira

    su psicología, la hace pasar

    por un laúd obligatorio de oraciones.

    La conmina a nacer, quizás,

    del vientre frío de una nube.

    No sabe dónde guardar su abismo

    y su retiro, su voz elige el invierno.

    Elige, como camino, el destierro;

    como sendero, el exilio.



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  • BEN.
    Flamean, en las ventanas,

    antiguas luces encendidas.

    Son voces y sueños, anegados

    en tristes recuadros- habitaciones,

    dormitorios, despensas; cocinas-.

    Y en esa persistencia de las cosas

    y los objetos inciertos, yo miro.

    Poca cosa, poco que decir.

    Es la retórica universal de la pobreza:

    materiales torcidos que averiguan

    su capacidad para formar paredes,

    muros, sin otras señas de identidad que

    las de la improvisación,

    sin más misterio que el de las cosas decisivas.

    Y así me gusta que pase definitivamente

    el tiempo. Entre lloviznas y columpios

    herrumbrosos.



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  • BEN.
    El corazón busca salvaje otras palabras, lejos de esas palabras, de todos los días. Busca la esencia mezclada distante en la observación de un horizonte indefinido. La escalada glacial, el ímpetu incomprensible, la metafísica envuelta en ritmos tribales. El corazón desincentivado busca lo inaprensible, alejado de esas búsquedas rutinarias, de números de teléfonos y persianas cerradas alrededor. De encomios insufribles a los ejércitos. Lejos, el corazón busca.
  • BEN.
    Hay tobillos sacrificados al desdén hermético de la lluvia, una apaciguada mirada de carbón eléctrico que funciona a medias bajo la eterna combustión de un pez marmóreo, existen diminutas formas oblicuas cuyo dedal ignominioso profiere los más graves insultos, y propiedades acuáticas de orden secular. Hay materiales grabados a fuego como serpientes efímeras en el cuello de las calles sangrientas, un millar de desaparecidos cadáveres que penden de sus hilos magnéticos, trituradoras imparciales, vestigios de amantes que esconden su sanción al crepúsculo. Una nube de alcohol y un dibujo sublime estereotipado, la fortaleza de una canción susurrada en murmullo, y un vetusto armario que empotra las esperanzas tras sus secuestros supremos. Los espíritus indolentes fabrican sus ocultos desprecios antes de las amarillentas temperaturas, mientras la fiebre, responde a los iris con sus mayúsculas dilatadas. En lugar de un roble cansado, de un cielo pernicioso, latitudes somníferos y distancias inasibles buscan el terciopelo terrestre cuando el cuello de las disnea ha quebrado sus documentos tardíos. Los asesinos clementes venden a sus mujeres por un litro de absenta, y la mayoría de los astros elige ver el canal de televisión más próximo a su vecindad. La escuela desdice lo afirmado por los progenitores y el espacio licuado de una nevera exige tributos peculiares al pez que escucha y radia sus alabanzas. Los niños ocultan su sombría eyaculación de pana y agua, y sus muslos apenas reciben órdenes cuando el sol ha apagado sus tristezas diáfanas. Hay un recelo insomne en las catedrales atestadas, donde duermen un millón de dentistas próximos a los violadores destronados de sus hijas y herederas, un calor de sótano invaden los dientes del moro que vende sus flores imantadas de perfume.

    Escuchen, escuchen, lágrimas del mono más fiel a sus aposentos, un circular emético que provoca la emancipación del oficio, y una recta testigo que elude hablar de la percepción de su felino. Perspectivas y solteras, halagos y vaivenes, cubatas y pérfidos de estantería colectiva; un radio de hojas secas que penetra el oído con sus filamentos de oro, con sus fibras mortuorias, y una placa de finas sedimentaciones opacas que resguardan un ámbito más bien profano.

    Hay la cordura enajenada y el palacio de las altas hierbas dormidas

    un segundo de ternura y un pecio que embarranca distante

    las termitas adeptas a Moctezuma, un río de balsas agresivas.

    Están los altivos montes y las escopetas bien cargadas

    avisando su pólvora de dientes color azufre.

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