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  • Edith Elvira Colqui Rojas

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    Caminaba por el pasillo del hospital muy ansiosa, preguntaba a los doctores cual era tu diagnóstico de mi esposo. El médico principal me respondió: “Tiene un cáncer grave, señora, le quedan solo tres meses de vida. Le aconsejo que mejor lo saque de aquí y lo lleve a descansar a su casa brindándoles todo el cariño y atenciones para que pase los últimos días de su vida en paz”.

    En este momento sentí como un baño helado de agua en todo el cuerpo, el hombre que amaba el compañero de toda mi vida gravemente enfermo y yo sin poder hacer nada, gruesas lágrimas cayeron de mis mejillas y temblaba de miedo. El doctor conmovido me dijo: "cálmese señora, llore aquí lo que quiera pero no delante de él porque le haría mucho más daño a su salud" así que lloré un rato y luego me fui a verlo a su cuarto. Lucía tan hermoso allí vestido con su bata blanca y la cara tan blanca también que parecía que estaba sano pero estaba un poco delgado y mirándolo con ternura pensaba solo en atenderlo y cuidarlo sus últimos momentos pero no quería decirle que tenía cáncer, no iba decírselo, pero sus continuas preguntas sobre su estado de salud me obligaron a ello y al recibir la noticia se quedó sorprendido y lloró amargamente Conmigo y en ese momento fuimos más que nunca una sola gota de amor y entrega , luego del trauma del primer momento decidimos ambos enfrentar la enfermedad y me pidió llevarlo a casa, quería estar sus últimos días con nuestros hijos que aunque ya adultos e independientes con familias propias sabía que iban a venir a verlo pues él les había dado mucho amor cuando eran niños y ellos eran muy agradecidos y cariñosos con él.



    En casa vinieron sus hijos y algunos familiares que vinieron una vez y nunca más se les vio; los que estuvimos siempre con él fuimos yo y sus hijos quienes le atendíamos turnándonos con mucho cariño.



    Juan ya había asumido su enfermedad y aunque ya la había aceptado a veces entraba en etapas de crisis nerviosa y en llamaba desesperadamente diciéndome:



    - ¡Sara, Sara ven rápido por favor, ven a mi lado, no quiero morirme solo!

    Yo estaba ocupada cocinando pero iba rápidamente, pues le daba pánico a veces, estar solo en su cuarto, me decía que no quería morir solo, que el dolor era insoportable que le inyecte la morfina en el suero para descansar. Yo solo atinaba a abrazarlo y rezar pidiendo a Dios que disminuya sus dolores y si era su voluntad lo sanara y si no, que acelerara su deceso para que deje de sufrir tanto.



    Los primeros días no sentía mucho dolor pero al avanzar la enfermedad estaba muy incómodo. Mis hijos y yo sufrimos mucho pero estábamos confiados que Dios iba a aminorar su sufrimiento y una mañana de febrero me dijo que traiga la cura del pueblo, que ya sentía que se moría. Se lo traje efectivamente y luego de recibir lo oleos santos descansó en paz. Lloramos mucho en casa pero estábamos seguros que ya descansaba en el cielo de mortificaciones propias de su enfermedad y cumplimos su deseo de enterrarlo en cementerio cercano a la casa para que siempre fuéramos a visitarlo.



    Yo nunca lo olvidé y no me casé de nuevo, aunque hubo muchas oportunidades. Le prometí antes de que él muera que no me volvería a casar con nadie. Él no me obligó, yo voluntariamente le dije su último día que no había amado a nadie como a él y que me dedicaría a mis hijos y a pintar que era la pasión que siempre había querido ejecutar y que ahora lo podía hacer con holgura

    .Me acompañaron siempre: mi amiga Diana, mi amiga de toda la vida y mis dos gatos y dos perros que criaba con amor. (Fuera de mis hijos que siempre venían a mi casa a visitarme)



    Siempre voy a visitarlo y converso en su tumba, le digo allí:

    "Juan, lo mejor de mi vida fuiste tú, espérame amor, algún día estaré a tu lado" Luego, me seco las lágrimas y vuelvo a mis quehaceres habituales.

    Definitivamente fue el amor de mi vida, mi gran amor que nunca pude olvidar.



    Auitora: Edith Elvira Colqui Rojas-Perú-Derechos reservados
  • Edith Elvira Colqui Rojas
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    Era una bella niña muy lista, que le gustaba soñar y curiosear.
    En la ventana de su cuarto fantaseaba mirando la gente pasar y pasar.
    Y aburrida de la monotonía decía: "Como quisiera conocer otros mundos, en barcos gigantes navegar, llegar alas estrellas y molinos de viento alcanzar"
    Iba cavilando esto cuando de pronto en su cuarto, la tapa de un libro se abrió y le dijo:
    Ey, niña, ¿Quieres otros mundos maravillosos conocer?
    Ven, entra en mis páginas, por mundos de ensueños yo te haré viajar.


    Entonces la niña sorprendida corrió hasta el libro que le hablaba muy bien - Querido libro, si esa magia tú puedes hacer, llévame en tus hojas a mundos nuevos conocer-
    Y el libro le abrió todas su páginas y seres fantásticos pudo ver: Dragones morados, príncipes encantados, casitas de chocolate,
    el espacio de colores, todo un paraíso de emoción...
    La niña emocionada sentía su corazòn estallar,
    volaba entre las nubes quería leer muchos libros para conocer.
    Y día tras dìa sacaba muchos libros dela biblioteca de papá
    pero él al ver al enterarse que a su niña mucho le gustaba leer, le compró sus propios libros con las que ella se pueda entretener.
    Y es así que todas las tardes en su cama, en el sofá o en su jardín siempre se ponía a leer.


    -Ay papito, cuántas maravillas he encontrado al leer.
    Ya no estaré solita, mis libros me acompañaran cuando Rosita no venga a jugar.
    En estos libritos queridos, he visto muchas aventuras e historias como si fuesen verdad, me hacen soñar y vivir un poquito más.


    Y esta costumbre acompañó a la niña hasta que fue mayor, y enseñaba sus hijos a leer también.
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    * Autora Edith Elvira colqui Rojas - Perú
    A therymaria y nelida moni les gusta esto.
  • Edith Elvira Colqui Rojas
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