Escribimos nuestras epopeyas sin Ilíadas y, aun así, las odiseas eternas me persiguen como protagonista de cuentos de Homero. Nuestros amores sin cólera se suicidaron al narrar las crónicas de tu muerte en mi caligrafía, ya anunciada a morir por amores y demonios.
Nunca identifiqué el lado oscuro de mi corazón y, aun así, te dediqué mi antología poética, tratando de reconocer tu rostro camuflado en paisajes inducidos a terminar hablando de tu soledad.
Tengo una casa tomada por los murmullos de mi conciencia, donde resigno, entre voces, a mis narradores internos a expresar en libretas nuestra despedida en grafitis.
Me estoy ahogando en el memorial de mis islas negras, donde nuestro querer fue el más hermoso del mundo, terminando por escribirte veinte poemas de amor que hoy son una condena al transformarse en una canción desesperada.