Lúgubre

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Son pasajeros los amores que te regalo y espero que no los tomes como un compromiso a futuro,solo que tu imagen vuela entre nostalgias de amores sentenciados a un destino de amaneceres mudos.Si te vuelvo a ver, te mostraré mis complejos desvanecidos en tu sábana o tus homenajes calcados en mi papel.

Ya estoy cansado de tenerte en mis noches clandestinas, haciendo que las despedidas decoren los poemas en los que creo. Son muchas las horas que exploré tu cuerpo en mi retina, confundiendo el brillo de la luna con el perfil oscuro de mis miedos.​
Épicas aventuras perturban mi mente y los ecos de tus amores inundan mis leyendas; odiseas que albergan nuestro viaje y una Ilíada que narra nuestra guerra.
Infiernos que dibujan mi vida, donde mi Dafne fue transformada en árbol por los caprichos de algún dios polivalente.


Tu prosa se perdió en la bruma de nostalgias pasadas que hoy son mías y de la luna, haciendo que te encuentre en ríos de lamentos; navegando eternamente en mi pluma cansina, volando en mi cuaderno fatigado, suspendida en mi anhelo de alcanzar y plasmar tu sombra en el Tártaro de mi rigor poético.​
Revivo los destierros que obligaron a borrar tu imagen, recordando tu pasado partido en fragmentos, como un rompecabezas que no encaja y cuyas piezas se pierden en el tiempo; cuando me pediste que te olvidara, que no le escribiera a tu ausencia, para luego esfumarte sin dejar rastro ni huella.

Perdí el significado de tu silueta y te convertiste en mi musa. Te marchaste temprano, batallando con fantasmas de la muerte. Soy un escritor nato, moldeado para reflejar cómo mi alma se desmenuza, y es que casi siempre son palabras de melancolía las que suelo ofrecerte.​
Intento determinar qué colores te pintaron en mi alma; deseo convertir esta hoja en un óleo. Busco el amarillo de las mariposas que te seguían, como a los habitantes de Macondo.

El rojo de nuestra pasión, desbordada en noches de faenas carnales donde tu cuerpo y el mío bailaban al compás de gemidos terrenales.

El verde de los campos colombianos que recorrimos en busca de nuestro paisaje; hoy que la muerte nos cobró peaje, te revivo con un pincel en las manos.

El negro de mi tinta, que drena el dolor de tus ausencias ya marcadas y, sin hacer caso a mis condenas, dejo que se desangre en el gris de tu tumba gastada.
Ya mis textos reflejan mi alma rota;después de todo, no necesito tu perdón,
ya que de tu ausencia nace mi prosa,donde te derrotes en cada renglón.

Intento llenar el vacío que dejaste
en un sufrir miserable y tierno;
en las madrugadas me desvelo plasmando
tus nostalgias grabadas en mi cuaderno.

No recuerdo qué colores pintaron
el camino directo hasta tu piel;
un arcoíris era lo que te escribía cada día,
pues mi lápiz ha jurado ser tu amante más fiel,aunque ahora solo lo acompañes en noches de una melancolía fría.
Cuéntame las caricias que recolectaste con el tiempo;
yo las podré diluir y convertirlas en poema.
Empieza por las cicatrices de los recuerdos,
donde el olvido fue el mayor dilema.

Sigue con los instantes de pasión
que sobre mi cama, en silencio, se pierden,
mientras historias de nuestro amor se cuentan sin piedad,
como fábulas de la muerte.

No olvides describir tus añoranzas,
que hoy son solo sueños en un papel.
los dioses implacables me castigan
recordando tu imagen inerte en cada palabra de mi luto;
No sé si mi lápiz podrá superar los delirios
describiendo, obsesionado con tu piel,
o si todavía leerás el arte
con el que lentamente me sepulcro.

Termina diciendo que cuervos tocaron tu ventana
y te hicieron explorar las tinieblas de un jamás,
o qué mariposas amarillas te asfixiaron
como un símbolo de amor y soledad.
Anécdotas rotas te reviven
contando tus epopeyas literarias,
mientras rectifico tu memoria en mi cuaderno
como mi tarea diaria.​
Fusioné nuestra pasión enmascarada con sábanas que sudaban por nosotros; interactué contigo entre humos de esperanza y besos añejados en el recuerdo. Dedicamos las noches a satisfacer pensamientos carnales, mientras las cicatrices grabadas en el alma se desnudaban y lloraban con nosotros.

Al final pasaron los años sin ti y empezaste a desvanecerte en mis días, reemplazada por amores pasajeros que no sabían volar como lo hacías tú; por eso, al no tenerte, consagro las loables noches que me quedan a escribirte mensajes de amor a través de la indiscriminada muerte.

Quedé solo, redactando por castigo. Se manifestaron mis miedos y traté de ignorarlos; se aferró la desolación y la acompañé en mi luto. Intenté creerles a tus poemas, pero eran mentira en un papel; te sentí, pero eras ajena; probé tus letras, pero no sabían a nada; te usé en mi cuaderno, pero no te pude desechar y, como último suspiro de la madrugada, rompí las reglas de tu reencuentro, disfrutando una segunda oportunidad que me regaló el azar en nuestro eterno ritual de despedida.
Cuento los instantes en que te apareces sin decir nada y enumero tus ausencias para contarlas como cuentos mitológicos.
Una inevitable soledad se manifiesta tiñendo mi vida en escalas de grises; no importa lo que haga ni cuánto te escriba, nunca cambia el color de mi paleta, haciendo que dude de los murmullos que dejan las sombras al escuchar tu nombre.

Extraño contar tus lunares que eran galaxias de placeres, donde mis dedos viajaban sin prisa a explorar cada parte de tu cuerpo. Tachones aún habitan la bitácora de tu piel, que después de años son eufemismos a la muerte vestidos con manchas de cenizas.

Al final, tus poemas se los dedico a la inevitable soledad, queriendo que se enamore profundamente de mi lápiz.
Dioses sin piedad me hacen coleccionar apariciones instantáneas que, en mi libreta, se vuelven delirios de tu ausencia.
No sé si sabes que fuimos capaces de expresar nuestro amor en un pálido papel. Ahora que te perdiste entre las líneas de la muerte, intento escribirte para revivir tu silueta en ellas.

No alcanzo a verte, pero sé que estás disuelta en mis poemas; noto tu presencia persiguiéndome al regresar a casa, o en alguna frase subrayada que te cita entre los libros de Gabo, donde recuerdan que nuestro amor, aunque ahora irreal, siempre será mágico.

Las soledades me obligaron a recibir el castigo de Apolo: transformarte en la musa poética de nuestros cuentos terrenales, como alguna vez lo fue Dafne para él. Desgraciadamente, ignoro si te has transformado en una ninfa que se baña en valles de flores, o en un fantasma que pena por los círculos del purgatorio.
Soy el mayor testigo de tu ausencia pronunciada, esa que hoy relata nuestra historia en el tiempo; idilio semejante a los amores parisinos de Cortázar, donde tu querer fue mío y de mi lápiz, hasta que te marchaste siguiendo los pasos de la muerte.

Termino de aspirar humos negros con nostalgias de olvido; observo la luna extraviada en mi ventana y se sumerge tu imagen en mis párpados, cansados de coleccionar desvelos que llevan tu nombre.

Permite que me persigan libros que guardan la esencia de tus rastros; no me pidas que no llore la partida que te alejó de mí; deja que siga exorcizando demonios clandestinos en estas calles antioqueñas que hoy me empujan a escribirte otra vez.
Tinta oscura inunda papeles vírgenes con letras expiradas. Escribo frases que desgarran el corazón minado del lápiz y este, como fiel amigo de mis oscuras penurias, desnuda en cicatrizadas palabras las firmes líneas del ya impuro papel.

Paisajes de recuerdos sumergen la blanca piel de un papel inerte en recorridos formados por el tiempo. Un suspiro implacable aparece como fantasma del pasado. Mis demonios se visten con velos de nostalgias olvidadas, donde algún poeta muerto evoca recuerdos de infancias memorables.

Deseos intangibles se hacen presentes en calurosas noches caleñas, mientras amores fugaces revelan sus caras en memorias tenues. Canciones dedicadas se presentan en odiseas de llanto, mientras yo miro con ojos enajenados aquella relación fructífera entre mis manos, el lápiz y la hoja.

Los silencios inquietos inundan un cuarto muerto. Gemidos de palabras se marcan en pieles ficticias, mientras mis dedos, entumecidos por insomnios inspiradores, intentan terminar de manera satisfactoria estas últimas letras.
Escribimos nuestras epopeyas sin Ilíadas y, aun así, las odiseas eternas me persiguen como protagonista de cuentos de Homero. Nuestros amores sin cólera se suicidaron al narrar las crónicas de tu muerte en mi caligrafía, ya anunciada a morir por amores y demonios.

Nunca identifiqué el lado oscuro de mi corazón y, aun así, te dediqué mi antología poética, tratando de reconocer tu rostro camuflado en paisajes inducidos a terminar hablando de tu soledad.

Tengo una casa tomada por los murmullos de mi conciencia, donde resigno, entre voces, a mis narradores internos a expresar en libretas nuestra despedida en grafitis.

Me estoy ahogando en el memorial de mis islas negras, donde nuestro querer fue el más hermoso del mundo, terminando por escribirte veinte poemas de amor que hoy son una condena al transformarse en una canción desesperada.

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